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Kirchner y el PJ, en una hora crítica
Néstor Kirchner, Daniel Scioli, Sergio Massa, Hugo Moyano
El jueves pasado (de ese 9-S se trata) el vínculo entre Néstor Kirchner y el PJ bonaerense parió dos episodios feroces: el ex presidente retó en público a Daniel Scioli y un puñado de caciques peronistas vocearon, como nunca antes, quejas sobre la conducción del patagónico.
En su gestación, los dos hechos estuvieron desvinculados. La rabieta televisada de Kirchner pudo suponerse, pero jamás anticiparse. La cumbre de los barones en Malvinas Argentinas, programada de antemano, nada tuvo que ver con la bravuconada del ex presidente.
Pero, con las horas, ambos sucesos operaron como en una reacción química que generó, de manera espontánea, empatía y engendrar una hora crítica, jamás registrada hasta ahora, en la relación entre Kirchner y la corporación política del PJ bonaerense.
Existió, sin embargo, un dato que enlazó ambas terminales: en La Boca, desde el mismo escenario que destrató a Scioli, Kirchner aseguró que perder «uno o dos concejales» no importa si se hace para defender el «modelo nacional».
La traducción es más cruel: sugiere que a Kirchner, en su obsesión continuista, no le importa sacrificar intendentes o, incluso, la gobernación. El PJ bonaerense observa ese riesgo como un proceso terminal y lo atribuye al todo o nada que profesa Kirchner: ganamos todos o perdemos todos.
Rápido, funcionaron dos cadenas de solidaridades: Daniel Scioli -y sus armadores- se sorprendió ante la lluvia de llamados para transmitirle el malestar por las palabras públicas de Kirchner, durante un acto en La Boca, donde pidió que diga «quién le ata las manos».
En paralelo, los amotinados de Malvinas Argentinas -el anfitrión, Jesús Carigilino, Luis Acuña (Hurlingham), Sergio Massa (Tigre), Joaquín De la Torre (San Miguel) y, entre otros, José Eseverri (Olavarría)- se convirtieron en un imán de otros caciques para elogiar su rebeldía.
Todo transcurrió en un secretismo propio de las masonerías. Los intendentes y la dirigencia del PJ bonaerense asumen su temor a las venganzas que se ordenen desde Olivos y, siquiera como rebeldía privada, se permiten objeciones sobre el destrato del patagónico.
Con el caso Scioli y los reproches de los reunidos en Malvinas Argentinas, no se modificó el mecanismo del respaldo clandestino, a veces vía terceros -por los oídos indiscretos- pero tuvo, a diferencia de otras ocasiones, un volumen inesperado.
Es más. Dos rivales como Massa y Scioli, sin buscarlo y quizá sin agradecerle, terminan convertidos en socios ante un enemigo mayor: Kirchner. En definitiva, aunque puedan algún día disputar la misma butaca, en este instante arriesgan su supervivencia.
Los dos, como la mayoría de la comandancia del peronismo de Buenos Aires, son perjudicados por una sucesión de maniobras: la irrupción de Hugo Moyano en el PJ, el sistema DHont en las primarias, el fantasma de las colectoras y el impulso de tribus ultra K con financiamiento oficial.
La combinación de todos los males. Moyano les arrebatará un pedazo de las listas, con el DHont perderán concejales, la JP y los piqueteros le caminan los distritos y, lo peor de todo, las colectoras pueden redondear una escala dramática haciéndoles perder la elección.
De rebote, Scioli padece esos castigos. El fantasma de las colectoras en la general, claramente prohibido por la ley -lo cual no es, evidentemente, motivo para que Kirchner deje de impulsarlas-, somete al gobernador al riesgo de un postulante bis, como Martín Sabbatella.
En Casa Rosada, espadas del diputado de Morón escucharon que Alejandro Tulio, el director nacional electoral, recibió el mandato expreso del patagónico para que explore un resquicio para habilitar las colectoras. «Que sea igual que en 2007», le dijeron.
Por entonces, al menos cuatro distritos poderosos -Quilmes, Lanús, Almirante Brown y Esteban Echeverría- cambiaron de mano de peronistas ortodoxos a dirigentes ligados al PJ, pero ajenos a la cooperativa histórica del partido. Para 2011, el pánico es otro: que directamente no gane un peronista.
Esa fue la razón esencial de la cumbre de Malvinas donde unos diez caciques expresaron su recelo por ese mecanismo y, atrincherados, fueron más lejos: dijeron lo que nadie, desde el peronismo, se había animado a poner en palabras hasta ahora: «No tenemos candidato a intendente».
Por otro lado, quienes compartieron charlas reservadas con Scioli el fin de semana detectaron -o creyeron detectar- una actitud desconocida, incluso insospechada, del gobernador: «Este es mi límite», juran haberle escuchado decir, dolido por el maltrato.
En público, sin embargo, el bonaerense eligió un formato que maneja mejor: se declaró un «pacificador», que es lo mismo que decir que es la antípoda de Kirchner. El patagónico tiene el don de producir lo contrario a lo que desea: aunque dañó a Scioli en sectores ultra-K; le dio aire en el universo independiente y crítico del Gobierno.
«En 15 o 20 días, si no hay un cambio, Kirchner va a sentir el malestar del peronismo», pronosticó, ayer, un dirigente del PJ que figura en la mesa de los diez caciques más poderosos del conurbano. «Nunca, pero nunca, hubo un clima tan hostil como ahora», diagnosticó.
El formato de esa reacción es incierto, tanto como que efectivamente se produzca. ¿Acaso el imbatible conurbano no perdió la pulseada con Moyano por el control del PJ? Tres referentes, todos de peso, aceptan esa observación pero coinciden en marcar una diferencia.
«Con Moyano -dijeron, casi con un libreto calcado los tres- se pierde el PJ, con este Kirchner se pierde el poder y se termina el peronismo bonaerense».


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