21 de octubre 2013 - 00:00

Hay vida después del “shutdown”

Terminó la charada del default. El Gobierno de EE.UU. permaneció semicerrado durante dieciséis días, pero sobre el filo del horario de protección al inversor el Congreso, en horas nomás, levantó el bloqueo y devolvió a Washington a su programación habitual. Con el Gobierno en funciones plenas y los empleados públicos otra vez en el yugo, regresó la normalidad. Wall Street en terreno récord fue la primera señal de que se reinstaló la sensatez. Es, claro, una manera de decir. La Bolsa subió el día que se paralizó la administración. Trepó con los indicios de un acuerdo. Subió con el rumor y, desafiando al refrán, escaló más con la confirmación de la noticia. No hay, por lo visto, entretenimiento mejor. El rally pronto cumplirá un año de alza sin mayores interrupciones. Es fácil imaginar qué tiene en mente para los festejos.

El Gobierno se reabrió de un día para el otro, pero la resaca de su clausura persistirá por algún tiempo. La opinión del consenso: esto es bueno para los bonos y, cuándo no, para la Bolsa. Por empezar, mantendrá a la Fed a raya. Si el banco central amenazó con iniciar la poda de la compra de bonos en septiembre, pero luego prefirió cruzarse de brazos hasta obtener evidencias de una más sólida recuperación, entonces en su mitin de fin de mes (28 y 29) deberá estampar un sello de prórroga. El cierre de oficinas produjo un apagón del flujo de información. Y si bien la situación de vacío se remediará deprisa -mañana, por caso, verá la luz el informe de empleo de septiembre- no se podrá eliminar la nebulosa de su interpretación. ¿Qué calidad tendrán las mediciones? ¿Cuánto las habrá influido un procesamiento tan accidentado? Si los datos fueran robustos, se los relativizará. Se sabe, o se presume, que se habrán debilitado a posteriori. Por eso mismo el banco central, a diferencia de las dudas que podía abrigar en septiembre, está en condiciones de postergar una definición sin el temor de quedar descolocado por los acontecimientos. La decisión de septiembre fue, según las minutas, el fruto de una discusión cerradísima. No será el caso en octubre. Hasta un halcón inveterado como Richard Fisher, titular de la Fed de Dallas, reconoció que, en estas condiciones, resulta imposible argumentar a favor de modificar el curso de acción de la política monetaria.

Si antes del choque entre demócratas y republicanos, la reunión del 17 y 18 de diciembre aparecía como la fecha favorita para comenzar a mitigar el QE3, ya no más. Se cree que el programa no cambiará hasta el año próximo. Y no se piensa en enero sino en el cónclave de marzo, ya con Janet Yellen al timón de la Fed (si el Senado no se opone). La incertidumbre por la puja fiscal podría repetirse en enero y febrero, y así volver a atar las manos de la institución (aunque en nuestra opinión el presidente Obama encontró por fin el antídoto eficaz para prevenir la terquedad extrema de la oposición).

Una economía maniatada por las disputas en el Congreso y con la Fed fuera de radar por los próximos meses es lo que el doctor ordenó para la salud de las carteras de bonos. La tasa de diez años que orilló el 3% en septiembre finalizó el viernes por debajo del 2,60%. Se podía esperar una tasa más alta, así como un dólar más fuerte, una vez logrado el acuerdo fiscal, pero ocurrió lo contrario: lejos de revertirse, la dinámica previa se acentúa a medida que la amenaza de la Fed toma distancia. La Bolsa sacó tajada del mismo fenómeno, pero ignoró olímpicamente los percances de la actividad, el empleo y el gasto. No sorprende, pues, que el flamante premio Nobel de Economía Bob Shiller haya estrenado su distinción con una dedicatoria desdeñosa: "Las acciones están caras. Me preocupa que vayan a corregir a la baja". A fines de septiembre, los ratios del profesor de Yale arrojaban una valuación excesiva, la más pronunciada del índice S&P 500 desde enero de 2008. Y en lo que va de octubre la brecha entre las cotizaciones y las ganancias seculares de las compañías no ha hecho más que ensancharse. Pero Shiller no tiene pretensiones de tiempista. Él mismo ha visto perdurar exageraciones peores. Quien supo prever la exuberancia irracional de las acciones antes de 2000 y de la vivienda antes de 2006 considera, sin embargo, que todavía es temprano para accionar la alarma.