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Lo nuevo y lo viejo, según el paradigma K
Cristina de Kirchner en el recinto tomó el bastón de mando en el momento en que también terminaba la vida política de Julio Cobos en ese recinto.
Era julio de 2010 y Néstor Kirchner encaraba, en persona, la recaptura de peronistas críticos. Ese plan lo llevó hasta Tigre a compartir un almuerzo con un puñado de dirigentes del PJ bonaerense, autoproclamados díscolos, que ensayaban posturas autónomas.
Kirchner advertía, sondeos en la mano, que su chance de volver a ser presidente requería de un dispositivo que aglutine a todo el peronismo y anexe, por fuera, porciones «progres», para lo cual patrocinaba la figura de Martín Sabbatella como kirchnerismo «bis».
Doce meses después, aquellas urgencias -junto a otras- se invirtieron. Lo que su esposo debía negociar, Cristina de Kirchner se limitó a administrar a su antojo: repartió premios y castigos desde una posición de fuerza que un año antes era inimaginada.
El sábado, en la jura de su segundo mandato, la Presidente trepó a una cima que hasta morir Kirchner planeaba para sí. Ese componente, mirado a la distancia, es una de las razones de por qué Cristina de Kirchner jamás contempló la posibilidad de no ir por su reelección.
En ese tránsito, en algún punto inevitable, continuó -y hasta perfeccionó- aquella idea del patagónico de ser el primero de lo nuevo. Aun ante una etapa con sombras e interrogantes en la economía, el componente político invoca rasgos del ideal que voceaba Kirchner.
El elemento central es la preferencia de la Presidente por las tribus juveniles: en la ceremonia de asunción terminó de certificarse el sitial predominante que Cristina de Kirchner les otorga a esos sectores, a quienes bendijo como el actor callejero por excelencia del modelo K.
Es un error leer como una mezquindad o un recelo que los intendentes y los gremios no hayan, como otros años, aportado sus multitudes a los actos oficiales. En los territorios, a veces vía acuerdo, otras en brutal disputa, los ramas juveniles perforan los esquemas históricos.
Un caso testigo: la Juventud Sindical de Facundo Moyano atraviesa una crisis de identidad y conflictos internos porque el respaldo al Gobierno y su alineamiento con la jefatura de la CGT que ejerce Hugo Moyano se convirtieron en motivo de debate y tensiones.
¿Cómo compatibilizar las dos pertenencias si las figuras que encarnan ambas expresiones no ocultan sus diferencias? Así y todo, la JS de Moyano junior ofrece una cobertura que otros espacios, los gobernadores más cercanos o los intendentes, no siempre pueden garantizar.
La Presidente reconfiguró una táctica de su marido: Kirchner constituyó a los piqueteros K en su expresión tumultuosa como contracara de la movilización que le aportaban los caciques gremiales y los del PJ. Ese rol lo ocupan, ahora, los espacios juveniles encabezados por La Cámpora.
Para su segundo mandato, Cristina de Kirchner magnificó el esquema y mecanizó el procedimiento. «La cúpula de La Cámpora -dice un funcionario «amigo» de la agrupación- no opera sobre la superestructura ni sobre los ministros, sólo opera sobre una cabeza: la de Cristina».
Eso explica, por caso, que los ministros se desvivan ante cualquier demanda que les llegue desde La Cámpora. Asumen, como parte de su contrato laboral, que el clan que comanda Máximo Kirchner incide sobre la Presidente más que la mayoría de los funcionarios.
A su modo, al menos desde lo generacional, la Presidente activó aquel planteo de Kirchner sobre inaugurar «lo nuevo». Y ese universo de leales, de «soldados del pingüino», parece el auditorio al que se ella se dirige.
Sin ser neocamporista, el ascenso de Juan Manuel Abal Medina y, más técnico, el de Hernán Lorenzino cuadran dentro de esa lógica. Lo mismo implica la incorporación de dirigentes juveniles en las listas del FpV y la decisión de ubicar a un neocamporista como José Ottavis como vice de la Cámara de Diputados bonaerense.
En paralelo, destrata al sindicalismo, relega a los gobernadores y pone en hibernación al PJ.
Lo que comenzó el sábado, la «etapa» -según el vocabulario cristinista- predefinió alianzas y preferencias. Y prefiguró, al instante, según el paradigma de Cristina de Kirchner, dónde habita lo viejo y dónde lo nuevo.


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