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Las voces menos indicadas
Adriana Kucerova e Iván Magri, protagonistas de la nueva versión de “L’elisir d’amore” en el Teatro Colón
La fama del aria "Una furtiva lagrima" suele eclipsar los enormes méritos de la ópera a la que pertenece. "L'elisir d'amore" es una maquinaria perfecta ideada por artistas extraordinarios: sobre la comedia de Eugène Scribe, Felice Romani forjó un libreto que combina la inteligencia y el humor con pinceladas de introspección y melancolía que fueron la base perfecta para la partitura de Gaetano Donizetti.
Una sucesión de arias, dúos, coros y escenas de conjunto, de una riqueza musical e interés que no decaen en ningún momento, mantiene la atención del espectador y da grandes oportunidades de lucimiento a los cantantes. Lamentablemente, el elenco reunido por el Colón para esta producción dejó pasar (casi sin excepción) una tras otra estas oportunidades, y la primera y genuina ovación de la noche llegó precisamente con la romanza que el atribulado Nemorino entona en el segundo acto, al saberse poseedor del amor de Adina.
Del desempeño de los cuatro cantantes invitados (todos ellos debutantes en el Colón) poco hay para rescatar. Adriana Kucerova es joven y bella, posee agilidad y un timbre agradable, pero su canto carece de la línea y la presencia vocal necesarias para dar vida a Adina en una sala de las dimensiones de la del Colón, y su desenvoltura escénica aporta más distracción que otra cosa. Ivan Magri comenzó vacilante en "Quanto è bella, quanto è cara" y, al igual que su personaje, fue ganando en seguridad con el transcurso de la obra para llegar al climax mencionado, aunque en lo teatral su Nemorino fue chato y sin los matices que la parte le permite.
Las deficiencias de afinación y el vibrato pronunciado de Giorgio Caoduro (Belcore) conspiraron contra su performance que tampoco fue solvente en lo escénico; por el contrario, el barítono español Simón Orfila (Dulcamara) mostró seguridad musical y aplomo en las tablas, pero su timbre claro y su voz sin graves sonoros no brindaron el peso necesario. Cabe sí destacar la impecable Giannetta de Jaquelina Livieri, nuevamente estupenda y con recursos vocales de sobra. La batuta del italiano Francesco Ivan Ciampa aportó frescura, ligereza y matices, siguió atenta el desempeño de los cantantes y obtuvo muy buenos resultados de la Orquesta Estable. El Coro preparado por Miguel Martínez fue certero y preciso (más allá de algún desfase momentáneo) en todas sus intervenciones.
Sustentada en una magistral escenografía de Emilio Basaldúa, que aprovecha el disco giratorio, y la iluminación adecuada de Sebastián Marrero (a los que se suma un vestuario acertado de Gino Bogani), la puesta de Sergio Renán lleva la acción a la Italia de la posguerra: Adina es aquí la propietaria de una planta procesadora de naranjas que lleva su nombre. Más allá de esta modificación temporal no hay nada novedoso ni sorprendente en su propuesta, una vez más complementada con proyecciones que brindan apenas un par de guiños levemente interesantes.


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