19 de diciembre 2012 - 00:00

Gordon: “No compito con mi mujer cuando escribo”

«En un primer libro uno quiere poner todo», dice Gordon, «como si fuera el único que va a escribir. Por otra parte, si uno es escritor nada está perdido, se termina usando todo».
«En un primer libro uno quiere poner todo», dice Gordon, «como si fuera el único que va a escribir. Por otra parte, si uno es escritor nada está perdido, se termina usando todo».
Desde hace casi veinte años, cada vez que la escritora chilena Isabel Allende venía a Buenos Aires a presentar un nuevo libro, la solía acompañar un tal William Gordon, abogado cuarentón estadounidense que se dedicaba a defender a latinos en California. Hace unos seis años Gordon, también escritor por derecho propio, vino a Buenos Aires a presentar «Duelo en Chinatown», un policial, y la sorpresa fue que se puso a comentar sobre otros thrillers que tenía escritos o estaba escribiendo. Entre ellos el de un enano perverso que había creado una secta religiosa. Ahora que sus libros están siendo pasados al popular diseño pocket, William Gordon regresó a la Argentina para hablar de «El enano», que acaba de publicar Debolsillo, y del conjunto de su obra. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Publicar libro tras libro tiene que ver con estar en pareja con Isabel Allende, una autora de best sellers?

William Gordon: Todo el mundo piensa que estoy escribiendo para competirle a Isabel. No, yo quise ser escritor desde siempre. Acaso me viene de familia, de mi padre. Estar con Isabel me estimuló. Cuando me contaba escenas de algo que estaba escribiendo, trataba de imaginarlas, de volverlas imágenes en mi cabeza, y después le decía si eso para mí funcionaba o no. Eso me viene de mi trabajo de abogado, supongo que a Grisham le pasa lo mismo. Para poder ayudar a un cliente tenía que poder visualizar lo que le había sucedido, ponerme en su lugar, ver en mi mente lo que le había pasado. Al charlar con Isabel sobre sus relatos me di cuenta que yo había aprendido en la práctica a tener una visión creativa, entonces tenía que desarrollar una escritura creativa, a saber poner en palabras lo que imaginaba para que el lector pudiera imaginar a su vez las situaciones que le contaba. Pero el manejo de las palabras me venían de chico, mi padre era escritor.

P.: Un escritor bastante especial.

W.G.: Inventó una religión donde hablaba de la forma en que iba a salvar a la gente. Escribió varios libros, el más famoso es «El plan infinito». Ese titulo es a la vez una obra de Isabel (Allende), donde cuenta de mi vida. Ella varias veces se ha inspirado en cosas que me han ocurrido. Mi padre hacía dinero con sus libros. Colocaba grandes carpas en el campo, en pequeñas ciudades. La gente iba a escucharlo predicar, y el les cobraba un dólar al entrar y otros dólares al salir, porque tenían que comprarle su libro «El plan infinito». Si bien murió cuando yo tenía seis años me marcó mucho, era un tipo jodido. Tanto él como con la socia, una mexicana que era la amante de mi padre, que era una bruja que practicaba la magia negra, que nos ayudó mucho cuando murió mi padre, mi madre estaba tan deprimida que no sabía qué hacer. En mis libros esa mujer es Dominique, la dominatrix del enano, una cabrona. Y el enano Dusty Scwartz, inmigrante mexicano y pastor de una misteriosa iglesia, un pervertido al que le gustan las nenitas, las putas y los hombres, es metafóricamente mi padre. Si bien mi padre era una hombre carismático, muy buen mozo, alto. Escribir «El enano» fue mi forma de vengarme, porque mi padre emocionalmente era un enano. Ya en «Duelo en Chinatown» aparece como un mago borracho que lee el futuro en las cartas de Tarot. En «El enano» me divierto con la absurda iglesia que se inventó, para lo que tuve que estudiar sus sermones. Me di cuenta que su texto religioso «El plan infinito» era una obra de ficción, una novela ciencia ficción sobre un universo paralelo donde llevaría a los que lo siguieran. Bueno, Hemingway sostenía que en el fondo toda literatura es autobiográfica. Pero mis libros no son autobiografías sino thrillers.

P.: Los personajes en sus libros son complejos y sorprenden con actitudes inesperadas.

W.G.: Así como hay siete pecados capitales, hay también siete virtudes. Un personaje tiene que ser una combinación, una mezcla de bueno y de malo.

P.: ¿Por qué eligió dedicarse a escribir novelas de suspenso?

W.G.: Comencé escriuna novela que se llama «Defectuoso». Isabel Allende me dijo que el título era bueno porque el libro era defectuoso. «El enano de tu historia es un asqueroso, ninguna mujer va a quererse acostar con un hombre así. Tirá el libro en el fondo de un baúl, y dejalo ahí para siempre. ¿Por qué no escribís sobre detectives y forenses que es algo de lo que sabés por tu trabajo de abogado?». Eso fue lo que me señaló. Yo me dije, voy a intentarlo, pero del enano no me voy a olvidar. «Defectuoso» me llevó dos años y nunca se va a publicar, pero en cada historia que he escrito desde entonces tiene algo que estaba en aquel libro. Y no he terminado de contar las historias que «Defectuoso» contenía. Thomas Wolfe, el autor de «El tiempo y el río», decía que hay una sola historia que ocupa miles y miles de palabras, que tenemos que contar, que sigue y sigue hasta que nosotros terminamos.

P.: ¿Cómo hizo para construir el protagonista de todas sus novelas, el periodista Samuel Hamilton?

W.G.: Crecí leyendo novelas policiales de los años 40 y 50, y el detective es un macho que entra rompiendo la puerta, que cacheta a hombres y mujeres. Yo no quería eso. Y no quería que hubiera teléfonos celulares, ni ADN, ni mails, todo lo que se cuenta hoy para resolver los casos. Me instalé en los 60 en donde no estaban aún todas las invenciones y para resolver un caso criminal se unía la policía, la justicia, el periodismo y los amigos. Una época donde estaban pasando muchas cosas interesantes, donde todo empieza a cambiar, donde la comunidad gay inicia el camino hacia su reconocimiento, donde está la movida cultural de los beatniks, la espiritual de los hippies. En mi primera novela, «Duelo en Chinatown», Hamilton no era aún periodista, vendía publicidad para un diario. Era un tipo jodido, borracho, al que le habían asesinado a sus padres. Un día se muere el millonario con quien toma copas en el bar Camelot, y empieza a investigar esa muerte. Cuando descubre lo ocurrido escribe una nota y asi le den trabajo de reportero. De el segundo libro en adelante, Hamilton ya es periodista. Y en cada libro va creciendo. En «El enano» cuando un forense se da cuenta que hay un maníaco asesino que anda suelto por San Francisco, lo llama a Hamilton. Y así el periodista entra en un mundo de sangre, perversión y magia negra.

P.: ¿Qué escritor cree que lo ayudó en su labor?

W.G.: Somerset Maugham porque al final de cada uno de sus relatos hay un giro construido de una manera perfecta. Maugham decía que lo que necesita un escritor es un hilo y con el tejer una trama, y hacer a ese tapiz que es un relato. Después están todos los grandes del policial. ¿Cómo no sentirse atrapado por las deducciones con que Sherlock Holmes resuelve los casos, y cómo fueron construidas por Conan Doyle? ¿Cómo no admirarse de los libros de Dashiell Hammet y Raymond Chandler? Ahora se usan muchos elementos técnicos, demasiado laboratorio de forenses, se pierde lo humano. Con el policía de mayor éxito reciente, el de los suecos, parece que se hubieran chupado todo el aire, que no hubieran dejado nada para los demás.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

W.G.: Llevó cinco novelas donde lo siniestro está presente. Lo último que escribí trata de un crimen que ocurre en San Francisco, que también era aparte de un capítulo de mi «Defectuoso». Es que uno en un primer libro quiere poner todo, como si fuera el único que va a escribir. Por otra parte, si uno es escritor nada está perdido, se termina usando todo. Ahora quiero volver a cambiar de tema y contar una historia de amor pero disfrazada de thriller. Se va a llamar «Emma», y el personaje ya está en mi primer libro, es una artista plástica. Me encantó ese personaje y quería que tuviera una historia. Isabel me decía: tu tuviste una amante que se llamaba Emma, dónde la conociste, dónde está. Y yo le decía que eso no era cierto, que la había inventado y no se de donde salió. Bueno, no le voy a contar ahora una historia que usted leerá cuando se publique y la compre (ríe).

Entrevista de Máximo Soto

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