Fama en modernidad y sus consecuencias

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Trascender los límites de la realidad cotidiana y convencional de cada época, a través de toda la historia de Occidente, ha implicado para las personas una operación compleja que convoca a sostener una imagen o personaje que muchas veces consume y devora al propio individuo. Es notable la vigencia de la reflexión que hizo el dramaturgo griego Eurípides, hace miles de años: «Cuando Dios quiere destruir a alguien, primero lo convierte en triunfador en el mundo del espectáculo». Para los atenienses el mundo del espectáculo, de la fama, era el mundo de los poetas, los dramaturgos, los grandes actores de teatro y los virtuosos y valientes guerreros.

La polis griega era una ciudad pequeña donde los ciudadanos eran conocidos por todos. Sin embargo, en aquella escala, ya se avistaban las consecuencias brutales del exceso de prestigio y admiración.

El psicoanálisis descubrió con Freud que el cuerpo del hombre, a diferencia del resto de los mamíferos, es un cuerpo que excede en lo simbólico e imaginario sus propios límites reales. En el siglo pasado, los tatuajes que identificaban a marineros de alta mar o detenidos en las cárceles fueron un símbolo de esos cuerpos demorados que convocaban al otro, a la mirada, por fuera del propio cuerpo. Hoy se trata de la construcción de la imagen a través de la inexorable escala pública que irrumpe de manera violenta a través de todos los medios de comunicación, con acento marcado en la televisión. Ya no se toman en cuenta las condiciones de líder, la relación del sujeto con la gente, sino de una imagen construida por los medios que se sostiene sobre alguna condición ponderada, que ubica a la persona en un lugar de privilegio, un lugar deseado por los demás: un lugar de ilusión donde poder creer que la felicidad es posible en aquél que tiene lo que a uno le falta.

El espectáculo de la fama de hoy convoca a empresarios exitosos, aislados inventores de nuevas tecnologías, deportistas, actores, políticos, estrellas de rock, entre otros, a los que sólo se accede a través de la imagen de la televisión y ocasionales escenarios. A mi criterio, el más significativo aporte que Buenos Aires ha hecho a la cultura universal por el que seguiremos siendo reconocidos durante siglos ha sido el de los escritores de cuentos; no novelas, cuentos. A Jorge Luis Borges le preocupaba que las revistas de ocasión fuesen un estímulo provocador para que la gente creyese en esa falsa alegría y las criticaba. A su vez, Sigmund Freud advierte en el comienzo de «El malestar en la cultura» los cánones falsos de anhelos para sí del hombre que admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, como ideales de las masas que dejan por fuera a los valores genuinos de la vida. En cuanto a la fama, ambos tuvieron algo en común: les llegó de grande, cuando accedieron al gran público ya eran Borges y Freud. Una posición diferente tuvo el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que sostuvo que la vida era muy corta, demasiado corta y entonces muy pocos espíritus tenían el privilegio de madurar y por eso eran necesarios los libros malos, las historias simples, porque no todos podían acceder a la buena literatura y menos a la filosofía. Polémica que seguirá abierta y nos invita a reflexionar sobre cómo actuar y dónde bucear sobre los valores que pretendemos que trasciendan de generación en generación.

En la resignificación que hizo Jacques Lacan sobre el psicoanálisis freudiano, el acceso a la cultura, a través de la palabra, se da en operaciones que indican que allí donde hay deseo hay lenguaje y cultura. El deseo del Otro con mayúscula es necesario para ser parte de la cultura, a diferencia de los animales, que por instinto viven y se reproducen en las leyes de la naturaleza. Lacan decía que libre era aquel que se podía correr de la mirada de sus padres. Por oposición, cuando el bebé, el niño, el joven se convierte en el «falo» de sus padres, lo que ocurre es que se anula el deseo propio que se aplasta y entonces encarna así el deseo de los otros. No es tarea sencilla explicar el concepto de falo para el psicoanálisis, pero convengamos en que se escucha con frecuencia hablar de objetos fálicos en la sociedad

de consumo, en el sentido de aceptar un valor simbólico que excede al objeto mismo. Ser el «falo» de Otro implica estar al servicio de un deseo ajeno, de una proyección donde se deposita como ideal aquello que a los demás les falta. Ahí reside el exceso, lo insoportable para el sujeto, lo que lo desborda.

Es llamado, convocado a un lugar de postergación, de obturación del individuo. La operación es siempre la misma, lo que ha variado con la modernidad son los instrumentos que mediatizan y la escala de proyección de la imagen a consumir. En nuestro país es frecuente la fugaz irrupción de personajes al servicio del consumo pacato, en una relación dialéctica, donde parecería seguir vigente el axioma que acuñó Andy Warhol en los sesenta para el pop norteamericano: cualquiera puede ser famoso por 24 horas. No hay antídoto ni receta para evitar lo que conlleva trascender a determinada escala. El rigor del psicoanálisis, en su dimensión ética, exige el análisis del caso por caso en lo que a cada individuo se corresponda. Pero algo de las circunstancias, como decía Ortega y Gasset, actúa sobre el yo. Lo que podemos asegurar es que la falta de formación, de educación, la falla en el sostén familiar y de instituciones educativas y recreativas, colegios, clubes, etc. ha conspirado desde siempre en facilitar el proceso de la trascendencia. En el imaginario colectivo del Río de la Plata, hace muchos años que están presentes las historias tristes de deportistas, estrellas del espectáculo, venerados por sus habilidades que construyeron su fama a espaldas de una educación responsable y eligieron como partenaire de sus destinos el alcohol y las drogas. Insisto, no hay una fórmula, no hay garantías, pero con educación el recorrido es más llevadero.

(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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