29 de mayo 2012 - 00:00

La ley de gravedad el psicoanálisis

«Sólo tiene una voz, y anda con cuatro pies por la mañana, dos al mediodía y tres por la noche; cuantos menos pies tiene, más veloz corre». Éste fue el acertijo que la diosa Hera impuso como castigo a los habitantes de Tebas por un crimen cometido. Le ordenó a la Esfinge que se apostara en el camino obligado a la ciudad. Los viajeros eran acechados e impelidos a resolver el acertijo; al no hacerlo, la Esfinge los devoraba. Por mucho tiempo, nadie se atrevía a pasar por allí, hasta que un forastero, Edipo, pudo resolverlo: el hombre, dijo, porque tiene una voz para hablar y cuando es pequeño anda en cuatro patas, camina en dos piernas como adulto y usa bastón, como tercer pie, cuando es anciano.

Según el relato de Sófocles, del 430 a.C., el acierto de Edipo provocó el suicidio de la Esfinge y Edipo fue elegido rey de Tebas. Su posterior tragedia fue tomada por Sigmund Freud para dar forma al complejo de Edipo, ordenador de los vínculos filiales en la cultura a partir de la prohibición del incesto, tomada por los estructuralistas como ley de leyes que hizo posible la cultura, al decir de Levi Strauss.

Es notable como toda la historia del hombre se puede reducir al acertijo. Nada de lo humano queda por fuera de él. La voz, que representa la palabra, la cultura, la gran diferencia con el resto de los animales, desde «El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» hasta el sujeto barrado de Jacques Lacan, sujeto atravesado por la palabra, por la cultura, que lo divide y distingue. Además, el acertijo nos plantea la relación del hombre con la ley de gravedad, y sobre el punto quiero poner el acento en este artículo.

Se trata de una combinación entre la ley de gravedad y el tiempo. El acertijo es inexorable, nadie escapa a esa relación. La historia del hombre es la historia de su tiempo en cuanto a cómo resolvió cada cultura su relación con la ley de gravedad. A mi criterio, por obviedad, por su relación física de atracción entre dos cuerpos, no ha sido tomada en cuenta en su cabal dimensión y reemplazada, sobre todo en filosofía, por el concepto de espacio. No digo que sea injusto, porque sería como hacer filosofía del oxígeno.

Pero la relación entre el tiempo y la gravedad, como lo plantea el acertijo, es tan compleja como la historia del hombre. Planteo que la cultura del hombre tiene una relación directa en función a cómo ha sido el tratamiento que le ha dado a la combinación de ambas leyes.

Para decirlo de manera gráfica, nuestra existencia ocurre dentro de un eje cartesiano, donde si la «x» es el tiempo, la «y» es la gravedad. Nadie escapa. Y lo curioso es la relación emocional que se mantiene a través de los siglos en cada etapa de la vida con la ley de gravedad.

Los adolescentes, por ejemplo, viven su crisis existencial y su paso a la madurez con una especie de desinterés hacia el valor del tiempo, que se corresponde con un desparpajo hacia la gravedad, en sus cuerpos que sienten casi inmortales. La preocupación en la modernidad de evitar accidentes de tránsito por jóvenes al volante era en la Roma imperial provocada por los jóvenes que atravesaban el centro de la ciudad en briosos caballos.

No cabe duda de que el siglo XX fue el momento de la historia de Occidente en que el hombre se abocó a metas superadoras en cuanto a la ley de gravedad, en la ilusión de creer que de ese modo obtendría más tiempo. Sin embargo, resulta paradójico, porque justamente el reclamo del mundo moderno es la falta de tiempo. Es que el vínculo cartesiano entre la gravedad y el tiempo provoca una inevitable modificación de este último, al alterarse de manera brutal la vida cotidiana del hombre moderno en relación con la gravedad. En el mundo occidental del último siglo, el embate sobre la gravedad ha sido no sólo sobre los traslados, aviones, barcos, trenes, autos, etc., que son muestra elocuente de tal pretensión, de cómo burlar la gravedad y ganar tiempo, sino también en la búsqueda de altura, donde las casas fueron reemplazadas por torres, como símbolo de potencia y dinámica moderna.

Propongo como contrapunto a los deportes, por un lado, como actividad individual o colectiva con pautas y reglas al servicio de vencer la gravedad con cierta destreza en lo inmediato, y a la escritura, en todas sus formas, ensayos, cuentos, novelas, etc. como una actividad vinculada al tiempo donde la producción conlleva meses, años, para luego ser apropiada por los lectores en un breve lapso, según su entusiasmo.

En un reportaje le preguntaron al escritor alemán Herman Hesse el porqué de la fascinación occidental por los relatos árabes. Porque dominan el tiempo, respondió. Decía Hesse que para entenderlos había que hacer el siguiente ejercicio: fuera de la ciudad, en el campo, en una noche estrellada, acostarse sobre el pasto a observar el cielo. Esa es la emoción del mundo árabe, el permanente contacto con la Tierra que les permite tener otra dimensión del tiempo.

De todos los deportes, el que tiene la relación más simple con la gravedad es el levantador de pesas. En un club de Buenos Aires todavía recuerdan, de manera burlona, al atleta que perdió solo una final en los juegos olímpicos. Su rival fue descalificado, él ya había ganado, pero eligió hacer la prueba y ganarle a la gravedad; no pudo. Lo que introdujo con su acto fue la dimensión ética. Del mismo modo, Jorge Luis Borges, que como escritor realizó su obra en relación con el tiempo, desinteresado por la gravedad, introducía la ética en el rigor de la palabra y en el interés de que, en esa burla al tiempo, fuesen sus lectores quienes se apropiasen de sus textos.

En lo que hace a la seducción y atracción entre los sexos, en relación con la gravedad, la cosa es un tanto despareja. El varón necesita, en el mercado fálico, de autos deportivos, motos veloces, etc. La mujer lo resuelve de una manera mucho más sencilla: un buen par de tacos.

(*) Abogado, psicólogo social (Escuela Pichón Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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