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La tregua en el Colón
Sergio Renán, fallecido a los 82 años, conoció el éxito en casi todas las disciplinas artísticas por las que transitó en su vida, además de haber sido un excelente gestor cultural.
El azar y las circunstancias, desde luego, también jugaron a favor, no sólo porque la convertibilidad permitía algunos lujos impensables en otro momento, y porque fueron años en que las grandes voces, esas que no siempre encuentran hoy sus reemplazos, seguían vigentes en el mundo. Pero sin inteligencia, sensibilidad y decisión, como las suyas, no hay azar ni circunstancias que obren milagros (los ejemplos, en esa misma época, sobran). Desde lo grande hasta lo accesorio, pero fundamental, estuvo Renán en el Colón. Hasta en la adopción de subtitulados y la edición de sus espectáculos en videos coleccionables, que por entonces eran VHS (emprendimiento que no pudo sostener por choques de intereses mezquinos, ajenos a su voluntad).
El repaso de los títulos y elencos de sus años hoy cortan el aliento: en 1991, tan sólo, Leona Mitchell cantaba un "Trovatore" en julio, Renée Fleming unas "Bodas de Figaro" al mes siguiente, y 30 días después venía Alfredo Kraus a hacer "Werther".
Una espectacular versión enteramente negra de "Porgy and Bess" de Gershwin abría la temporada al año siguiente, el mismo que el enorme Sherrill Milnes se despedía del Colón con un Scarpia en "Tosca", y daba dos master classes multitudinarias. Al año siguiente se vio la inolvidable "Lulú dirigida por Stefan Lano, el mismo año en que Roberto Oswald, otro grande que trabajó a su lado permanentemente, presentaba su monumental régie de "Turandot", la misma que al año siguiente cantaría Eva Marton, y que luego se vería, de manera esplendorosa, en el Luna Park. En 1995 cumplió el sueño del melómano: José van Dam, Karita Mattila y Ferruccio Furlanetto, juntos, en el "Simón Boccanegra", el mismo año de "El castillo de Barba Azul" de Bártok, otra vez con Lano, y otro trío irrepetible para la "Elektra" de Strauss: Hildegard Behrens, Deborah Voigt y Leonie Rysanek, nuevamente con una audaz puesta de Oswald ambientada en un asilo psiquiátrico. "L'incoronazione de Poppea" de Monteverdi, con el Ensamble de René Jacobs, fue otro de sus grandes regalos a un público desacostumbrado a ver ópera barroca representada con esa calidad.
Los años Renán en el Colón también fueron los de la consagración de voces locales, y muchas de las notables carreras de hoy, tanto en nuestros escenarios como en el exterior, se iniciaron entonces. Paradójicamente, uno de los brillantes artistas argentinos que se afianzó en esta época, Marcelo Lombardero, también tuvo que enfrentar, aunque en otras circunstancias y por distintas razones, el corte de otra fecunda gestión como la que llevaba adelante en el Argentino de La Plata. Porque nunca se entenderá el enroque dispuesto por el gobierno radical en 1996 para desplazar a Renán, y no porque los nombres convocados no fueran valiosos (todo lo contrario), sino porque se los destinó á los sitios equivocados: Kive Staiff, otro gran gestor, abandonó el Teatro San Martín para ir al Colón, donde jamás se sintió cómodo (de hecho, no tardó mucho en pedir el regreso a su templo teatral). Y Ernesto Schóó, un periodista impar, fue designado en el San Martín, puesto que lo hizo desdichado porque no era lo suyo, y terminó renunciando.
Aquella movida, además de la escasa repercusión en el cine de "El sueño de los héroes" (la película sobre Bioy Casares en la que había puesto lo que le quedaba de energías) repercutió tanto en la salud de Renán, al punto de que él le atribuyó la pancreatitis que lo puso al borde de la muerte en 1997, y de la que nunca salió recuperado del todo (su reaparición había sido con "Ha llegado un inspector" de Priestley en el Ateneo).
De todas formas, el Colón siguió gozando esporádicamente de su arte, en especial a principios de 2001, cuando montó junto Mstislav Rostropovich una versión de "Lady Macbeth de Mtsensk" de Shostakovich, hoy histórica. Mucho más reciente es su último regreso, primero con una "Flauta mágica" y, hace apenas unas semanas, con un "L'elisir d'amore" que ni siquiera llegó a ver porque ya había sido internado.
Las estéticas audaces, la incorporación de repertorios argentinos clásicos y modernos, el espacio de experimentación contemporánea parecen hoy algo inherente al Colón, todos logros que nacieron en sus años. En 2000, después de que el Colón hubiera regresado a sus habituales desajustes y caminos erráticos, se lo volvió a convocar, pero ya no era lo mismo. Estuvo muy poco tiempo, y se fue cansado. Hay gestiones, como diría García Márquez, que no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.


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