7 de marzo 2012 - 00:00

Experimento que expulsa o cautiva

Experimento que expulsa o cautiva
David Markson, «La soledad del lector» (Bs.As., La Bestia Equilátera, 2012, 254 pág.)

Este es un libro impertinente que expulsa a la mayoría de los lectores y que para otros, acaso unos pocos elegidos, es una magnética trampera, un hechizo del que no logra desprenderse hasta la última página, para luego volver sobre las marcas que ha dejado en la primera lectura, porque da para varias.

Después de un largo camino David Markson llegó a la novela experimental que lo haría famoso como el exponente más destacado en Estados Unidos.

Markson comenzó siendo profesor de Letras en la Universidad de Columbia, periodista, editor de las novelas de Chandler, autor de cinco novelas policiales, un western en clave de comedia llevado al cine en 1970 como «Juego de niños» («Dirty Dingus Magee»), protagonizada por Frank Sinatra y dirigido por Burt Kennedy, y un enjundioso ensayo sobre la novela «Bajo el volcán» de su amigo Malcom Lowry. Recién a fines de los años 80 iniciaría con «La amante de Wittgenstein» (considerada su obra maestra) la que sería la tetralogía llamada «The notedcard Quartet», a la que pertenece «La soledad del lector». Y que son un cajón de sastre, un conjunto de informaciones, notas, anécdotas, chismes, microrrelatos, noticias, retazos de vidas, fragmentos, aforismos, poemas de dos versos, chistes, ironías, sarcasmos, datos curiosos de artistas (escritores, dramaturgos, filósofos, pintores, escultores, músicos, actores), testimonios autobiográficos.

Markson repite cada tanto, algo que han dicho de sus libros, «no lineal, discontinuo, en forma de collage, un asamblage, tacho de basura. Finalmente uno experiementa solamente el propio ser, dijo Nietzsche». Y lo del collage permite entender la aventura narrativa de «La soledad del lector», y el resto de las obras del «Cuarteto de la libreta de notas» si se piensa en los collages de Robert Rauschenberg, y cómo a partir de formas de las artes plásticas se inventó un género literario.

«La soledad del lector» parece el catálogo delirante armado por un intelectual extremadamente obsesivo compulsivo, semeja un joyero revuelto, una versión de «Rayuela» sin relato. Y, sin embargo, se puede encontrar un relato en los ritornellos, en las obsesiones, en las recurrencias. En este libro hay un lector que es el lector, y que como tal está solo. Y hay un protagonistasque es el autor, y a veces el mismo lector. Y hay cerca un cementerio muy beckettiano. Y las frases que se suceden muchas veces cuentan de sabihondos y suicidas, y de filosofía. Se habla de gente muerta, de héroes muertos, es el cementerio del saber y el sentir, donde Virginia Woolf se lamenta de «la experiencia que nunca describiré» hablando de su suicidio. Hay datos conocidos para quienes gustan transitar por los laberintos de la cultura, pero siempre se está esperando con qué va a sorprender dos frases después, y de pronto anota «fue con Nelson Algren, no con Sartre, con quien Simone de Beauvoir tuvo su primer orgasmo». A veces Markson coloca nombres como acertijos, o cada tanto notifica que, por ejemplo, Hemingway o Chopin eran antisemitas.

Umberto Eco teorizó sobre «El vértigo de las listas», Markson hizo de ese vértigo un artefacto, para unos cautivante, para otros la aburrida colección de «un novelista que no tenía nada que decir». Pero que ha generado adictos. El escritor argentino Patricio Pron ha contado que cuando un lector descubrió que la biblioteca de David Markson había ido a parar a la librería The Strand de Nueva York se comunicó con otros seguidores para rescatar esos libros, y así descubrir sus preferencia e influencias. Ojo con Markson, puede provocar adicción.

M.S.

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