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Historias escondidas en bares porteños
El Banderín (arriba), un clásico del barrio de Almagro, fundado en 1929, a pocas cuadras de Lo de Roberto (derecha). En San Telmo, La Puerta Roja (abajo) rescata la tradición speakeasy estadounidense.
Apenas visible desde lejos «Lo de Luca» parece una casa antigua y poco atractiva, pero los que deciden ingresar descubren en su interior el espíritu intacto del rock. Allí, en ese espacio, vivió Luca Prodan, el músico italiano que llegó a la Argentina y formó Sumo, el grupo de rock de culto del que también formó parte el hoy conductor Roberto Pettinato. En 1985 la banda sacó su primer disco, pero dos años después la muerte de su líder dejó a Sumo partido en dos.
El 22 de diciembre de 1987, Luca apareció sin vida en la habitación de la casa que compartía junto al músico Marcelo Arbiser. Hoy su espíritu sigue vivo en la casona convertida en un bar donde, por supuesto, la música de cabecera es el rock. En 2007 el bar fue declarado como sitio de interés cultural, y el cuarto que usó Luca es la única parte del local a la que no se permite el ingreso de los parroquianos. Según cuentan los mozos, este sitio se conserva intacto, aunque todo el resto fue remodelado y adaptado para la nueva función.
Les llevó más de tres años restaurar los pisos y los techos que estaban destruidos por la humedad y años de abandono. La casa, que también habitó Niní Marshall, es una de las más antiguas de la zona y había quedado deshabitada desde la muerte de Luca. En un principio se manejó la idea de hacer un hostel en ese sitio, pero los fanáticos de Luca pelearon para que allí hicieran un bar, coma forma de honrarlo y mantenerlo siempre vivo.
A pocas cuadras de allí, en el barrio porteño de San Telmo, sobre la calle Chacabuco se pierde en la oscuridad una puerta roja. Allí se encuentra el bar que lleva justamente ese nombre -Puerta Roja- y reúne a cientos de extranjeros y porteños que gustan de disfrutar de una cerveza con amigos. La puerta se abre no bien se toca el timbre, lo que conserva el estilo de los bares clandestinos de la ley seca en los años 20 en EE.UU. conocidos mundialmente como los speakeasy.
Subiendo una escalera se llega a la barra, parada obligada para pedir un trago o cerveza tirada. El espacio está dividido en tres partes: una sala con mesa de pool, la otra con dos mesas circulares con sillones, en la que a futuro se servirán cenas, y la sección barra a la que se suman mesas bajas con banquetas y sillones. Todas las paredes están cubiertas de objetos, los espacios están aprovechados al máximo y buscan recrear el estilo speakeasy en la Argentina. En los últimos tiempos la voz parece haberse corrido y suele sufrirse superpoblación, sobre todo de jueves a sábado donde conseguir una mesa es todo un desafío.
Si de bares con historia se trata, «El Banderín» es uno de los más conocidos. Abrió sus puertas a fines del 20, se dice que anteriormente funcionaba una librería allí. Al principio trabajaba junto a un almacén donde se vendían desde fideo, harina hasta fiambres y azúcar. Pronto la llegada de los supermercados al barrio provocó el cierre del almacén y dio lugar al crecimiento del bar.
Su dueño, fanático de River, comenzó a juntar y colgar banderines de su equipo. Inmediatamente la costumbre se contagió a los clientes, que trajeron banderines de regalo y todas las paredes se vieron cubiertas. Además en este local del barrio de Almagro que forma parte de los 60 Bares Notables porteños hay camisetas argentinas con firmas de Maradona. Entre los clientes se destacó Tato Bores, que allí grabó fragmentos de Good Show.
También en el barrio de Almagro, cuna del tango, se encuentra «Lo de Roberto». Este boliche está enclavado en una de las esquinas de la plaza Almagro desde 1894; se llamaba originalmente 12 de Octubre. Siempre funcionó como un despacho de bebidas, como un sitio ideal para tomarse un vermú por las tardes. La mitología destaca entre sus clientes ilustres a la poeta Alfonsina Storni y a Carlos Gardel, que trabajaba en una imprenta a la vuelta del bar, que originalmente ocupaba toda la esquina.
Roberto Pérez, dueño del boliche desde la década del 60, cuando lo heredó de su padre, atiende personalmente a sus clientes. El bar es un verdadero reducto de colección, con un largo mostrador donde acodarse a beber una ginebra, que ocupa la mitad del pequeño salón. A veces aparece algún cantor espontáneo. Recuerdos, fotos antiguas de la «barra» y la letra que Roberto Medina le escribió al boliche cuelgan de esas paredes llenas de humedad, donde el tiempo parece detenido.
Belén Fernández

