18 de junio 2019 - 00:00

La Fed de Powell tiene la palabra

Será una semana de definiciones importantes a nivel financiero internacional. La Fed, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón tendrán sus reuniones para definir la política monetaria de los próximos meses.

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Tres bancos centrales se reúnen esta semana: el Banco de Inglaterra, la Fed de Estados Unidos y el Banco de Japón. La incertidumbre que provoca la guerra comercial colocó a toda la banca central del G-7 de un mismo lado del mostrador. Ya no hay agresividad en su discurso. ¿Alcanza? Se teme que no. Urge ver qué pasos concretos se tomarán para evitar el peligro de que la parálisis del intercambio y la inversión desemboquen en una recesión global. Y la Fed de Jay Powell como regula los destinos del dólar, la unidad de liquidez mundial, tiene la voz dominante. La situación no es novedosa. Es un calco de lo que se vivió en diciembre cuando el propio Powell giró sobre sus talones tras haber subido las tasas de interés (en lo que sería su última vez) y prometió una pax monetaria que rescató a los mercados financieros, y a una economía en jaque, de la zozobra. En paralelo, en la Cumbre del G-20 celebrada en Buenos Aires, los presidentes Trump y Xi Jinping pactaron una tregua que obró como estímulo oportuno para la economía real. Ya se sabe, la paz comercial se quebró el mes pasado, otro salto de aranceles (con lo se que gravaría a la casi totalidad de importaciones chinas de EEUU) pende como una espada de Damocles, y la mera calma monetaria resulta ahora insuficiente para preservar las expectativas de un crecimiento razonable. La política monetaria debió dar un golpe de timón sobre la marcha para sortear el escollo. Un puñado de bancos centrales (Australia, India, Chile, Rusia, Azerbaiján) gatilló recortes de tasas en lo que va del mes. El Banco Central Europeo (BCE) reflotó los pases focalizados de largo plazo (TLTRO), una ventanilla de asistencia que permite aumentar el crédito al sector privado a tasas por debajo de cero; y prometió hacer más. Sin embargo, la credibilidad del BCE está en la picota. Hasta que se conozca, como mínimo, quién será el reemplazo de Mario Draghi –se jubila en octubre– no habrá convencimiento de que la institución podrá hacer “todo lo que haga falta” para enfrentar una crisis en serio (como hizo el romano en 2012 para abatir la crisis de la deuda soberana). Y si la sucesión recae en un nombre a priori “equivocado” (digamos, un Jens Weidmann) la cuerda se tensará en vez de aflojarse. La tenue apreciación del euro a contramano de las intenciones de Draghi es un aviso temprano. Ninguna decisión hasta el momento fue más potente para conjurar las amenazas que el cambio de discurso de la Fed. Powell no se hizo rogar: el banco central toma nota de las tensiones comerciales, dijo, y responderá si la expansión está en riesgo de verse atrapada. La Fed ignora cómo –y cuándo– se resolverán los asuntos en disputa, pero defenderá a rajatabla la continuidad del ciclo (que en julio entra en su undécimo año de duración para convertirse así en el más prolongado de toda la historia de EE.UU.). A diferencia de lo que ocurre con el BCE, los mercados no dudan de las palabras de Powell & Co. (salvo cuando declaran una dureza que ellos creen que no podrán sostener). La baja de tasas en EE.UU. se da por hecha, es la magnitud –y el “timing”– lo que divide las opiniones. Y si Trump decide echarle más leña al fuego, lo que se sabrá a fin de mes, entonces tocará discutir su efectividad. De momento, Wall Street –con el índice S&P500 ubicado apenas 2% por debajo de los récords– no cuestiona la eficacia de la receta.

El veterano Jim Grant piensa que la Fed dispondrá de una rebaja de un cuarto de punto mañana cuando finalice la reunión. No es la visión del consenso, que considera que sólo hay una probabilidad en cinco de que ello acontezca antes de la Cumbre del G-20 en Osaka (28 y 29 de junio). La poda se prevé (con un 85% de probabilidad implícita) recién para el mitin del 30/31 de julio. No está claro todavía ni siquiera si habrá un encuentro personal entre Trump y Xi Jinping en Japón. El líder chino, eso sí, se hará tiempo este jueves y viernes para atender una invitación de Kim Jong – Un y lo visitará en Pyongyang. A Trump no le importa el mensaje subliminal (China es una pieza clave para la desnuclearización de la península coreana). Si Xi no aparece en la Cumbre del G-20, la suba de aranceles se disparará de forma automática. Si así fuera, el banco central podría verse forzado a tener que entrar en escena –para calmar los ánimos- sin esperar a fines de julio. ¿No preferirá, a modo de póliza de seguro, asegurar de antemano una primera baja esta semana? Aunque después la confrontación comercial no pase a mayores, la reducción de tasas sería pertinente. Como asevera Jim Bullard, titular de la Fed de Saint Louis, también la magra inflación amerita una intervención. Dos años de pujanza económica por encima de los pronósticos no lograron el milagro de acercarla a su meta de 2% (la medida favorita de la Fed arroja un guarismo de 1,5% anual) y, para peor, la desaceleración de la actividad erosiona las expectativas de inflación. La Fed podría hacer notar esta circunstancia –más la inversión de la curva de rendimientos- y bajar las tasas sin tener que abrir juicio sobre el curso de la negociación con Beijing.

¿Hay posibilidades de que finalmente Trump y Xi Jinping cierren el acuerdo que parecía tan a mano apenas un mes atrás? Ninguna. Y ello, paradójicamente, podría facilitar un vuelco favorable de la coyuntura. Lo que los líderes sí pueden acordar en Osaka es retomar las negociaciones interrumpidas. Bastaría ese gesto para salvar el trance en lo inmediato. Aunque se sepa que la procesión continuará mientras Trump crea que puede sacarle jugo.

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