“La novela viene del teatro; mucho del Quijote es teatral”

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«Después de 15 libros, me doy cuenta de que lo que siempre me interesó es la soledad y la dificultad de comunicarse», explica Federico Jeanmaire que viene conquistando premios con todas sus últimas novelas. Dialogamos con él sobre la posibilidad de que la más reciente, «Más liviano que el aire», se convierta en obra teatral, sobre el conjunto de su obra y la situación actual de nuestra literatura.

Periodista: ¿Partió del tema de la inseguridad para escribir «Más liviano que el aire»?

Federico Jeanmaire: Surgió de una suma de elementos. De mi vieja, que vive sola, en mi pueblo, Baradero, y cuando la voy a visitar puso una reja nueva, otra llave, encontró un nuevo modo de defenderse. Y cuando uno va no para de hablar, que es otro elemento de mi relato. Después, hace unos tres años, hubo un hecho que salió en todos los medios. A una señora de unos 80 años, en La Paternal, le entró en su casa un chico y ella lo sacó a escobazos, lo persiguió media cuadra. También me impresionan las amigas de mi vieja de noventa y pico que están bárbaras, salen, charlan, están lúcidas. Todo eso tiene que ver.

P.: Su novela es muy teatral, ¿no pensó en ponerla en escena?

F.J.: La imagen de una señora de 93 años que está en la puerta de un edificio y un chico le pone un cuchillo en la espalda, y le dice que le dé todo el dinero que tiene en su casa. Suben y la señora se las ingenia para encerrar al chico en un bañito que tiene al lado de la cocina. Ahí comienza mi novela, con el chico encerrado y todo lo que le dice la mujer, que es la única voz que se escucha. Por momentos quiere educarlo, por momentos habla de ella y de su historia. En un momento le cuenta la historia de su madre. Esa era el comienzo de una novela que había empezado en el 93 y nunca pasé de las treinta páginas. Cada vez que no tenía novela para escribir, usaba ese texto para seguir escribiendo. Después aparecía la idea de la novela que seguía y la dejaba. Cuando escribía lo que la mujer le decía al chico encerrado, sentí que ése era el lugar para que contara de su madre. Cosas así le dan a la obra esa teatralidad que a veces tiene lo real. Se vuelve teatro. Y, en ese sentido, hay en danza una propuesta que me atrae.

P.: Cuéntenos.

F.J.: Hilda Bernard, que tiene 89 años, leyó la novela y la llamó de inmediato a Gabriela Izcovich, que la dirige en «El último encuentro» de Marai, y le dijo: «tenés que leerla porque la quiero hacer». Los padres de Gabriela son dueños de librerías y muy lectores, y le dejaron mensajes de que no dejara de leer «Más liviano que el aire», porque de ahí sale una obra de teatro. Y ahí Gabriela la leyó y me llamó, y la intención es arreglarlo con «Clarín», que tiene los derechos por el Premio de Novela 2009. Espero que todo salga bien, porque Hilda es el personaje.

P.: ¿Se parece a la imagen que tuvo de su protagonista?

F.J.: Cuando se escribe una novela se termina conviviendo con los personajes, sabiendo cómo son. No pensé en Hilda Bernard cuando escribía, pero es muy parecida, su cara se corresponde perfectamente. Soy cervantista a muerte, y para mí la novela viene del teatro, mucho del Quijote es teatro, en los diálogos hay más reflexión de lo que se hace que lo que se hace.

P.: Ya Esquilo contaba la tragedia de Prometeo en un monólogo.

F.J.: El recurso de alguien que escucha lo que se dice vuelven ciertas las palabras, permite pensar en voz alta, y decir cosas que de otro modo no se podrían decir. Ese origen de la novela está en «Más liviano que el aire», y la hace totalmente teatral.

P.: Ese criterio está en muchas de sus novelas: situaciones concentradas, unidad de tiempo, desarrollo por escenas.

F.J.: Así veo la novela, así vengo trabajando en situaciones reducidas. «Vida interior», mi novela anterior, se centra en un cuarto de hotel en Oaxaca. Ahí, como todo es introspección del personaje, resulta imposible llevarla al teatro.

P.: ¿Cuántas obras lleva escritas?

F.J.: Tengo trece novelas, el ensayo «Una lectura del Quijote» y una adaptación del Quijote, que se usa en colegios. Barcia dice que es la mejor adaptación que se ha hecho de la historia del Quijote, porque están absolutamente todos los capítulos. Lo que hice fue reducir, modernizar el lenguaje, y mantener toda la cosa lúdica. Mientras las adaptaciones románticas se basan en un Quijote que inventaron, yo respeté eso que tiene de una historia del Gordo y el Flaco, y es lo que hace que los chicos se encuentren con un libro divertido, y digan: ¿esto era el Quijote? Ojalá cuando grandes vayan al Quijote verdadero.

P.:¿Que cree que une el conjunto de su narrativa?

F.J.: Uno va sabiendo que escribe con el tiempo. En mi segunda novela «Desatando casi los nudos», un absurdo viaje en bote que hacen seis personas en busca de la cola de una ballena, ya estaba mucho de lo que iba a hacer después. En «Montevideo», que es la quinta, esa búsqueda está bastante construida, y con «Papá» me di cuenta de que todo lo que había escrito, por más que intentara ser muy distinto, era acerca de la dificultad de comunicarse y de la soledad. Hoy siento que busco ese aspecto más metafísico: ver la dificultad que se tiene como ser humano para conocer al otro y que el otro me conozca de verdad. Aun en las relaciones más intensas es tremendamente difícil descorrer los velos de alguien. Es diría que imposible, y eso nos cuesta. Necesitamos de los otros y no estamos preparados para convivir con los otros. Nos juntamos por lo débiles que somos, suena medio nietszcheano pero es un poco así. Uno hace esfuerzos cuando los sentimientos se juegan. Pero es imposible ir donde uno pretendería llegar porque el otro siempre es otro. Y nos cuesta entender que el otro es siempre otro.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

F.J.: Estaba con una novela sobre una pareja mayor en un espacio reducido, pero cuando gané el premio con «Más liviano.» me cambió todo y ya llevo 3 meses sin escribir. Las cosas que tengo que hacer en forma pública me consumen mucha energía, me lleva tiempo pensar las cosas de las que voy a hablar, lo que voy a decir. Ya no sé si esa novela, que me apasionaba en ese momento, es lo que quiero hacer ahora. Me pongo a releerla y no me dice nada, tal vez vuelva a sentirla dentro de un tiempo.

P.: ¿Cómo ve la situación actual de la literatura argentina?

F.J.: Es muy buen momento. Hay muchísimos más escritores, algo que sucede en todo el mundo. Lo interesante entre nosotros es que es el primer momento en la historia de nuestra literatura en el cual hay un cuerpo de literatura anterior suficientemente grande para que yo haga mi biblioteca personal, mi tradición, busque mi camino, el que voy a intentar continuar.

P.: ¿Quiénes están en el camino que usted eligió?

F.J.: Sarmiento, Mansilla, Borges, Marechal, Cortázar, Di Benedetto, Puig, todo los que trabajaron lo coloquial, y que me permiten a mí hacer lo que hago ahora. Lo interesante de este momento es que hay muchos caminos para seguir. Si pensamos en la década del 20, donde se juntaron escritores grandísimos que no tenían de dónde agarrarse. Se podían pelear con Lugones o quererlo, pero no había más. En los 60 se podía estar con Borges o Arlt. Hoy hay muchísimos caminos para tomar y eso me gusta. Lo que no entiendo es que hoy al escritor argentino no le guste hablar de escritores argentinos, le parece que es mejor relacionarse con los de otros lados. A un escritor hoy se le pregunta cuáles son sus escritores de referencia y no nombran un argentino ni por casualidad, menciona ingleses y norteamericanos. Les cuesta hacer público lo que interiormente seguro que saben. Se ha ignorado a Cortázar y eso es increíble, casi todos los que escribimos podemos hacer lo que hacemos gracias a lo que él hizo con la lengua. Pareciera que es pecado mencionar a ciertos grandes antecedentes nuestros. En «Más liviano que el aire» todo es una voz. Rosa Montero me preguntó cómo se me ocurrió que no se escuchara al otro y se supiera lo que dice. Y le dije: en «Buenos Aires affaire», Puig utiliza el recurso de una persona que habla por teléfono y uno imagina lo que el otro dice. Son tres páginas que ofrecen herramientas al narrador. Hoy tenemos de dónde sacar cosas aparentemente nuevas y que realmente no lo son, transformar cosas que estaban como datos. En mi novela, ese recurso me permitió decir lo que se dice y el discurso que falta es extraordinariamente literario, y más interesante para el lector.

Entrevista de Máximo Soto

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