Parece que en esta crisis económica ninguna profesión está a salvo. Ni «la más antigua del mundo», la prostitución, que transita, urbi et orbi, por uno de los peores momentos de su larguísima historia.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La teoría dice que durante los tiempos difíciles es cuando más recurre la clientela a los servicios «gratificantes» de la prostitución. Pero en la práctica, el rubro no viene zafando del ajuste. Sobre todo, después del replanteo forzoso de los presupuestos. Sea para consumo personal o un gasto corporativo, el de la lujuria es hoy, entre los gastos de representación, uno de los lujos que primero se descarta.
También hay otros factores que coadyuvan a la languidez de la prostitución. Por un lado, el incremento de los despidos en otras profesiones, que empuja a una importante masa laboral hacia la sobreoferta sexual, que se suma a la ya aportada desde internet. Por el otro está la regularización del ejercicio de la prostitución en varios países. Los Gobiernos respectivos aducen que el blanqueo de la actividad ayudará a mejorar el control sanitario y a bajar los índices de explotación sexual y criminalidad. Quienes trabajan ofreciendo sexo objetan que, en su avidez por nuevos ingresos fiscales, los Estados espantarán a gran parte de la clientela, que quiere permanecer en el anonimato.
En Gran Bretaña, donde la oferta de sexo es legal pero no así su contratación, el debate por regularizar la prostitución lleva ya varios meses. La promotora es Jacqui Smith, titular de la Secretaría del Interior y la primera mujer en acceder a ese cargo. La ley que impulsa Smith prohíbe la contratación de meretrices en relación de dependencia o «controladas» por un proxeneta o dealer de drogas. Algo difícil de constatar al momento de contratar los servicios y, obviamente, un blanqueo para los 1.500 prostíbulos clandestinos que se estima hay sólo en Londres y para las 80.000 prostitutas que trabajarían en el Reino Unido. De ellas, más del 80% son extranjeras e indocumentadas.
Con todo, la medida también apunta a una zona gris: la de los clubes de lapdancing, que tributan como los pubs (tienen las mismas licencias) y donde las prostitutas reclutan clientes para brindarles, después, sus servicios sexuales en otro lugar.
El objetivo del gobierno laborista no es pequeño en términos fiscales. Se calcula que el negocio de la prostitución genera 1.000 millones de libras anuales (unos u$s 1.500 millones) y que más de la mitad lo recaudan los clubes de lapdancing, sobre todo con las excursiones corporativas, en los que se cierran los locales para la realización de fiestas privadas. De prosperar la ley, Gran Bretaña se equipararía con Lituania, Finlandia, Noruega y Suecia, donde es delito la contratación de servicios sexuales pero no su oferta.
Es legal, en cambio, la prostitución en Alemania y Holanda (aunque en su capital, Amsterdam, la famosa zona roja está por ser desplazada hacia las afueras). También legalizaría dentro de poco la profesión la República Checa, con lo cual el Estado se convertiría en el gran proxeneta (hay 10.000 trabajadoras del sexo sólo en Praga).
El oscuro turismo sexual, uno de los mayores negocios generados a partir de la prostitución, es quizás el rubro más afectado por la crisis económica (de setiembre a esta parte, la venta de pasajes de avión se redujo 40%). Según Interpol, el principal destino turístico en la ruta del sexo es Brasil, seguido por Tailandia, República Dominicana, Costa Rica, Cuba y Kenia. Por causa de las protestas antigubernamentales de las últimas semanas, Tailandia (hasta 2005 fue la meca del turismo sexual) vio reducida su afluencia turística en 60%. En las calles de Patpong, el distrito rojo de Bangkok que hoy parece un desierto, las tarifas se rebajaron a la mitad. Se cree que son entre 800.000 y 2 millones los tailandeses, entre hombres y mujeres, que en la actualidad, para sobrevivir, no tiene otra opción que la de ejercer la prostitución.
Dejá tu comentario