- ámbito
- Edición Impresa
Ideal para fans del vanguardista Maddin
Lo que el mismo Guy Maddin define como una «docufantasía» es una creativa (y para algunos cansadora) conjunción de hechos reales, mitos urbanos, imágenes de archivo, siluetas animadas, etcétera.
Quien haya visto alguna película de Guy Maddin, como «La canción más triste del mundo», «Brand upon the Brain!», o «Tales from the Gimli Hospital», ya sabe lo que le espera: una disparatada, alborozada, admirable serie de macanas, expuestas con mucho cariño, entusiasmo, y un estilo particular, evocativo del cine vanguardista, lleno de imágenes extrañas, oníricas, algún iris, veloces intertítulos y gente rara. El hombre no va a cambiar aunque se anuncie que esto es un documental. Claro que no lo es, para nada. Él mismo lo llama «docufantasía» sobre su ciudad natal, Winnipeg.
¿Y en qué consiste esa «docufantasía» declarada? Pues, en la decidida y creativa conjunción de hechos reales, «mitos urbanos», fragmentos de archivo, insertos filmados por él, anécdotas familiares en versión libre, siluetas animadas, la veterana actriz Ann Savage (la mala de «El desvío», de Edgar Ulmer) presentada como su madre, y un sinfín de cuentos, reflexiones, y frases poéticas, que el mismo autor dice con simpatía, salvo cuando se enoja al recordar la demolición del viejo estadio de hockey donde trabajaba su padre. «Ese edificio era mi Figura Paterna, donde en mi infancia aprendí todo lo masculino», explica. Nos cabe una sospecha, que él mismo alimenta con ciertas confesiones, y con la graciosa descripción del salón de belleza de su mamá y su tía, donde aprendió a olfatear «los aromas de la vanidad y la desesperación femenina», y a respetar y hasta admirar la ginocracia. Por algo imagina como protectoras simbólicas de la ciudad a su madre de mirada imperiosa y a la joven fuerte salida de un lejano diario cooperativista.
Hay historias de caballos congelados y nazis tomando el Canadá en 1942 (eran voluntarios del Rotary en un acto de propaganda de bonos de guerra), huelguistas, masones, un puente que estaba destinado al Nilo y hoy sufre de artritis, ancianos deportistas fantasmales, un edificio que cuando lo demolieron cayó solo la parte nueva, una colina de basura acumulada, cuyos restos filosos acechan a los niños en el deshielo. Hay un cuento sobre las actividades espiritistas de Gweneth Lloyd (la fundadora del Royal Ballet con que Maddin hizo su excepcional «Dracula: Pages from a Virgins Diary»), en fin, hay toda clase de historias, incluso la de un edificio con tres piscinas, una por piso, y actividades indecentes en aquella donde iba Maddin cuando niño. Él se divierte contándolas.
Y hay frases preciosas, que evidencian, entre otras cosas, hasta el espíritu de las calles laterales «donde vive la auténtica ciudad», la «helada y sonámbula» ciudad que, famosamente, muchos llaman «Winterpeg». Digamos una sola frase, a modo de ejemplo: «La esquina era azotada por el viento, como un zombie metido en un traje barato». En suma, una obra original, ingeniosa, tierna, atractiva, aunque quizás (y aunque dure sólo 79 minutos) un poquito cansadora para seguir tanta macana de un solo tirón.
P.S.


Dejá tu comentario