3 de marzo 2010 - 00:00

“Hay sociedades que se apoyan sobre el delito como poder”

Para el autor de «Cinco balas para Augusto Vandor» o la trilogía biográfica de Natalio Botana, Macedonio Fernández y Xul Solar, «si la realidad supera la imaginación de cualquier creador, mucho más la realidad argentina».
Para el autor de «Cinco balas para Augusto Vandor» o la trilogía biográfica de Natalio Botana, Macedonio Fernández y Xul Solar, «si la realidad supera la imaginación de cualquier creador, mucho más la realidad argentina».
«Los policías en la literatura argentina son como fantasmas, traté uno que fuera real, con todas las contradicciones, con todas la ambigüedades, pero tambien con la enorme capacidad de resolver un crimen», sostiene Alvaro Abós, explicando las características de su policial «Kriminal tango» que acaba de aparecer. Abós es abogado, periodista y escritor, autor de una premiada trilogía biográfica sobre Natalio Botana, Macedonio Fernández y Xul Solar. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo se decidió a escribir una novela que fuera estrictamente policial?

Alvaro Abós: Ahora que lo pienso, me resulta algo natural, algo que me tenía que suceder, dado que de chico leía los libros de las colecciones «El Séptimo Círculo» y «Rastros», que compraba en los quioscos. Además estaban la revistas de historietas y las que traían cuentos policiales, como «Leoplán» y «Vea y Lea». Fui hijo de este género. En muchos de mis libros hay una matriz policial si no es que juegan con él género. Por caso, «Cinco balas para Augusto Vandor» es una novela que ha sido leída como un libro político, y en realidad es la anatomía de un asesinato. Más allá de que muestre el escenario de la vida social y política sindical de los años sesenta, hay esencialmente la narración tensa de un crimen. Y el crimen es uno de los grandes núcleos de la narrativa en general, desde la Biblia que contiene la más breve novela policial que se ha escrito: Caín mató a Abel.

P.: ¿Qué buscó con «Kriminal tango»?

A.A.: Tener a Buenos Aires como escenario de un crimen. Una ciudad monstruosa, de 14 millones de seres humanos apiñados, donde el delito campea por sus fueros.

P.: Y comienza con la impactante quema de un hombre vivo en Puerto Madero.

A.A.: Si la realidad supera la imaginación de cualquier creador, mucho más la realidad argentina. Ese crimen sucedió, está tomado de la crónica de un asesinato ocurrido en 1992. Es uno de los tantos crímenes que quedaron impunes. Tomé el tema, lo transformé y lo desarrollé. Investigué, como en el caso de las biografías que escribí de Natalio Botana, Macedonio Fernández y Xul Solar. Lo interesante es que uno finalmente descubre que en toda biografía hay un enigma, un secreto, un núcleo de misterio. Eso se ve bien en la película «El Ciudadano». Tengo incorporado investigar antes de ponerme a escribir, aunque se trate de una ficción. He sido abogado durante años, y me gustaba mucho el Derecho Penal, la Criminología, conocí cárceles y tuve que estudiar casos. El crimen de «Kriminal tango» lo empecé a estudiar yendo mucho al archivo de los Tribunales y a hemerotecas, que es otro de mis campos de trabajo. En un momento me di cuenta de que tenía dos caminos: o seguía investigando o lo narraba ficcionalmente, liberando mi imaginación, olvidándome de todo lo que sabía y apropiándome del asunto. Así lo hice.

P.: ¿En qué momento del relato surge el inspector Muñecas como protagonista?

A.A.: Tenía a Buenos Aires, un crimen, necesitaba alguien que investigara, que me llevara a desarrollar la historia. Me puse a revisar cóomo los escritores argentinos habían solucionado el tema de la investigación de los crímenes, hay periodistas que buscan destapar entuertos, hay detectives privados y muy pocos policías. El policía es casi un fantasma en nuestra literatura argentina. Decidí crear un policía verdadero, de la Federal, de División Homicidios. De nuevo tuve que investigar. Creo que tiene reminiscencias de algunos policías míticos, como Meneses.

P.: Y de otros que hasta han escrito ficción como el comisario Plácido Donato.

A.A.: Policías escritores hay muchos. Fray Mocho, padre de la narrativa de Buenos Aires, era el comisario José Sixto Alvarez. Entre los más conocidos están el comisario Eugenio Sampietro, director del Museo de la Policía Federal, y el comisario Plácido Donato que es directivo de Argentores. Y entre los mejores de América Latina está el brasileño Rubem Fonseca, que tambien fue comisario en Río de Janeiro.

P.: ¿Cuál sintió que era su desafío?

A.A.: Plantearme un policial aquí y hoy. Yo siempre había trabajado sobre el pasado, principalmente sobre los años treinta y cuarenta. Pensé en un policía corrupto, duro, que tiene una contradicción dostoievskiana: por un lado la sociedad le pide que nos proteja y, a la vez, esa sociedad que lo necesita, lo desprecia. Si bien su función narrativa es investigar, he buscado al pasar mostrar esa contradicción, que no es sólo porteña, basta recordar la película «Un maldito policía» de Abel Ferrara, tema sobre el que volvió ahora Werner Herzog.

P.: Se ha dicho que «el crimen y Buenos Aires son ejes de su obra narrativa», pero no puso hasta ahora policías.

A.A.: En «Restos humanos» aparecía un policía, pero el centro era Jorge Burgos, aquel hombre de Barracas que descuartizó a su amante, un crimen que me desveló en mi infancia. Además en los tiempos que estamos viviendo hay sociedades que están construidas sobre la base del delito como poder, eso hace que muchos escritores nos volquemos al policial.

P.: ¿Cuáles considera que, justamente por eso, fueron las influencias que lo marcaron en el momento de escribir?

A.A.: Aquella vieja división entre el policial negro estadounidense y el policial británico o europeo de enigma, ha quedado absolutamente sepultada, es cosa del pasado. Hoy se observa que los premios literarios los ganan novelas policiales. La literatura argentina ha sido colonizada por lo que llamaría la literatura criminal, más que policial. Esto ocurre en el mundo entero y va del italiano Sciascia, al español Vázquez Montalbán a los suecos Henning Mankell y Stieg Larsson. Si un policial es bueno deja de ser policial para ser una buena novela, esto tiene que ver con la centralidad del mundo del crimen, y el relato que enfrenta un misterio, un enigma, un crimen, una conspiración. Hoy la gente se encuentra bombardeada permanentemente por relatos audiovisuales, eso hace difícil ponerse a recordar un espacio social a partir de comer una magdalena como hizo Proust. Bueno, todo puede ser, la literatura es libertad, lo que pasa es que pareciera que aquello que sigue atrayendo a la mayoría es un misterio que es develado, que es el corazón de la narrativa desde que se inventó el «había una vez».

P.: Usted va sumando en «Kriminal tango» a la investigación del crimen elementos de actualidad, datos de calles, los avatares de un rockero...

A.A.: Tenía que ser un cronista de la ciudad, ofrecer datos reales, comprobables, que sumaran verosimilitud al relato. Yo asocio la literatura con el pasado, este libro parte de un imposible: narrar el presente. Por lo pronto porque el ritmo de la literatura es lento y hace imposible la crónica de la actualidad. Esta obra me llevó dos años. En el documental de la ciudad que construía alrededor de la historia central tenía que estar la vida diaria, la música que se escucha, pero tambien la corrupción, las mafias, la basura, la violencia, la paranoia, el miedo, el policía como alguien ambiguo, deseado y sospechado, requerido y, lo peor, a la vez temido por quienes más lo necesitan.

P.: ¿Por qué el nombre «Kriminal tango» que usted saca de un texto en alemán?

A.A.: Es un tango alemán con letra de Kurt Feltz, uno de esos engendros del llamado tango europeo que fue muy famoso por los años cincuenta. Lo que ocurre es que en mi novela hay mucho tango. Muñecas además de policía es un músico aficionado, toca el violín en una orquesta. Quizá hay un parentesco con la película de Robert Duvall «Assassination Tango» que pasan muy seguido por cable.

P.: ¿De dónde sacó el nombre de su inspector?

A.A.: Es un nombre que ha despertado polémica, no a todos le parece adecuado. Busqué darle un nombre raro, que fuera fácilmente recordado. En el último libro que publiqué, «Eichmann en Argentina», realicé una extensa investigación y descubrí que el criminal nazi vivió mucho años en la calle Muñecas de San Miguel de Tucumán. Y Muñecas es la calle principal de la ciudad, porque Idelfonso Muñecas fue un cura que luchó por la independencia. A partir de ahí comencé a encontrar otras calles Muñecas y que el apellido está bastante difundido, ocupa un buen espacio en la guía de teléfonos.

P.: ¿Qué está preparando ahora?

A.A.: Estoy tentado de continuar contando las historias del inspector Juan Muñecas.

Entrevista de Máximo Soto

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