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Los gobiernos pueden agravar la crisis (y ya lo están probando)

Es que los gobiernos nada pueden hacer para acabar con la crisis; para salir de ella, antes deben corregirse las distorsiones acumuladas.
Esto no quiere decir que la acción de los gobernantes sea irrelevante: sus decisiones pueden agravar y prolongar la depresión -como hicieron primero Hoover y después Roosevelt- o contribuir a un reacomodamiento menos doloroso.
La pregunta, entonces, es: ¿ellos están haciendo ahora las cosas correctas? A nuestro juicio no es mucho lo que han hecho en el sentido correcto, no están utilizando las herramientas más apropiadas y, peor, en muchos casos han recurrido a las contraindicadas.
Ahí tenemos al presidente Obama, continuando en buena medida las recetas fiscales de su antecesor (aunque con diferencias en los sujetos que recibirán la asistencia). Sin embargo, la política fiscal -a contrario sensu de tanto neokeynesianismo que en su vida leyó siquiera una página de la Teoría General- no constituye una herramienta potente para suavizar los traumas del ajuste.
En primer lugar, el gasto público tiene un multiplicador insignificante frente al del gasto privado que pretende reemplazar; para contrarrestar una reducción del consumo equivalente al 1% del PBI hay que expandir en 10% el gasto estatal. Además, los planes de infraestructura padecen de un largo período de maduración, por lo que sus efectos se notarán en el mejor de los casos recién el año próximo. Por otro lado, un tercio del nuevo plan de salvataje es de naturaleza más temporaria que permanente. Y parte de los auxilios irá dirigida a industrias estructuralmente no competitivas.
Insuficientes
Tanto este plan como el anterior son francamente insuficientes para disimular las astronómicas pérdidas sufridas desde mediados de 2007. Mal pueden resolverla cuando la destrucción de riqueza sufrida en un solo día -algo que se repitió en varias jornadas- supera los dos planes de rescate (éste y el de Bush) sumados; cada uno de esos días sólo las empresas del NYSE perdieron más de dos veces el proyectado megadéficit de Obama. Las pérdidas de capital acumuladas en apenas unos quince días superaron el PBI anual de los EE.UU.
La destrucción de riqueza de los hogares estadounidenses va camino a superar los u$s 20 billones antes de fin de año. A estos quebrantos, equivalentes a un quinto del patrimonio total de las familias -en los 30 llegaron al 40%-, todavía resta sumarles las pérdidas también siderales de los sectores financiero, corporativo y estatal. Pese a la elocuencia de estas cifras, la semana pasada algunos llegaron a ver una solución con el plan de auxilio chino. ¿Es en estos rescates que debemos depositar las esperanzas?
El auxilio fiscal no sólo es insuficiente sino que en buena medida está resultando contraproducente. Los mercados accionarios están pronunciando su derrumbe precisamente a causa de los salvatajes fiscales que, al licuar la participación del capital privado, amplifican las pérdidas de capital.
Otra cuestión es que estos y los nuevos paquetes de ayuda -la FDIC (el seguro de los depósitos) requerirá una nueva inyección de capital- seguirán incrementando el gasto público mientras que la contracción de la actividad y la deflación de precios derrumbarán los recursos fiscales. El primer año de la nueva gestión demócrata podría culminar con un pavoroso déficit presupuestario de más de un billón y medio de dólares. ¿Por cuánto tiempo el mundo estará dispuesto a seguir financiando esta desmesura?
Hasta ahora, la política monetaria se centró en reducir el costo del dinero como mecanismo para alentar la actividad. Hoy las tasas cortas se ubican prácticamente en 0%, lo que nos coloca en una obvia trampa de liquidez, sin capacidad adicional para estimular la economía por esta vía. Peor todavía, en una economía deflacionaria hasta una tasa nula resulta relativamente alta frente a la sistemática caída de los precios.
Flaqueza
Nótese, pues, la flaqueza del prisma monetario keynesiano, centrado en la tasa: aun si se condonasen todos los intereses de los créditos hipotecarios, los tomadores seguirán prefiriendo entregar el bien que devolver el préstamo (el valor de mercado del inmueble sigue siendo inferior a la amortización del capital tomado).
Manipular el costo nominal del dinero puede inducir a los bancos a prestar, pero eso no significa que sus clientes -hoy más austeros y propensos al ahorro- estén dispuestos a tomar fondos que no son baratos en términos reales ni a comprar bienes que ya no les interesan y que pierden valor día tras día. Obviamente, esto desemboca en un círculo vicioso en el que los ingresos y el empleo disminuyen y la demanda cae todavía más.
¿No se pueden concebir, acaso, políticas que permitan abreviar y moderar los costos de la crisis? Claro que sí, y serán analizadas próximamente.


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