3 de julio 2012 - 00:00

Los peligros del efecto Pigmalión

«Qué notable, que Aristóteles y Freud, con toda la cultura occidental de por medio, hayan coincidido en que el hombre, en sus primeros años de vida, toma sus decisiones más importantes». De este modo, abrió su curso de filosofía Manuel V. Ordóñez, en los años 80 quien fuera, posiblemente, el representante más sólido de la filosofía aristotélica-tomista por estos lados. «Manolo», como le decían sus amigos, se refería a las decisiones vinculadas al bien o el mal, la sexualidad; es decir, las trascendentes en la formación de la subjetividad.

El destino de las personas y de los pueblos es una construcción sostenida sobre la base de una dinámica permanente de decisiones individuales y colectivas de distinta magnitud de las que

no podemos abstraernos; no decidir, no participar, no involucrarse en lo grupal, es una decisión con consecuencias. No resulta tarea sencilla desentrañar la motivación de las mismas que dejan su marca, marca en el sentido que indicara Jacques Lacan. Planteo que, cuanto más trascendente sea la decisión y su resultado, más difícil será la búsqueda de la motivación.

Hubiese sido un verdadero gusto para mi familia que yo fuera sacerdote. Lo intentaron. En el seno de una familia católica, querer tener un hijo sacerdote no era original en aquella época; dos hermanas de mi madre fueron Madres del Sagrado Corazón, la congregación francesa que tanta influencia

tuviera en la educación de un sector de la sociedad. Para mi madre, sacerdotes y médicos merecían idéntico respeto. Me preguntaba por qué los médicos fumaban, si decían que el cigarrillo era tan malo y por qué los españoles, que eran un pueblo tan católico eran los dueños de los hoteles alojamiento. Dos preguntas infantiles para procesar «muerte» y «sexualidad» que, para el psicoanálisis, son significantes trascendentes, no inscriptos en el aparato psíquico. Está claro que, en lo individual, las decisiones trascendentes se vinculan en dónde ubicar la libido, en el objeto de amor, por fuera de la familia, en la elección de la pareja y un proyecto y, en la libido vinculada al poder, la elección del trabajo y desarrollo profesional.

En cambio, en lo que respecta a lo colectivo, la diferencia sustancial radica en la tendencia a la identificación imaginaria que embate con mucha fuerza al sujeto y lo ubica en una posición diferente.

Los lectores de este diario recordarán los efectos de las corridas bancarias frente a un rumor. La hipótesis de la posible caída de un banco provocaba el masivo retiro de fondos por parte de los ahorristas; entonces, el juicio original se convertía en una afirmación. Es el peligro de la profecía autocumplida, como la denominara el sociólogo Robert K. Merton, donde una situación que es definida como real, por sus efectos, se vuelve real. Lo dicho como juicio hipotético se vuelve cierto porque no se cuestiona como posible, sino que se le da el carácter de afirmación y se cumple.

También se lo llama efecto Pigmalión, por el príncipe de Chipre que, en busca de la mujer de sus sueños, esculpió la piedra para lograr la imagen perfecta de su ideal. Se enamoró de su obra y le puso el nombre de Galatea. Venus, la diosa, conmovida por el amor de Pigmalión, le dio vida a la estatua.

No hay duda que, en la sociedad de consumo, la demanda opera como una variable significante en el armado de nuestra realidad. No me refiero sólo a los precios de los productos donde los ejemplos abundan; me refiero a cualquier señal que aparezca en los medios como un juicio de valor que, tomada como una afirmación, produce efectos concretos de modificación, como el de una profecía.

Advierto con cierta desazón que, de a poco, se va instalando en la sociedad, en forma solapada, una suposición, en algunos casos interpretación u opinión de que vamos a estar mal. Por el momento son inferencias, el peligro radica en que se transformen en una afirmación y, en consecuencia, que ocurra. Debemos estar alertas.

(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichón Riviere) y licenciado en Psicología UBA.

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