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Los fans de Palito Ortega siguen fieles a sus viejos éxitos
Palito Ortega volvió al Luna Park sin la espectacular repercusión que tuviera hace un par de años cuando, curiosamente, hizo su debut en el mítico estadio del centro porteño. No es que su convocatoria fuera pobre; muy lejos de eso, pero se notaron algunos claros y la presencia de unos cuantos invitados, famosos o no.
Posiblemente esa reducción en el entusiasmo del público por ir a verlo, tuvo que ver, por un lado, con la cercanía de sus anteriores actuaciones -cuando la expectativa por el retorno era muy alta-, pero quizá también con que el tucumano prometía una serie de canciones nuevas, de nuevo álbum, grabado en EE.UU. con músicos que fueron sostén instrumental de figuras como Elvis Presley o Johnny Cash. Sus fieles seguidores, que en la mayoría de los casos son contemporáneos suyos -con sus muy bien llevados 70 años-, parecen preferir sus viejos hits.
El concierto del Luna Park, muy extenso, tuvo esta vez dos partes muy bien definidas. Después de una pequeña introducción instrumental con «Tomorrow Belongs to Me», a cargo de los Memphis Boys y sus invitados, subió al escenario Ortega, todo vestido de cuero, para presentar casi todo el nuevo disco. Como desde sus comienzos, uno apostaría porque estas nuevas composiciones (rock & roll no tan furioso, temas country, algo de blues), tienen un destino limitado en el tiempo, por su reiteración, por su poesía de poco vuelo, por un prosaísmo que no intenta ocultar, porque suenan conocidas aunque sean nuevas.
Pero con Palito nunca se sabe, y no sería raro que dentro de 30 o 40 años estemos tarareando alguna de ellas como ahora sucede con «La felicidad» o «Un muchacho como yo». Concretamente, esa primera sección mostró a un intérprete de afinación imprecisa -otra característica eterna en él- haciendo diez títulos de un álbum que iba a llamarse «Ortega Rock & Roll», con profesionalismo y respaldado por un septeto (el programa omitió incluir el nombre de la bella armoniquista) que también cumplió con eficiencia de músicos de sesión. Más allá del sonido tan particular y poco habitual por aquí de la «pedal steel guitar» (más una cítara electrónica que una guitarra), cualquier banda profesional argentina hubiera suplido perfectamente a estos músicos veteranos que llegaron desde los Estados Unidos, más caros y con mucho más marketing, por cierto. En ese sentido, fue lógica la presencia del argentino coro Gospel Joy en lugar del de la iglesias bautista The New Oliver de Tennessee que participó en el álbum grabado en Memphis, Los Angeles y Nashville.
Elvis vernáculo
A manera de pequeño intermedio -y mientras se resolvía el problema de las pantallas laterales muy ruidosamente reclamado por la gente de los costados-, subió Carlos Gutiérrez, el actor y cantante que protagonizó la película «El último Elvis» para hacer «Suspicius Mind» y «Blue Suede Shoes» con los Memphis Boys y retirarse lleno de agradecimiento por su anfitrión.
La segunda parte fue previsible pero mucho más feliz para quienes compraron su ticket. Hubo muchos éxitos que son inoxidables, una banda argentina numerosa y con mucho instrumento de viento. Hubo además invitados como el imitador Fernando Sanmartín para homenajear a Sandro, o Cacho Castaña para «Café La Humedad» y «Sabor a nada».
Palito Ortega dijo en reportaje que quizá «Por los caminos del rey» sea su último disco. Lo que queda claro, viendo lo que le pasó a la gente muy especialmente en la segunda mitad del show, es que, en cambio, queda cantante en vivo para rato.


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