8 de julio 2010 - 00:00

Kirchner dibuja ‘‘mesa grande’’ para ordenar el PJ bonaerense

Daniel Scioli, Julián Domínguez, Sergio Massa, Florencio Randazzo, Hugo Moyano, Néstor Kirchner
Daniel Scioli, Julián Domínguez, Sergio Massa, Florencio Randazzo, Hugo Moyano, Néstor Kirchner
Néstor Kirchner hizo el duelo. Terminó de asumir, atormentando entre la urgencia política y el vínculo intimista, que Alberto Balestrini no volverá, al menos en lo mediato, a funcionar como su confiable comisario partidario en el peronismo de Buenos Aires.

Pragmático, el patagónico asimiló que sin el matancero el PJ quedó sin ordenador. Y que su esfuerzo por suplirlo desde Olivos, que registró un aumento del tránsito de dirigentes bonaerense, requiere, además de su jefatura, un esquema operativo.

El recurso no es nada original: pretende armar una «mesa grande», automáticamente bautizada Comisión de Acción Política (CAP), donde se sienten todas las tribus peronistas para evitar fugas, contener a los silvestres y organizar la ofensiva; o una retirada ordenada.

Son el directorio que pergeña y los movimientos que hizo en los últimos días, la novedad: Kirchner mandó a «caminar» a tres ministros, se vio con el eje de los críticos y mandó a conquistar a peronistas disidentes, estén con Eduardo Duhalde o Felipe Solá.

«Tenemos que salir a buscar a los peronistas, a todos», declaró la temporada de caza de díscolos y fijó una frontera: «Mi límite es De Narváez», dijo. Al «Colorado» le reserva otro desempeño: lo quiere compitiendo en la primaria peronista bonaerense.

El cuaderno de operaciones tiene varias hojas. El de más impacto es el almuerzo que compartió la semana pasada, a pesar de que los protagonistas lo niegan, con un grupo de dirigentes autoproclamados críticos, que encabeza el intendente de Tigre, Sergio Massa.

Además del ex jefe de Gabinete, estuvieron los intendentes José Eseverri (Olavarría), Cristina Breitenstein (Bahía), Luis Acuña (Hurlingham), Gilberto Alegre (Villegas), el ex recaudador Santiago Montoya, los operadores massistas Juan Amondarian, Juan Garivoto y Dámaso Larraburu, y el platense Carlos Cottini.

«Yo, aun en las peores épocas, jamás me fui del peronismo: a ustedes les pido lo mismo», les planteó. Habló, también, de la necesidad de «darle más política» a la provincia pero, cauto, solicitó preservar a Scioli. «Armen -habilitó- pero cuiden a Daniel».

- Lo importante es cuidar la gobernabilidad -dicen que pidió Kirchner.

- Entonces cuidemos la gobernabilidad de todos y no persigan más a Bruera -habría sugerido un presente.

- Lo de Bruera después lo vemos. Pero todavía no.

El pacto de secretismo sobre al encuentro era anoche sostenido -con obstinación- por los comensales. Sin embargo, el propio Kirchner, ante un grupo de alcaldes que lo visitó en Olivos, habló del sector que se alinea detrás de una potencial candidatura de Massa.

En la sobremesa con los críticos, que se invocan como peronismo sub-45, el patagónico pronunció una frase reveladora cuyo copyright suele atribuirse a Alberto Fernández. «Yo no quiero -se confesó- ser el último de lo viejo, quiero ser el primero de lo nuevo».

A priori, Kirchner quiere a ese pelotón en la «mesa grande» que tendrá a Scioli como ordenador visible -que seguro delegará la tarea en Alberto Pérez-, reserva espacios para intendentes, para algún jefe legislativo -el diputado Horacio González frecuente Olivos- y para Aníbal Fernández, Florencio Randazzo y Julián Domínguez.

La inclusión del ministro de Agricultura, que sus amigos llaman ampulosamente «canciller», da otra pista: Kirchner, tentado por la foto salteña de los sub-45, fantasea con una postal similar que reúna alrededor de él a un staff joven, con Domínguez, Randazzo, Massa y Diego Bossio, de la ANSES.

Es, como el almuerzo en Tigre con los críticos, la admisión de su vulnerabilidad: cree que una foto con dirigentes jóvenes lo amigará con sectores medios sin contemplar que es probable que en vez de imantarse con la buena imagen de otros, irradie su mala imagen a los demás.

Es el karma que arrastra Scioli: su seguidismo al matrimonio K lo perfora. Las sondeos lo reflejan: ciertos sectores ven con buenos ojos al gobernador, pero advierten que no lo votarían por «estar con Kirchner».

El operativo contención dedica un párrafo especial a los intentos por recapturar a peronistas que alguna vez formaron parte del dispositivo K pero, sobre todo, por el conflicto con el campo, derivaron hacia otros armados.

Hay un caso testigo: Emilio Monzó, el ex ministro de Asuntos Agrarios bonaerense, fue invitado a Olivos, llegó junto a Juan José Álvarez, charló dos horas y media con Kirchner que desplegó un menú de cargos para seducirlo: desde un sillón en el PAMI hasta un ministerio.

Más exitosa fue la captura de un histórico rival de Hugo Curto, Luis Martinelli, candidato K en 2005 -cuanto el metalúrgico siguió fiel a Duhalde, a quien volvió a visitar- que en 2009 llevó la boleta de De Narváez y redescubrió su kirchnerismo dormido cuando le ofrecieron un cargo en Desarrollo Social, junto a Alicia Kirchner.

El expediente Martinelli es una bomba sucia: daña a De Narváez, porque le arrebata un referente, pero también inquieta a Curto porque potencia a un rival que tendrá, ahora, «fierros» nacionales para caminarle Tres de Febrero. ¿Advertencia por un posible volantazo del cacique?

Otro sindicalista como Curto, el camionero Hugo Moyano, aparece desdibujado en el esquema de la «mesa grande» del PJ. El jefe de la CGT debe quedar, por decantación, al frente de la filial bonaerense del peronismo, pero hasta ahora no pudo, siquiera, firmar un comunicado.

Sospechador serial, Moyano hurga en la causa que sustancia Claudio Bonadío, por irregularidades con los fondos del APE, y concluye que esa investigación sólo prospera porque Olivos y/o la Casa Rosada la incentivan. «Siempre hay algún pícaro», se angustia.

El impulso de Kirchner a una «mesa grande» del PJ le dará otros motivos para especular: ese directorio lo desplaza de la jefatura partidaria que se preparaba para asumir y aunque, al final, el patagónico seguramente le cederá una silla, le quita el control con el que sueña.

Los intendentes, y el brazo político del PJ, festejan a cuenta.

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