30 de junio 2014 - 00:00

La fuerza de los bonos domina la suerte de Wall St.

 Wall Street teje y desteje, aburrida como Penélope, pero lejos de cualquier odisea. Medio año está a punto de quedar atrás y el S&P 500 ha enhebrado ya 22 récords absolutos y un avance que supera el 6%. El Dow Jones Industrial, entre tanto, sólo trepa el 1,7%. El 2014 es selectivo en grado sumo y el desempeño puede ser muy bueno o mediocre, según los papeles específicos que se tenga en cartera. De los diez sectores que cubre el índice S&P el más dinámico, lejos, es el renglón maduro de las compañías de servicios públicos (utilities) que escaló más del 15%. Normalmente, el área más previsible y tediosa de todas. Pero la gran sorpresa del año es el comportamiento de las tasas de interés de largo plazo. Contra todo pronóstico, la tasa de diez años cierra el semestre en el 2,54%, medio punto por debajo de donde terminó 2013 (cuando el consenso esperaba lo opuesto). Y siendo así, las empresas que viven de generar una corriente estable de dividendos tuvieron el beneficio de un fortísimo espaldarazo.

La semana que pasó la Bolsa cambió figuritas intrascendentes -sin dejar de clavar nuevos máximos fugaces- y cerró con leve retroceso. Toda la acción relevante pasó por los bonos. Tres voces diferentes de la Fed -los presidentes distritales Charles Plosser, Jeff Lacker y James Bullard- sacudieron la modorra. De una forma u otra, alertaron sobre la posibilidad de que la suba de tasas cortas deba adelantarse. No importó. La tasa larga se hundió diez puntos base. Se habla mucho de inflación -en el tapete, otra vez- pero son palabras que, como perro que ladra, no muerden.

Impactó más la noticia de la caída del 2,9% del PBI en el primer trimestre. Se sabe que el retroceso fue el fruto de un capricho de la naturaleza -el vórtex polar ártico- y ya se corrigió con creces. Pero hay una espina: la debilidad del consumo que irrumpió entonces y que, con los datos de mayo en mano, conocidos el viernes, no se ha revertido. Y no es un problema de ingresos, sino de gasto. El consumo se desaceleró. Pasó de crecer al 2,6% anualizado en el cuarto trimestre de 2013 al 1% de enero a marzo, y en el semestre terminado en mayo se moderó al 0,6%. En el margen, abril y mayo, la renta de las familias se expandió al 3% anual. Aumenta el ahorro, se desinfla el consumo. Bueno para los bonos. Pero la menor pujanza no le quita el sueño a las acciones. El Dow Jones de Transportes -un indicador celoso de los vaivenes del ciclo- acusa un aumento del 10% en lo que va del año.

La economía tampoco asusta a los halcones dentro de la Fed. James Bullard, por caso, propugna anticipar el ajuste de la tasa de fed funds al primer trimestre de 2015 (es el segundo oficial más ansioso del banco central). Tomando en cuenta la reducción del desempleo, y que la inflación -que todavía es baja- se mueve en dirección a la meta del 2%, la Fed, en su opinión, está más cerca de alcanzar sus objetivos que lo que estuvo nunca en los últimos cinco años. Conste que, desde 1960 al presente, se mantuvo más alejada de sus blancos que ahora, las tres cuartas partes del tiempo. En las estimaciones de Bullard, la situación macro actual no es muy diferente de la que imperaba antes de la crisis. Pero, he aquí el punto, el tenor de la política monetaria se ubica a un océano de distancia del que regía en 2006/2007.

La retórica de los halcones ataca de nuevo. Se habla de suba de tasas cortas, y de que la inflación se despereza, mientras, a la par, las tasas largas bajan, indiferentes por completo. Y ello apuntala a la Bolsa. ¿Confianza en que Janet Yellen piensa distinto? En parte, sí. En parte, es la influencia de la tesis Bernanke/Dudley que relativiza la magnitud que tendrá el ajuste. El viernes el locuaz Mark Carney, quien conduce el Banco de Inglaterra, y quien ya advirtió allí que las tasas podrían moverse antes de lo planeado (aunque después se desdijo) aportó otra evidencia. "La nueva normalidad, apuntó, es diferente a la vieja normalidad. Es mucho más baja". Y si la tasa corta en Inglaterra promedia el 5% a lo largo de los 320 años de historia del banco central, Carney no cree que trepe más allá del 2,5% en un horizonte de predicción que culmina en 2017. ¿Lo puede asegurar? No, pero esa es la convicción que hoy explica el matrimonio bien avenido entre acciones y bonos, crecimiento dispar, resurrección de los precios, y lenta pero persistente reducción de los márgenes de holgura en el uso de los recursos.

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