El director de cámaras escocés seguramente sabrámucho de transmisiones internacionales pero poco de lo que significaba Diego Maradona en el marco del partido. El hombre que elegía con sus dedos lo que se veía a lo largo y a lo ancho de todo el mundo no se percató que el verdadero protagonista del evento estaba sentado en uno de los bancos de suplentes. Una de las pocas veces que se lo vio al flamante seleccionador fue cuando Alejandro Mancuso lo sacudió en el festejo del gol de «Maxi»
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Rodríguez, que ni siquiera ahí, en el medio de la euforia, Diego perdió la calma. Tranquilo, pero con mucha intensidad, así lo vivió Diego y lo mantuvo a lo largo de los noventa minutos, ni más ni menos que su primer compromiso al frente del plantel.
La noticia del susto de Giannina en Madrid, que provocó el viaje relámpago de Sergio Agüero, no pareció en el semblante atentar contra el ánimo del Diez, pero claro, su procesión iba por dentro. «Con lo de Giannina tengo una pelota en el corazón», en la mañana previa al partido se hizo tiempo para hacer una declaración tan gráfica como contundente, por eso inmediatamente terminado el encuentro y la atención a la prensa en el Hampden Park, voló en un avión privado hacia España.
Terminó el partido, con triunfo, con un balance escaso en severidad pero con mucho de optimismo, el equipo mostró actitud mejorada y festejó superar a un rival después de mucho tiempo. « Hicieron un click. Logré lo que estaba buscando. Quería que superáramos el miedo a perder, que es el que traés cuando venís en una racha negativa». Las palabras de Diego sonaron sinceras pero con un tono de agradecimiento para con los jugadores.
Primera coincidencia entre la prensa y el entrenador en la Era Maradona, quizá con algo de exageración de su parte: «Argentina tuvo veintisiete minutos brillantes, en los que pudimos definir el partido. Después se nos complicó un poco». A su análisis personal le agregó algo táctico, «les pedí que tocaran la pelota, era la mejor forma que teníamos para contrarrestar la presión de Escocia». Hubo un pitazo final, que no fue pedido pero sí moderadamente festejado al cual Diego lo acompañó con un puño cerrado en señal de festejo y después una imagen que podría llegar a emocionar a extraños y ni hablar de los protagonistas, Maradona, el seleccionador, esperó al costado del campo de juego a cada uno de sus jugadores, incluidos los suplentes, y se confundió en un abrazo con más de uno de ellos, en clara señal de agradecimiento, consciente que lo que ellos habían brindado durante el partido era harina para su propio costal, pero no por egoísmo (palabra que no entra en el diccionario maradoniano a la hora de hablar de fútbol) sino porque sabía que de los jugadores dependía aprobar o no el examen.
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