Europa: todos desconfían

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Europa es el mayor generador de incertidumbre, que se transmite por todos los mercados. Los máximos bursátiles del año se tocaron en abril, cuando los líderes europeos coincidieron en resolver las dudas y afirmar el crédito de las naciones más débiles. Ahora, los inversores huyen despavoridos ante las idas y vueltas de la comedia en Grecia e Italia. La percepción de los riesgos y los pronósticos de default soberanos deprimen los bonos de varias naciones de Europa. Los bonos de EE.UU., Japón, Alemania son los que lucen más seguros. Sin embargo, sus números fiscales no son tanto mejores. Lo que se premia es la conducta esperada. En el peor de los casos, ni la Reserva Federal tiene la capacidad de recomprar toda la deuda federal de EE.UU., ni el Banco de Japón la de su Gobierno. Ni Alemania tiene un banco central propio.

Todos desconfían. Ante el recorte del 50% de la deuda griega, propuesta el 27/10, los bonistas de otras deudas soberanas toman recaudos. Ya que ellos podrían sufrir los próximos recortes. Y sus seguros antidefault pueden ser tan inútiles como los que cubrían a los bonos griegos. Las entidades financieras están compitiendo en quién proclama más ruidosamente que está liquidando posiciones en bonos soberanos riesgosos. Ello derrumba cotizaciones, elevando spreads. Surge una gran paradoja. A mayores rendimientos de la deuda menos sustentable a largo plazo. Entramos en un círculo vicioso, un tirabuzón en picada que, como Sansón, puede derribar las columnas que sostienen el templo de las actividades económicas y a todas las socie-dades.

Sustento

El fundamento de toda sociedad son las expectativas de que los comportamientos individuales se mantengan dentro de ciertos presupuestos. Las tres leyes fundamentales de Hume. El respeto por la propiedad, la transferencia por consentimiento y el cumplimiento de las promesas. En una palabra, la fuerza de los contratos y compromisos. Es que el crédito no es más que la confianza en la satisfacción de los acuerdos o presupuestos en general. Ese crédito se sustenta con recursos. Si nadie creyese, no habría transacciones ni actividades humanas posibles. El crédito sostiene a toda actividad, pues cada transacción conlleva un pago contra la transferencia de un derecho sobre un bien; ambos se perfeccionan en el tiempo. Si las partes desconfiaran totalmente, el negocio no se haría. Si desconfiaran parcialmente, exigirían mayor costo para resarcirse del riesgo. Los economistas suelen no reconocer las dos caras de toda transacción, la denominada parte real y la financiera. Ninguna sería posible sin la otra. Cuando los dirigentes políticos desprecian las actividades financieras y dicen privilegiar las «productivas» incurren en la misma ignorancia. No puede existir producción de bienes sin crédito ni confianza. Dos caras de la misma realidad.

Europa necesita del crédito que ha perdido. Varios opinantes insisten que, en esta emergencia, el Banco Central Europeo es el único que puede garantizar el pago de las deudas soberanas. Pero los alemanes y otros sostienen que no es esa la función del Banco, que ello conllevaría inflación y la depreciación del euro. La finalidad única asentada en su Carta Orgánica es la estabilidad de los precios en euro.

Milton Friedman ilustraba, en sus clases en la Universidad de Chicago, con el ejemplo del cuento de Mark Twain, «El hombre con el billete de un millón de libras». A alguien tan solvente nadie le pide que pague. Los dirigentes de Europa tienen que erigir un organismo con el poder suficiente para que los bonistas puedan recurrir y no perder sus inversiones. Dotando a esa institución con el crédito suficiente, nadie la utilizaría. Cuando todos sabemos que podemos vender el bono al precio esperable -decimos que tiene liquidez- nadie quiere hacerlo pues perdería ingresos. En el fondo, estamos necesitando un prestamista de última instancia. En verdad, un garante de las deudas soberanas. La dificultad es vencer las desconfianzas entre las distintas naciones de Europa. Asegurar comportamientos responsables de sus dirigentes políticos. En EE.UU., ante defaults de los diferentes estados, a comienzos del siglo XIX, que se habían endeudado para financiar diversos proyectos de infraestructura, resolvieron prohibirles recurrir al financiamiento en el mercado. El único que puede emitir bonos es el Gobierno fe-deral.

Europa requiere la institución de un organismo de coordinación política. O bien un ente único que emita deuda -bono europeo- y distribuya los recursos entre los diferentes países. O bien un ente que garantice las deudas, vigilando que cada país se endeude cumpliendo ciertos parámetros. Ambos procedimientos darían resultados similares. Finalmente, si los criterios se aplican de forma homogénea y racional, los rendimientos de todas las deudas serían idénticos, ya que tendrían iguales garantías. Por esa razón, la eurozona, que ha sido una historia exitosa y muy valiosa para sus miembros, dispondrá esa institución de coordinación. Hasta entonces, los conflictos seguirán alterando los mercados.

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