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La inseguridad es un síntoma
Para el psicoanálisis, el síntoma embiste como retorno de lo reprimido con satisfacción pulsional y el padecimiento conlleva un beneficio secundario de la enfermedad, descubierto por Freud. En la inseguridad, el beneficio secundario está presente en las políticas y el gasto público, en los discursos efectistas, en el regodeo y la difusión de las noticias, en las promesas electorales, entre otros ámbitos.
En nuestro país, la inseguridad está relacionada de manera extrema con delitos contra la propiedad, en concreto, con el robo con armas. Pedro Palomar es un compañero de trabajo que toda su vida, durante 40 años, tuvo como única actividad el robo. Su primer trabajo lícito fue y es el que desempeña hace cuatro años, cuando salió por última vez de la cárcel. Pedro hoy, a los sesenta años, tiene una familia constituida, un trabajo estable, a meses de recibirse de bachiller, planes y proyectos. El vértigo de las noticias irrumpe de tal manera que «los delincuentes» parecieran haber surgido por generación espontánea. No hay tiempo, no tienen pasado, mujeres, familia, hijos. Nada de eso interesa a la opinión pública, mucho menos su futuro y su rehabilitación.
El trabajo y el rol del defensor demanda una posición subjetiva que, entiendo, se sostiene sobre la base de tres conceptos: que administramos dolor porque todo delito es un hecho trágico, que la mayoría de los jóvenes que cometen delitos no son una categoría diferente y, por último, que todo el sistema judicial tiene sentido si logramos rescatar a uno.
Conocí a Pedro por una causa de portación de arma. Estaba detenido en la cárcel de Olmos. En su declaración le pidió disculpas al fiscal porque no recordaba el hecho. Luego me contó que estaba cansado, que había hallado refugio en la literatura y había escrito tres novelas, dos de ellas destruidas. Combinamos que reconociera el hecho; le aumentaría un tiempo su condena, pero sería trasladado a otra cárcel donde podría tener una computadora para escribir.
Pero la causa fue prescripta de oficio por la jueza en razón del tiempo transcurrido. Fui a verlo a Olmos, a comunicarle la paradojal noticia: seguiría detenido por su causa en provincia. Con mi secretario salimos de la cárcel con el ánimo devastado. Para este tipo nosotros fuimos el último eslabón, no tiene a nadie, no le queda nada que esperar, comenté. A la semana siguiente volvimos a visitarlo. Lo seguimos viendo hasta que salió en libertad y lo ayudamos a publicar la historia de su vida, un gran libro llamado «Mi vida como ladrón». Allí Pedro cuenta que llegó a Buenos Aires a los siete años de la mano de su madre debido a una gran inundación que hubo en el Chaco; que en la estación de Retiro, descalzo y sin hablar español -sólo hablaba guaraní- se pierde, se tira a las vías del subte, ve una luz y corre hacia ella. Sale en la estación de Plaza San Martín y así se convierte en uno de los primeros chicos de la calle de la Ciudad.
En la clínica no resulta fácil explicar cuáles son los motivos por los que una persona tiene una estructura psicótica. El francés Jacques Lacan decía que se necesitan tres generaciones para llegar a un psicótico. Aún en el análisis retrospectivo, una vez descubierta una psicosis, los datos objetivos de la historia familiar son insuficientes como determinantes del cuadro. La pregunta de qué necesitamos para generar un psicótico no tiene respuesta empírica.
Podríamos pensar, entonces, qué necesitamos para generar un ladrón. Por qué en una familia en idénticas condiciones sociales un hijo es policía y el otro ladrón.
La idea de este reportaje con Pedro surgió luego de escuchar la Canción de Cuna de Vicentico, donde un padre ladrón le canta a su hijo y le dice que no sabe si está bien o está mal, pero robar es lo único que sabe hacer.
Pedro, ¿realmente es así? ¿puede el ladrón no saber si está bien o está mal lo que hace?
Lo que yo he visto durante años es que en ciertos sectores de la sociedad se han manejado mal los valores morales y materiales de los jóvenes líderes en estado de exclusión. Para los jóvenes fuera del sistema, casi siempre lo que está mal, está bien; y lo que está bien, no existe. La información no llega. Casi siempre el error está en la familia, en los padres, o en su ausencia.
Cuando usted dice fuera del sistema, ¿se refiere a falta de oportunidades?
No. A algo mucho más profundo, mucho más arraigado, a un sistema de valores no sé si invertidos, pero sí alterados. Yo le diría que en esas condiciones esos jóvenes, así tuviesen una oportunidad frente a sus narices no podrían verla. Yo pertenezco a otra época, de roles bien definidos: el ladrón era ladrón. Estábamos convencidos de que robar estaba bien. Es difícil de entender para quien no lo ha vivido, pero no se puede vivir creyendo que la actividad a la que uno se dedica está mal. He visto padres sufrir al ver crecer a sus hijos del otro lado de las rejas y, aun así, no podían comprender qué les pasaba.
¿Usted piensa que todo chico que empuña un arma es un ladrón y que el hambre puede ser un motivo que lo lleve a esa conducta?
No, decir que el hambre sea el motor de que un chico salga a la calle con un arma, en la realidad de hoy es de una profunda ignorancia. Nosotros robábamos paquetes de galletitas. Ahora cualquiera accede a un paquete de galletitas.
Pedro, ¿qué hizo posible su cambio de posición subjetiva, que le permitió vivir esta otra realidad? Y agregaría, si su experiencia puede ser transmitida en este sentido.
«Doctor, cuando usted me conoció, yo estaba cansado, no le veía mucho sentido a continuar la vida. Cuando miro para atrás, sin poder precisarlo en un hecho concreto, lamento que haya pasado tanto tiempo hasta haber aprovechado la oportunidad de cambiar».
Apenas fui testigo de la posibilidad de un cambio de posición subjetiva que le permitió a una persona colocarse en otro lugar y en un nuevo modo de vida. Si queremos trabajar en modificar la realidad, habrá que anticiparse. No hay otra alternativa.
(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.


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