FUMATA CELESTE Y BLANCA CAMBIA TODO

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La última vez que se vieron, en 2010, Cristina de Kirchner le bromeó a Jorge Bergoglio: «Al final, el año que viene nos vamos los dos. Yo termino mi mandato y usted tiene que jubilarse». Rieron forzados por el hallazgo, pero ninguno de los dos se fue: ella fue reelecta en la Presidencia y él desde ayer es el nuevo papa. Se discutirá siempre si fue el Espíritu Santo, el cálculo político o la suerte, pero con el resultado en la mano la elección de Jorge Bergoglio parece casi perfecta y previsible. Es un moderado, perfil que parece buscar hace la rato la Iglesia después de dos papados ultraconservadores. Es argentino, o sea tiene la bendición de la especia para moverse con olfato pampa por el ancho mundo, destino de tantos argentinos fuera de la Argentina. Es un político y además peronista, o sea se anota en una historia que se enriquece con personajes que han reflejado como nadie la historia y el cine (i.e. Francis Coppola). Es, después de todo, italiano por herencia, clave para el vaticanismo que no quería más a los hombres venidos del septentrión (Wojtyla, Ratzinger). Para los italianos un heredo-italiano es italiano. Mandó la señal al hablar en la lengua de Roma en el primer discurso desde el balcón.
Con este perfil, la elección de Francisco I° pasa a ser uno de los factores políticos más fuertes para la Argentina que viene. Cabe imaginar que puede tener el efecto que tuvo el papado de Juan Pablo II para su país y el bloque de Europa oriental, o sea del mundo. Este personaje silencioso, casi una caricatura del jesuita que representa la historia como estudioso, fanático del poder, capcioso en la negociación pero violento en las decisiones, ha sido uno de los ejes de la política argentina de la última década. Como ocurre con los políticos profesionales, son miles quienes creen tener una relación personal con él: dirigentes, sindicalistas, artistas y operadores de mil ramas han pasado por su despacho de puertas más que abiertas, de las que salían fascinados con el anfitrión pero con la consigna del secreto. Ni hablar de la trascendencia hacia el debate público, que reservó siempre para el púlpito. Ni lee los diarios y la TV la mira en su departamento austero del arzobispado, junto a la Catedral Metropolitana. «Cuando uno se deja inundar por la información termina siempre menos informado», suele responder cuando lo consultan sobre la necesidad de hacer trascender alguna de sus posiciones. Como los políticos tradicionales sólo habla con periodistas amigos, a los que siempre les pidió silencio sobre lo hablado.
Bergoglio actuó en la última década como un peronista disidente. No está certificada su militancia en esa formación, pero los peronistas lo han considerado siempre propia tropa. En lo formal admiten que el contacto más fuerte ocurrió en los años '70 cuando integraba la conducción de la Universidad del Salvador -alma mater de los jesuitas- que comandaba el licenciado Francisco Piñón. En los comienzos del último turno militar hubo un núcleo peronista que tomó posiciones en esa casa, con el «Gallego» Alejandro Alvarez a la cabeza, que le dio a Bergoglio la atribución de haber sino miembro de Guardia de Hierro. El sobreviviente más importante de ese grupo, que ocupa un altísimo cargo en Casa de Gobierno, admite alguna tonalidad de «guardián» en aquel Bergoglio pero admite hoy que no fue una militancia activa, quizás por su paso por la agrupación guardiana de Gestión y Enlace, más precisamente sucursal Morón.
Que esa gestión en la Universidad del Salvador le diese al almirante Eduardo Massera un doctorado Honoris Causa tiñó a ese grupo de masserista y sus integrantes, incluyéndolo al nuevo Papa, han tenido que pasar años ocultando detalles de aquellos pergeños del masserismo que quería heredar al peronismo, o explicando qué hicieron. Hay muchos de aquellos jóvenes que siguen en la política hoy y la verdad se sabrá cuando haya pasado su momento.
Ese momento no es el importante de Bergoglio, que se hace clave en la política criolla en la crisis de 2001. Animó, en las postrimerías del delarruismo, la mesa del Diálogo Argentino que organizó el inolvidable embajador español Carmelo Angulo. Le sorprendió -y allí comenzó su sendero crítico sobre los gobiernos que siguieron- que Eduardo Duhalde, a quien ha confesado alguna vez (igual que otros compañeros, como el «Momo» Venegas) lo que habrá escuchado, no lo convocaba a la Casa de Gobierno como a los demás dirigentes con quienes quería acomodar su frágil gobernabilidad.
El rol más fuerte lo cumplió después de 2003, cuando le leyó una papelera de reproches a Néstor Kirchner en el Tedéum del 25 de mayo de 2004. El santacruceño montó en cólera y ordenó que nunca más asistiese la cúpula del Gobierno a esas celebraciones, que migraron a las provincias hasta el día de hoy. Nunca habló Bergoglio en público de sus disidencias, que derramó ante infinidad de visitantes. La más fuerte fue cuando definió a Kirchner como un gobernante irreligioso y por eso su adversario. Alguno escuchó de su boca, casi secreto de confesión: «Estos se van a ir no con 20 muertos, como De la Rúa, sino con 200...». Esa confrontación creció hasta lo insoportable. Kirchner les decía a los suyos que Bergoglio era el verdadero jefe de la oposición. Rozó el sacrilegio cuando dijo en público: «Nuestro Dios es de todos, pero cuidado que el diablo también llega a todos, a los que usamos pantalones y a los que usan sotanas». Otra clásica querella entre peronistas, sorda, quizás desde convicciones compartidas, pero irreconciliable.
La inquina llegó a anécdotas ricas que circulan en las sacristías, como cuando recibió al periodista de Gobierno que más lo ha criticado en libros y notas como cómplice de genocidas. Lo sentó en su despacho y, cuando comenzaba la charla, Bergoglio observó que el visitante había depositado en el suelo un maletín. Sospechó que podía ser víctima de una cámara o de micrófonos ocultos. «Ay, Horacio, vamos a llevar este maletín a otro cuarto... ver estas cosas en suelo me da no sé qué», dijo. Y lo sacó de la oficina. Entre las presunciones más ominosas que también se repiten en capillas y oratorios está la de que Bergoglio acomodó su vida -austera, se cocina él solo la pitanza- a la resignación de que su entorno pudo ser penetrado por algún servicio de inteligencia a través de algún pez de aguas profundas, quizás una dama.
Esa puja mejoró mucho con la llegada de Cristina de Kirchner. Pastoral, Bergoglio rezó una misa en la Catedral cuando el expresidente murió. Antes, la ahora Presidente se había pronunciado contra el aborto -uno de los mensajeros fue Juan Carlos Blumberg, que se lo dijo a Juan Pablo II en una audiencia privada en Roma- y nunca dejó de manifestarse como una creyente, con demostraciones conspicuas ante imágenes de la Virgen en Luján y otros santuarios.
También supo Bergoglio que el Gobierno no fue el autor de la ley de matrimonio igualitario, que sólo apoyó cuando había vencido las resistencias en el Congreso al proyecto de Vilma Ibarra y los socialistas. Que Néstor Kirchner fuera al Congreso a votar esa ley -la única para que creyó oportuno sentarse en la banca de Diputados- debe haberlo entendido Bergoglio como un gesto de oportunidad. En ese tópico, que las crónicas hoy exageran como motivo de más peleas, actuó el Bergoglio moderado, quien impugnó jugadas estridentes del Episcopado arrastrado por el ala conservadora de uno de sus adversarios internos más fuertes, el obispo de La Plata, Héctor Aguer. En esa puja intestina tuvo testimonio de los límites de su poder dentro del Episcopado.
En esos proyectos Bergoglio se mostró más que nunca como un jesuita. Se enojó con la sanción de la llamada Unión Civil en la Capital Federal sancionada durante la gestión de Aníbal Ibarra, pero no le exigió a legisladores propios, como Jorge Enríquez, que sujetase el voto a la posición contraria: «Esas son cosas temporales».
La actuación más fuerte de Bergoglio fue en la destitución de Aníbal Ibarra. La causa era Cromagnon, pero el fondo de la pelea se remite a la autorización que dio el jefe porteño a la exposición de las obras de León Ferrari, consideradas blasfemas por los católicos. Eso le valió a Ibarra el reproche de «frívolo» y de antirreligioso; Bergoglio lo esperó en la bajadita y lo calzó con la tragedia de Cromagnon: «Eso ocurrió porque nadie controlaba», sancionó. Su despacho se convirtió en terminal de las conspiraciones legislativas que armaron familiares y también dirigentes del peronismo porteño que habían sufrido a Ibarra fiscal en los años '90, cuando los acusaba de corrupción, además del macrismo que creyó que se beneficiaría con la destitución de Ibarra. Este cree que esa gestión de Bergoglio fue la clave de ese final de su gestión. Actuó con fuerza allí la relación con peronistas como Eduardo Valdéz -abogado de víctimas de la tragedia- y una red de legisladores que han mantenido con él una relación permanente. Lo que armó Bergoglio en la Capital tiene la fuerza de un partido político transversal en las sombras que en sus bordes tiene familiaridad con dirigentes que no pertenecen al catolicismo pero que tienen convicciones religiosas, como Jorge Telerman, beneficiario final de la caída de Ibarra.
También cobró Mauricio Macri, cuando consintió la realización de matrimonios igualitarios en la Capital. Pudo creer que después de haber respaldado su candidatura y de haberle puesto legisladores en sus listas, merecía un reto por ese exceso que le costó la cabeza al procurador local, Pablo Tonelli. Algo bien peronista.
Del entramado político surge también el marco vaticano de su llegada: le ganó la pulseada a otros peronistas que lo significaron como adversario con más énfasis que los kirchneristas. Con su elección pierde sector el Leonardo Sandri, ligado al ex embajador de Carlos Menem, Esteban Caselli. Pierde Horacio Verbitsky, pero también monseñor Aguer. Sonaron los bocinazos ayer en todo el país por la algarabía de los católicos y de muchísimos que no lo son. La elección de Francisco I cumple todos los sueños de la raza. ¡Un Papa argentino! Con Máxima reinando -aunque consorte- en Holanda, y la magia de Messi... ¿quien para a los argentinos ahora?

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