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Entretiene y propicia el debate
María Leal, Roly Serrano, Gustavo Garzón, Fabián Vena, Diego Ramos y Pepe Novoa, en la pieza de Harvey Fierstein sobre hombres heterosexuales que se travisten.
Harvey Fierstein es, además de un reconocido comediante, un dramaturgo especializado en temática gay (entre otras cosas escribió el libreto del musical "La jaula de las locas"). En "Casa Valentina" recreó varias historias de cross-dressers (hombres heterosexuales cuyo pasatiempo favorito es vestirse y comportarse como mujeres).
La pieza se inicia con un simpático desfile de hombres travestidos cuyas identidades el público va descubriendo entre risas. Roly Serrano derrocha simpatía en el rol de Gogó, siempre dispuesta a burlarse de su gordura (y de sus compañeros); Fabián Vena se luce como Georgina, una famosa militante cross-dresser deliciosamente malvada; Diego Ramos compone a Gloria, una sex symbol algo frívola, pero en franca lucha contra la discriminación, y Pepe Novoa es Marga, la veterana del grupo, dueña de un humor socarrón. Nicolás Scarpino (Miranda) y Boy Olmi (el juez que se transforma en la sofisticada Pupé) cultivan, en cambio, un perfil más atormentado, propio de quienes temen asumir su verdadera condición sexual.
Gustavo Garzón da vida a Enzo, el administrador de este club privado que regentea junto a su devota y abnegada esposa Rita (María Leal). Enzo alardea de ser "hetero", pero se esmera en brillar como Valentina, la elegante anfitriona del lugar, hasta que un día su refugio paradisíaco comienza a tambalear por distintos motivos.
Se trata de una historia real, ambientada en los años 60 cuyo conflicto estalla cuando los habitués de la Casa evalúan convertirse en una organización oficial, pero para conseguirlo deberán excluir a todo homosexual. Aunque teóricamente ninguno es gay, tanta visibilidad podría resultar un desastre para su vida laboral y familiar. Por otro lado, quién de ellos podría asegurar que detrás de un cross-dresser no se esconde un homosexual reprimido.
La pieza expone diversas dudas y opiniones al respecto sin arriesgar ninguna conclusión. Si bien algunos personajes abogan a favor de la comunidad gay, el propio autor -en un gesto cuasi culposo- no termina de defender las banderas que él mismo levantó. La obra cierra con un encendido discurso homofóbico a cargo de la hija del juez (Mariela Asensio), que al ser rebatido, no con buenos argumentos sino con tímidas excusas, corre el riesgo de instalarse como verdad dominante. No basta con que unos titulares anuncien, a manera de epílogo, que Casa Valentina siguió funcionando como un refugio de travestis o que la homosexualidad fue removida de la lista de enfermedades psiquiátricas en 1970. Un final abierto a la diversidad le hubiera hecho más justicia a la pieza que de todas maneras entretiene y propicia el debate. Uno de los principales logros de Muscari es haber conseguido que sus actores se conviertan en mujeres sin dejar de ser hombres ni caer en la parodia.


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