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Había plan B para todo, salvo para lo que pasó
La captura de los transversales fue la otra pieza para arrinconar al pejotismo. No inventó nada porque transversales habían sido las candidaturas de Juan Perón en 1946 y 1952 (junto al radical Hortensio Quijano), el Gobierno de Carlos Menem (con los ucedeístas jugando el rol que con Kirchner ha tenido la izquierda patrullera) y también la Alianza en 1999. Una de las principales habilidades políticas de Kirchner fue su condición de semiólogo natural, lo que le permitía captar y manipular los estereotipos colectivos. Descubrió que existía una izquierda postergada dentro y fuera del peronismo con banderas viejas e insatisfechas en materia de derechos humanos (planeta en el que desembarcó en 2003, pese a que actuaba en política desde 1983) y de reformas judiciales, especialmente el combate contra la Corte Suprema armada por el menemismo en los años 90.
Convencido, además, de que la izquierda patrullera es la que mete presos a los políticos, se abrazó a ellos volcando sobre formaciones sin peso electoral una parte del poder que había logrado en las urnas. Partidos, piqueteros y organizaciones sociales sintieron que con este Kirchner que les prestaba poder lograban lo que nunca habían tenido por falta de votos: cargos, funciones, partidas de dinero, planes sociales. Eso explica el llanto que desde ese flanco recorrió ayer el país. Son muchos quienes deberán buscar ocupación lícita luego de esta muerte que los expulsa del poder.
Una tercera pieza fue buscar una relación con los empresarios: «Acá hay que cambiar de óptica, se acabó eso de pedirles qué tenemos que hacer, pese a lo que pasó en la Argentina, a los que han sido socios del poder político que reinó en la Argentina. El problema no es la privatización de las cosas, sino la asociación del poder económico con el poder político de turno. Eso generó una alianza perversa que nos llevó a donde nos llevó», dijo en una charla con este diario en Londres en 2003. Era el germen de su programa con los empresarios, de quienes creía que tenían un pacto secreto con Menem. El pacto ahora sería con él y lo desmuestran dos decisiones. A poco de asumir volteó el acuerdo que había firmado Eduardo Duhalde con el consorcio que administraba los aeropuertos. Un par de años más tarde, el Estado pasaba a ser socio de ese grupo. También en los primeros meses hizo caer el decreto que había mandado a un arbitraje la demanda del Estado contra el grupo Bulgheroni por incumplimiento presunto de la promoción industrial en una papelera de Tucumán. Lo mandó a la Justicia porque Kirchner creía que encubría una trampa contra los intereses del Estado. Tres años más tarde, Kirchner decía que los Bulgheroni eran un modelo empresario para el país y avalaba la extensión de concesiones petroleras en Chubut y Santa Cruz.
Aunque su pelea con los medios estalló en la superficie en 2009, su inquina con el periodismo fue otra de las herramientas de construcción de poder desde una minoría que pocos presidentes tuvieron antes -sólo puede comparárselo con Arturo Illia por la escasa cantidad de votos al asumir-. Apenas asumió ordenó a través de Oscar Parrilli a sus funcionarios la prohibición de mantener conversaciones off the record con periodistas. Consagró, además, una clausura para conferencias de prensa y otros géneros de la comunicación, salvo con pocos medios y periodistas dispuestos a no repreguntar. Inauguró la modalidad de hablar en actos en Casa de Gobierno apelando a una relación directa con el público por encima o por debajo de la mediación periodística, una de las formas de la demagogia, según cualquier manual. El estallido con la ley de medios fue un coletazo de la guerra por la 125, momento en que dijo haber descubierto que existía un arco destituyente que incluía a todos sus adversarios (partidos, campo, Iglesia, militares, medios).
Nunca confió en la mediación periodística, así como dio todo por satisfacer las demandas de la opinión pública: pagó u$s 10 mil millones al FMI para que no se dijera más -como revelaban los sondeos- que su Gobierno recibía órdenes de ese organismo. La sociedad lo toleró porque entendió que un presidente en un país en donde los mandatarios no terminan su mandato es una necesidad vital reforzar esa institución y que sirve al interés colectivo.
Todo eso no le bastó para salir de la debilidad: en 2005 el kirchnerismo recogió el 24% de los votos sobre el total del padrón; en 2007, el 30%. Kirchner no pudo ganar ninguna de las elecciones nacionales que disputó: en 2003 perdió con Menem y en 2009 con la liga que encabezó Francisco de Narváez. Igual, logró convencer hasta su muerte que había sido un presidente popular y con leyenda de imbatible.
Los herederos de su Gobierno reciben un kirchnerismo en minoría en las últimas elecciones y en el Congreso. Tienen un país en mejores condiciones que en 2003, pero la tarea de construir poder desde la debilidad es la misma. Lo perdido no se recupera porque se va con Kirchner; tienen que demostrar que poseen capacidad y habilidades equivalentes a las del hombre que se fue.


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