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Freud, Borges y el Papa
El escrito de Freud es de 1930 y comienza con la misma preocupación, idéntica reflexión que hiciera el Papa al renunciar. El padre del psicoanálisis señalaba su impresión de que los seres humanos admiraban el poder, éxito y riqueza en los demás y los deseaban para sí como metas e ideales de la multitud. Quedaban por fuera, para él, aquellos grandes hombres, sólo reconocidos por una minoría, justamente porque su grandeza descansaba en cualidades y logros ajenos al gran público.
Pasaron más de ochenta años de aquella preocupación de Freud. El Papa, con su gesto, nos remonta al siglo XVI. Coinciden, cada uno en su tiempo, en una crisis de valores que el Sumo Pontífice exhortara a reconducir. La renuncia es el último acto de una larga serie que se viene produciendo dentro de la Iglesia Católica que confirma su carácter institucional. Es la renuncia de un hombre, es una determinación sostenida en sus propios límites. Se ha escrito demasiado sobre el tema; todas las elucubraciones, hipótesis o ideas quedan atrapadas en la especulación de las dificultades de la Iglesia como institución. Nada queda por fuera de este encuadre y es, justamente, lo que valoro y rescato en la actitud del Papa que, de manera descarnada, nos ha dicho que algo está pasando.
En cambio, lo que permanece por fuera, para cada individuo, que podemos considerar como religioso, es esa emoción, ese sentimiento oceánico, origen y fuente de energía que nos llevara a las necesidades religiosas que, según Freud, provienen del desvalimiento infantil y la añoranza del padre, conservado de manera duradera frente a la angustia del hiperpoder del destino. Dice que no hay en la infancia una fuerza equivalente a la necesidad de recibir la protección del padre. Sólo sobre la base de ese sentimiento oceánico es lícito llamarse religioso.
Sé de lo que Freud habló. Sé de ese sentimiento porque me acompañó hasta la adolescencia. Tiene razón Freud que no debemos confundirlo con la fe. Las discusiones de aquella época sobre teólogos protestantes y católicos que nos acercaron a la filosofía nada tenía que ver con ese sentimiento; incluso mi cuestionamiento infantil sobre cómo era posible que habiendo un solo Dios verdadero, justo nos hubiese tocado a nosotros, no invalidaba aquel sentimiento profundo que pude compartir con muy pocos. Oficié de monaguillo en la última etapa de la misa en latín y el cambio al español. En la sacristía de la Iglesia San Agustín, el padre Diego, que luego sería Obispo de Añatuya, frente a uno de los espejos, me decía que tenía lindas manos y me hacía practicar la bendición. Vanos fueron sus intentos y de algunas tías de la familia. Pero aquellos rituales eclesiásticos estaban impregnados de una emoción inconmensurable, como el sentimiento oceánico descripto por Freud.
Fue en aquella época que escuché a Borges en un reportaje donde se preguntaba ¿qué es el Papa? Y él mismo respondía, un político. Me enfurecí, sentí odio por aquella persona que decía algo semejante sobre el Papa. Es que, para mí, era lo que enseñaba el Evangelio, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. Por el enojo y fastidio evité leer a Borges en aquellos años.
(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires. Esta nota fue escrita antes de la designación del Papa.


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