11 de octubre 2010 - 00:00

Giro hacia el PJ; tregua que “gana” calma para Cristina

Néstor Kirchner, José de la Sota, Carlos Zannini, Jorge Taiana
Néstor Kirchner, José de la Sota, Carlos Zannini, Jorge Taiana
Los movimientos imperceptibles, progresivos, no forman parte de la naturaleza de Néstor Kirchner. Esa inhabilidad -a veces virtud- da demasiada visibilidad a sus mutaciones. En estos días, en octubre, se gestó una minirrevolución en los paradigmas del planeta K.

El giro, brusco y notable, germinó con el derrape de Hugo Yasky en la CTA. El patagónico confesó su decepción por esa cruzada donde apostó, también, Martín Sabbatella, «estrella electoral» que solía contraponer a la ortodoxia del peronismo que, bien o mal, le es leal.

Yasky fantasea con volver a votar en dos provincias y una regional de Buenos Aires. Pero revertir la score que le lleva Pablo Micheli -aun descontando votos de Mendoza y Tucumán- luce matemáticamente improbable. «Que no pierdan dos veces», dicen que gruñó Kirchner.

El episodio de la CTA no fue el factor determinante, pero apuró la reconfiguración del esquema que se digita desde Olivos. El fracaso de Yasky -que arrastra a Sabbatella y a los movimientos sociales K como el de Edgardo Depetri- obstruye el atajo anti-PJ hacia una neotransversalidad.

Pero el caso Yasky-Kirchner no explica la totalidad del proceso de reperonización que ejecutó Kirchner y responde a sucesivos ensayos fallidos. Uno de ellos fue amagar con una versión K no peronista vía colectoras; otro, declarar abierta, con premura, la temporada electoral.

Con ese mix inquietó al PJ y precipitó rebeliones que podrían haberse manifestado más tarde -en esos casos operó como mecanismo antitraición- o nunca. Frente a los focos críticos, Kirchner cedió y lo hizo como, hasta ahora, pocas veces lo había hecho.

Así como tuvo que negociar la letra chica de su discurso en el acto de Río Gallegos para que los gobernadores lo acompañen, ahora emite señales de lealtad hacia abajo para que el tránsito de los próximos meses del Gobierno de su mujer sea con respaldo del peronismo.

«Esto te pasa por ser confuso». El reproche lo masculló Cristina de Kirchner y estuvo dirigido a su esposo. Le reprochó, con varios presentes, una conversación con Sergio Massa que desató enojos en la jerarquía del PJ bonaerense y malquistó a Daniel Scioli.

Por esos días, como advertencia al gobernador, Kirchner activó un operativo para inundar de candidatos K la provincia. Aquella bravuconada ya es papel picado. Sólo Amado Boudou, que se fascina con el tumulto y sueña con una candidatura, persiste con sus giras y peñas.

Aníbal Fernández durmió su ofensiva, y Florencio Randazzo jamás la emprendió, lo que motivó que Kirchner lo tenga castigado un tiempo. El propio Kirchner, el viernes último, anuló la mina más destructiva: dijo que volverá a Santa Cruz, con lo que descartó pelear la gobernación bonaerense.

La solidez de la tregua con Scioli enfrenta dilemas inmediatos. ¿El patagónico abortará, antes de que brote, el clamor de sectores del kirchnerismo bonaerense para convencer al ex canciller Jorge Taiana de que se convierta en candidato en la provincia?

En estas horas, Carlos Zannini se abocará a cincelar otro gesto pacificador hacia el PJ: se sumergerá en la reglamentación de la ley de internas abiertas. El martes pasado, Kirchner le juró a Scioli que no promoverá cambios en esa norma que prohíbe, taxativamente, las listas colectoras. Zannini, con un mandato similar, redactará los decretos para ratificar la voluntad del régimen de primarias, cuyo espíritu contraría la existencia de boletas bis, sean colectoras o «adhesiones», antigua figura con que Jorge Landau le hizo ganar votos a Eduardo Duhalde en los 90.

Con un modelo que, en la letra chica, anula ese recurso, y la promesa de mudarse a Santa Cruz, Kirchner paga la gentileza de Scioli que, lejos de su medio tono, confirmó una lealtad forzada. «No voy a ser el Duhalde del 99», es la frase que se atribuye al gobernador.

Traducción: Duhalde trató de diferenciarse de Carlos Menem, luego de ser socios durante años, pero no logró hacerlo y perdió la elección. Scioli interpreta que una candidatura presidencial suya, en contra de los Kirchner, correría la misma suerte.

Así como la neotransversalidad patinó con la derrota de Yasky en la CTA, en otros territorios está camino a extinguirse. El 4 de noviembre, Kirchner llevará al PJ nacional a Río Negro para preparar un escenario de confrontación abierta con el radicalismo.

Miguel Saiz, un K residual, termina su mandato y no garantiza continuidad de esa tendencia. La Concertación quedará anulada. Miguel Pichetto y Carlos Soria aspiran a la postulación. En diciembre se despejará la incógnita. El ex SIDE acumula cierta preferencia en Casa Rosada.

La reperonización desembarcará, también, en Córdoba. Con elección anticipada, Kirchner terminó por asumir que la única figura del PJ que asoma con chances de aportar una victoria es José Manuel de la Sota. Los espadones K, como Eduardo Acastello, se mancaron.

Con el ring fragmentado entre la UCR y Luis Juez, el peronismo -en la provincia se votará antes de la nacional- se ilusiona con ser la sorpresa electoral de 2011.

Subyace, en ese razonamiento, el deseo oficial de que el Peronismo Federal se desintegre. «Ninguno aceptará que el otro sea el candidato a presidente», diagnostican en Balcarce 50. Si ese fenómeno se materializa, Kirchner puede volver a soñar con tener un rival en su primaria: Mario Das Neves».

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