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“Johanna fue una Antígona exitosa que instaló al genio”
Camilo Sánchez: «La esposa de Théo Van Gogh logró instalar la obra de Vincent de una forma que nunca pudo su hermano, y ése es uno de los enigmas que trata la novela».
Periodista: ¿Cómo surge en usted contar de ese triángulo sentimental entre dos hermanos y una intrusa?
Camilo Sánchez: Tenía como algo habitual, siempre cercano, el libro de Vincent Van Gogh «Cartas a Théo» por haberlo leído de muy chico y porque, de algún modo, marcan una manera de andar. Se sabía que luego de la muerte de Van Gogh, que sólo había vendido dos cuadros en su vida, fue Théo quien llevo la obra adelante. Un día vi en la BBC un documental sobre Van Gogh que terminaba con la imagen de una mujer con un bebé y se decía que fue la que finalmente difundió la obra del gran pintor. Y me estaba yendo a Nueva York por laburo y agarro para el viaje «Cartas a Théo». Ahí, porque nevaba y no me podía volver por tres días, me pasé recorriendo el Metropolitan y el MOMA con el libro de Van Gogh, una especie de corpus teórico de su obra, mirando sus cuadros. En la nueva versión del libro decía que Théo había muerto 6 meses después de la muerte de su hermano, entonces comencé a preguntarme cómo podía ser que si vendió dos cuadros, a los dos años y medio ya estaba en el Panorama de Amsterdam. Había sido esa mujer de 28 años, Johanna Van Gogh Borger, la viuda de Théo quien estaba detrás de la gran muestra con 75 cuadros, 47 dibujos y 18 cartas. Una exposición contundente que instala a Van Gogh entre los grandes.
P.: ¿Johanna logra instalar allí al hermano de su marido desde la primera muestra que organiza?
C.S.: Esa no es la primera que organiza. La primera que hace, sin dinero pero con muchísima intuición, es de 15 dibujos de Van Gogh, no tiene dinero para otra cosa. Sigue el derrotero que estaba en las cartas. Van Gogh le pedía a Théo: «mostrá mucho, vendé poco, y vamos a llegar a los museos». Johanna toma la posta de lo que Théo no puede hacer. ¿Por qué no lo puede hacer Théo? Esa es una de las incógnitas que se trataría de revelar con la novela, que tiene que ver con el vínculo familiar intrincado e intenso que Van Gogh se proponía para toda su vida. Vincent le deja a Théo sus cartas y su cuadros. Théo le lega eso a su mujer. Théo y Johanna tienen un hijo al que le ponen Vincent, que cuando muere el pintor tiene 8 meses, y cuando muere el padre poco más de un año. En dos años y medio Johanna asiste a la muerte de su cuñado, acompaña la agonía que envuelve a su marido, que no puede soportar el suicidio de su hermano. Se vuelve a Holanda. Y ella, que había estudiado a Percy Shelley en el Museo Británico, y que había vivido en París intenso de fines del siglo XIX, no quiere volver a vivir con sus padres. Con enorme lucidez descubre que se ha comenzado a luchar por el descanso dominical en Bélgica, Inglaterra, París, y que, por tanto, va a haber gente que va a tener un día vacío en la semana. Entonces monta, con ayuda de su padre, una pensión al paso en Bussum, en las afueras de Amsterdam. Ahí empieza a leer las cartas «para saber quién ha sido mi marido». y descubre la prosa y hasta algunos poemas de Vincent. No es que buscara a un pintor y escritor de la talla de Van Gogh sino que quería saber por qué se había muerto su marido de tristeza. Reclama los cuadros que habían quedado en París, en Pigalle, que se podían haber perdido. De los 600 cuadros, ella recupera 300, y en una carta a Pierre Bernard, el mejor amigo de Van Gogh, le dice que no se preocupe, que las obras no van a ir a un granero, que ella las va a colgar en su casa de Bussum. Así convierte a esa pensión al paso en el primer museo Van Gogh.
P.: ¿Le impresionó lo que Johanna hizo con las cartas de Van Gogh?
C.S.: Vio de entrada el valor de esos textos. Traduce las cartas, porque Van Gogh escribía en tres idiomas distintos y las publica 25 años después de la muerte, en 1914; el año que viene se cumplen 100 años de «Cartas a Théo». Ella, Antígona exitosa, junta a los dos hermanos y los hace descansar en Auvers.
P.: En un momento lanza un guiño a lectores de Borges al hablar de dos hermanos y una intrusa y la relación intensa que tenían.
C.S.: Hay quienes descubren algunos guiños locales en la novela, y que en mí aparecieron en el momento de la escritura, y no de todos fui consciente. Además, en mi caso los hermanos mueren, y es ella quien los hace revivir por sus actos y obras.
P.: ¿Cuánto tiempo le llevó escribir «La viuda de los Van Gogh?
C.S.: Hubo cinco años dedicados a la investigación, sobre todo del personaje menos conocido, la inolvidable Johanna. Al mismo tiempo empezaba a escribir en distintas versiones. Primero era un diario. Después me fui dando cuenta, con la ayuda de alguna gente, que la intensidad de un diario no se lleva tan bien con la novela. Entonces entré en el territorio de la crónica, algo que manejo más. La crónica que surgió tiene una fuerte cercanía porque primero fue escrita como un diario, y ahora es como si se espiaran sus páginas. Algo bueno que me pasó es que quien fue leyendo mi novela vía mail fue Luis Harss.
P.: ¿Tuvo como primer lector de su novela al escritor chileno que en sus libro «Los nuestros» señaló al mundo el boom de la Literatura Latinoamericana, y dijo quienes los componían?
C.S.: «Los nuestros» fue un libro relampagueante, un abre puertas de los 10 autores que menciona. Hay empatía con cada entrevistado. La entrevista a Cortázar es cortazariana. La de Borges es borgiana. La de Onetti, onettiana. Harss se mimetizaba con un nivel de erudición y de escritura fenomenal. Lo leí a los 20 años y quedé marcado. Supo ver lejos, señalar a quienes más tarde serían Premios Nobel, García Márquez, Vargas Llosa, Premios Cervantes, Borges, Fuentes, Onetti, y Cortàzar, que fue y es Cortázar. Harss vive en el norte de EE.UU., a 5 horas de Nueva York. Sigue escribiendo y publicando, pero sin la resonancia de «Los nuestros»; se colocó fuera de todo circuito literario. En la entrevista que le hizo Tomás Eloy Martínez comienza explicando que fue a buscarlo porque García Márquez le preguntó: «¿qué se hizo de Luis Harss?» Creo que en esa nota hay un reconocimiento de Martínez a lo que él tomó de la prosa de Harss. Bueno, todos los que lo leímos mojamos la pluma ahí. Consigo el mail de Harss por Ezequiel Martínez, hijo de Tomás Eloy, y así empezó una enorme amistad de mails cada tres días y visitas cada tanto. Al punto que la nueva edición de «Los nuestros» está dedicada «a Camilo Sánchez y Juan Cruz, mis amigos».
P.: ¿Qué fue lo primero que le dijo de su novela?
C.S.: ¿De qué idioma estás traduciendo los diarios de Johanna? ¿Los tomaste del holandés, porque hay giros que parecen surgir de la versión francesa? No, Luis, los diarios de Johanna son pura ficción, una creación mía. Me di cuenta de que estaba en el buen camino. Que Harss hubiera creído la ficción me dio un aval importante. Él a los 76 años es una de las personas más vitales que conozco, mantiene una curiosidad permanente, está escribiendo sobre los chicos de Auschwitz, y sale a cada rato a andar en bici.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
C.S.: Voy a editar un libro que fue finalista en un concurso de poesía, que no se publicó; tuvo pocos lectores pero notables, Gonzalo Rojas, Ramoneda, Gelman, Jorge Boccanera. Y tengo proyectos de escritura que están cimentándose, algunos más ligados a lo periodístico literario, otros que podrían encauzarse para el lado de la ficción- Pero por ahora estoy viendo, sorprendido y halagado, lo que sucede con la viuda de los Van Gogh.
Entrevista de Máximo Soto


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