15 de diciembre 2010 - 00:00

La era Dilma: nada de lo conocido (ni tampoco lo contrario)

El viernes, en Foz de Iguazú no sólo se llevará a cabo la última cumbre presidencial del Mercosur del año, sino que será el último cónclave internacional en el que participará como presidente el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Tras 8 años en el poder, y con el 16% de «su tiempo presidencial» (470 días) dedicado a viajes al extranjero, Lula sin duda dejó una impronta en la política exterior brasileña con titulares polémicos como «no al NAFTA», «apoyo a Irán en su política nuclear», «tutela y asilo para Manuel Zelaya en Honduras» y, hace pocos días, punta de lanza en Sudamérica al «reconocer la independencia de Palestina en sus fronteras previas a 1967». La pregunta es si Dilma Rousseff, la presidenta electa que ayer cumplió 63 años, dará continuidad o no a ese legado internacional de Lula.

Dilma ya dio algunas señales de que con ella no viene «más de lo mismo». Aunque sí, parecido. En primer lugar, eligió a Antonio Patriota (54 años) como sucesor de Celso Amorim en Itamaraty. Patriota es un «técnico», de una generación posterior a su antecesor (por lo tanto, sin tanto bagaje de ideología), con buenos lazos con el Departamento de Estado (fue embajador en Washington antes de su actual cargo como «número dos» en la Cancillería) y con pleno conocimiento del engranaje diplomático. Al mismo tiempo (no sería correcto decir, por la importancia que tendrá su oficina, «en segundo lugar»), confirmó a Marco Aurélio Garcia como asesor internacional de la Presidencia. Es decir, Garcia continuará siendo el «canciller sherpa» para América Latina, tarea que ya venía desempeñando con Lula.

«Vamos a continuar con lo que Lula creó», le habría dicho Dilma a Garcia, por teléfono y a las apuradas, el 25 de noviembre. Garcia estaba en ese momento en Georgetown, Guyana, en la cumbre de Unasur, y esperaba el OK de la futura presidenta para reemplazar a Néstor Kirchner en la Secretaría General. Pero en esa conversación Dilma lo «bajó» de sus aspiraciones para Unasur y a la vez, le adelantó parte de la nueva estructura en política exterior: Garcia tendrá una Asesoría con el doble de staff, con presupuesto de ministerio y con atribuciones más delineadas y «oficializadas». «Asesoría turbinada» fueron las palabras de la presidenta electa.

Mercosur

De acuerdo con la visión de Dilma, en esa «turbinación», a Marco Aurélio le tocaría darles cuerpo y estructura a entidades como Unasur, los BRIC y el Mercosur. Según dejó trascender el mismo Garcia al semanario IstoÉ, el proyecto dilmista para Unasur sería el de constituirle una serie de secretarías especiales desde donde impulsar áreas de energía e infraestructura (el «leitmotiv» tradicional de Itamaraty para la región siempre fue el de «integración por medio de infraestructura»), además de los referidos al Consejo de Defensa Sudamericano y del Consejo para Combate para las Drogas. Con lo cual, a pesar de no ser el próximo secretario general de ese organismo, a Garcia de todos modos le tocarían (Dilma dixit) tareas de jefe de Unasur.

Respecto del Mercosur, Dilma también viene con proyectos en la manga. Preocupada por la falta de brújula que tiene el club que reúne a la Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, la brasileña tiene la idea de crear una Alta Autoridad para el Mercosur. «En la práctica, sería como un comité ejecutivo, con presidente, siguiendo el modelo de los europeos», consignó IstoÉ. A Garcia le tocaría, obvio, monitorearla.

¿Pueden chocar el diplomático Patriota y el práctico-sherpa Garcia? En Brasilia aseguran que ambos mantienen una relación bien aceitada y que se reconocen como «complementarios» para la política exterior de Brasil. Sin embargo, el tema Irán ya habría abierto una cuña dentro del equipo internacional de Dilma. De hecho, fue la misma Dilma la que buscó enmendarle la plana a su padrino Lula en lo que respecta a la política de acercamiento con ese país (en 2010, el actual mandatario recibió con honores de visita de Estado a Mahmud Ahmadineyad y fue con una nutrida comitiva a Teherán, además de avalar al Estado persa en su política nuclear). Y lo hizo nada menos que con una entrevista para The Washington Post, en la que calificó de «error de Itamaraty» la decisión de abstenerse en la votación de Naciones Unidas sobre la resolución que censuraba al régimen islamista por violación de derechos humanos.

Condena

Una semana antes, el saliente canciller Celso Amorim había defendido la abstención brasileña alegando que con eso no se votaba «ni para la prensa ni para las ONG», pero su reemplazante, Patriota, en línea con la futura presidenta Rousseff, inmediatamente condenó la política de derechos humanos de Irán. (En uno de los tantos WikiLeaks, Antonio Patriota habría dicho en 2009 que «nunca se sabe cuán sinceros son los iraníes»).

¿Más de lo mismo o un giro en la dirección de la política exterior de Brasil? Hasta ahora, sólo habría novedad en los derechos humanos circunscriptos al caso de la sentenciada a la lapidación Sakineh Ashtiani. Pero si bien Dilma y su equipo de comunicación se ocuparon de que el Departamento de Estado y la prensa mundial registrasen bien este paso respecto de Irán, la presidenta electa nada dijo sobre el tema nuclear. ¿Seguirá ella a Lula en la postura de que los países que cuentan con la bomba atómica no tienen la moral necesaria para impedir que los demás sigan el mismo camino?

Quizás la respuesta ya la dio Marco Aurélio Garcia. «Nuestra aproximación con Irán no es una alianza, pero sí una acción conjunta para obtener un acuerdo en el ámbito de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica), dijo este fin de semana a Veja. Para agregar que la relación con EE.UU. «no tiene que darse en detrimento de la política exterior brasileña como un todo». Lo que está claro es que Dilma, más racional y no tan intuitiva como Lula, no hará una diplomacia tan presidencialista (y tan viajada) como la de su predecesor. Más profesionalismo, menos protagonismo sería el «motto». O, en otras palabras, un camino parecido a un ritmo distinto. Lula, por su parte, ya se encargó de dejarle algunos mojones de último momento, como el reconocimiento a Palestina. Fue una jugada de política exterior de bajo costo, que sin duda tomó de sorpresa a Washington y que apunta a sumar apoyo de cara a una eventual incorporación al Consejo de Seguridad de la ONU. Éste, como tantos otros, es uno de los lineamientos de política exterior que Dilma hereda y que no piensa cambiar.

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