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La economía de “toda la carne en la parrilla”
En economía existe un teorema, que el año que viene va a soplar 60 velitas, llamado del "segundo mejor". Postula que, en ciertas circunstancias (que en la práctica pueden ser muy comunes), reglas o recomendaciones de política ideales dejan de serlo y, en cambio, hay que buscar otros caminos o instrumentos múltiples. Una extensión de este teorema al ámbito institucional, propuesta hace apenas una década, postula que en muchas circunstancias las instituciones económicas sobre las que supuestamente se basan las reglas o políticas anteriores dejan de ser ideales o recomendables, porque la economía está inmersa en un conjunto de restricciones políticas y económico-sociales que van a dar lugar a resultados indeseados u opuestos a los buscados. Lo significativo de este último resultado es que una parte importante de la motivación para su postulación provino de la experiencia argentina de los años 90.
Frente a lo anterior son llamativas las posturas extremas o reduccionistas que hemos presenciado en los últimos días respecto a la forma de enfrentar los desequilibrios macroeconómicos de la Argentina. Los ejemplos son bien conocidos y se presentan de distintas formas. La libre flotación del dólar versus su manejo administrado. La eliminación versus la prolongación del cepo cambiario. El salto versus el gradualismo cambiario. El desdoblamiento versus la unificación. La corrección cambiaria versus la devaluación fiscal. La liberación de los precios versus la continuación de los precios cuidados. La eliminación de los subsidios versus la suba gradual de tarifas. La unificación de los precios de la energía que percibe la oferta y paga la demanda versus el mantenimiento de estructuras segmentadas. El uso de los subsidios cruzados versus el uso de mecanismos de subsidios directos. Y los ejemplos podrían continuar.
Todo luce muy irreconciliable como posiciones respecto a la configuración de largo plazo deseada para la economía argentina, lo cual es cierto e inevitable. Pero la verdad es que todas estas opciones pueden y, tal vez, van a ser usadas en algún sentido en el corto plazo. Es que independientemente del matiz que se le quiera dar al diagnóstico, lo cierto es que la Argentina que se viene enfrenta un problema de transición hacia una nueva modalidad de gobernabilidad económica en medio de una nueva configuración internacional y regional. En una transición hacia alguna configuración de largo plazo va a resultar inevitable utilizar instrumentos múltiples y diferentes, ortodoxos y heterodoxos. Esto es así porque una lectura cuidadosa del problema del "segundo mejor" instrumental, e institucional, indica la necesidad de usar muchos instrumentos en la convergencia de la economía desde su situación actual a una configuración más sostenible para el crecimiento, la estabilidad y la preservación de objetivos distributivos.
¿Se pueden reconciliar medidas (e instituciones) disímiles en la transición a una configuración estable, que aspira a evitar que todo vuele por los aires? Sí, aquí van algunas pistas. ¿Liberalización cambiaria y finalización del cepo? Sí, pero sólo para las transacciones de servicios reales y financieros a través de un desdoblamiento cambiario. ¿Gradualismo y devaluación fiscal? Sí, moviendo el tipo de cambio comercial de modo significativo pero gradual -respecto a su valor de largo plazo- y apoyarse transitoriamente en la eliminación de retenciones y en el aumento de derechos de importación. ¿Tipos de cambio múltiples acaso? Sí, de hecho, eso es lo anterior, en la transición. ¿Precios cuidados y salarios pautados? Seguro que sí en la transición. ¿Liberación de precios y mayor apertura comercial? Seguro que sí en el mediano plazo. ¿Eliminación significativa de los subsidios? Sin duda. ¿Pero gradual y con mecanismos de atenuación de impacto? Así es, con elevación del mínimo no imponible para trabajadores formales y tarifa social con subsidios de suma fija basada en información de programas asistenciales y jubilatorios para trabajadores informales y jubilados.
Estas varias preguntas del millón, que fueron pensadas para el sector energético hace varios años (porque el atraso de tarifas vino mucho antes que el atraso cambiario), han llegado ahora a toda la economía. Es tiempo de que se empiecen a esbozar las respuestas y soluciones que, lejos de ser triviales, dependen además de la disponibilidad del financiamiento externo, lo que puede cambiar la secuencia y magnitud de los cambios requeridos. En cualquier caso, las respuestas deberían sonar mucho más flexibles
y adaptativas a los desafíos que se enfrentan que las posturas poco constructivas y el intercambio de chicanas con frases bombásticas y electora-listas que escuchamos estos días.
Economista


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