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La Vuelta de Obligado: entre fábula e historia
«Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia», se quejaba Alberdi hace casi 150 años. Es muy triste, pero esto sigue siendo cierto hoy, en parte gracias al ahínco y a la dedicación de los fabulistas, que no dejan pasar ocasión para insistir con su versión simplista y maniquea de la historia, una fábula donde se enfrentan héroes y villanos. El problema es que no entender la historia tiene consecuencias serias para cualquier sociedad, porque como bien decía Alberdi, «donde no hay historia veraz no puede haber política veraz. Equivocar los hechos de lo pasado es equivocar los puntos de dirección. No se sabe a dónde se va cuando no se sabe de dónde se viene».
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Hay otros problemas con el artículo de ODonnell. Su título rimbombante y sugerente de una conspiración, «Una epopeya largamente ocultada», los prenuncia. Como bien señala Luis Alberto Romero, este episodio de nuestra historia jamás fue ocultado. Hay mucho que criticarle a la historiografía oficial, pero hay que hacerlo con seriedad y fundamento. Además, sostener que el combate de la Vuelta de Obligado «es, junto con el cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria» es desconocer nuestra historia militar. Por otra parte, aunque Romero tiene razón cuando dice que la Vuelta de Obligado fue una derrota para las armas argentinas, creo que es un episodio que merece ser más conocido por los argentinos. No sólo por la valentía y el patriotismo de quienes defendieron la soberanía nacional sino también porque fue un hito en el largo conflicto que mantuvo la Confederación Argentina con las dos potencias marítimas más importantes de la época.
Pero recordar a los argentinos un episodio de su historia del cual se pueden sentir orgullosos no requiere enlodar el nombre de próceres que por sus servicios y patriotismo también se han hecho acreedores de su gratitud. Eso es justamente lo que hace ODonnell cuando menciona el proyecto unitario de crear el Gran Uruguay incorporando las provincias de la Mesopotamia argentina. Como al pasar, menciona que «nuestro país ya había sufrido el desgarro de la Banda Oriental, con la insólita anuencia de Rivadavia, y del Alto Perú (Bolivia) ante la indiferencia de Alvear». Esta frase, además de ser innecesaria, es incorrecta. Lo que sucede es que tanto Rivadavia como Alvear cumplen el papel de caricaturescos villanos en la fábula simplista y maniquea que pretende pasar por nuestra historia. Cualquier oportunidad es buena para denostarlos. En primer lugar, las negociaciones con Brasil que culminaron en la independencia de la Banda Oriental se hicieron bajo el Gobierno de Manuel Dorrego, paladín del federalismo. De hecho, la gestión previa de Manuel José García que contemplaba ese mismo resultado le costó a Rivadavia la presidencia. En cuanto a Alvear, fue enviado a fines de 1825 a reclamar ante Bolívar la devolución de las provincias del Alto Perú. Lejos de ser indiferente, cumplió su misión con éxito, ya que logró convencer al venezolano en contra de la opinión de influyentes miembros de su entorno. Más que desmembrar nuestro territorio, el plan de Alvear era crear una gran república sudamericana que incluyera a la Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay y Paraguay.
Las razones detrás de la pérdida de las provincias del Alto Perú son bastante más complejas de lo que sugiere ODonnell. Alberdi las explica claramente en «Grandes y pequeños hombres del Plata». Por más que lastime nuestra vanidad, y ese mito tan arraigado entre los argentinos de que fuimos los «libertadores de América», la realidad es, y nuevamente cito a Alberdi, que «el suelo argentino fue el último que ocuparon los españoles y su libertad se completó por Bolívar.»
Y si se quiere vincular a Alvear con los históricos eventos del 20 de noviembre de 1845, habría que mencionar que en ese entonces, como embajador argentino ante los Estados Unidos, defendió denodadamente la posición argentina frente a las pretensiones de Francia e Inglaterra (además de defender nuestros derechos sobre las Malvinas). Bien orgulloso debió sentirse Alvear, ya que Mansilla no sólo era un amigo dilecto sino también un ex camarada de armas que lo había acompañado como jefe de estado mayor en la campaña contra el imperio de Brasil, que sí puede considerarse una de las mayores epopeyas militares de nuestro país.
Sacar lecciones del pasado es muchas veces un ejercicio útil. Distorsionar la historia para avanzar una agenda política del presente no es más que propaganda. «Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado» era el eslogan del Ministerio de la Verdad, pilar del régimen autoritario del Gran Hermano en la novela «1984» de George Orwell. Como si fueran diligentes funcionarios de ese ministerio, algunos escritores reinterpretan el pasado de acuerdo con su particular visión de la sociedad argentina con la esperanza de cambiar su futuro. Quizás al igual que Winston Smith, el héroe de la novela de Orwell, alguna vez desarrollen cierta curiosidad por la verdadera historia. Se llevarían algunas sorpresas.
En cuanto a la decisión de rememorar el combate de la Vuelta de Obligado con otro feriado nacional (son diecisiete en 2011, si no me equivoco, versus diez en EE.UU., por ejemplo), probablemente no es algo que ni Mansilla, ni Rosas ni ningún otro de nuestros próceres hubiera aprobado. En el mundo global y competitivo en que vivimos la soberanía nacional se defiende trabajando todos los días y no escapando a Mar del Plata un fin de semana largo. Ya tenemos cuatro feriados nacionales que conmemoran hechos o personajes de la epopeya de la independencia. Otro feriado, el 2 de abril, conmemora la gesta de las Malvinas. Un acto público con la presencia del presidente de la Nación sería más que suficiente para conmemorar estos episodios de nuestra historia.
En Occidente generalmente creemos que nos honra la actuación destacada de nuestros antepasados. Los chinos tienen una filosofía opuesta y a mi juicio mucho más sana: la de honrar a través de su conducta y sus logros la memoria de sus antepasados. Como sociedad, los argentinos quizá debiéramos adoptar esta filosofía. En vez de tantos feriados para conmemorar nuestro pasado deberíamos trabajar para construir una sociedad democrática, equitativa y pluralista de la que nuestros próceres se sentirían orgullosos.
(*) El autor es economista, historiador, profesor de la UCEMA y Fellow de la International Napoleonic Society.


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