Que el aplazamiento del viaje del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, a Brasil se haya conocido primero por medio de la agencia de noticias estatal y que sólo tardíamente haya sido anunciado oficialmente descolocó todavía más al Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Éste, en rigor, ya venía capeando un temporal de fuste frente a la visita, cuestionada en el oficialismo y en la oposición, y también en la prensa y en la opinión pública. Tanto, que durante el fin de semana en San Pablo y Río de Janeiro manifestantes de la colectividad judía, fieles evangélicos y activistas gay protestaron contra la llegada del iraní, quien hace pocos días en Ginebra, en una conferencia sobre derechos humanos organizada por las Naciones Unidas, había calificado de racista a Israel y cuestionado el Holocausto. No dijo, claro, que el régimen iraní castiga con la horca a los homosexuales.
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La resistencia «anti-Irán» en Brasil se hizo extensiva también al campo empresarial. En un principio, el líder persa -al igual que todo jefe de Estado que pasa por San Pablo-, iba a asistir a una conferencia en la FIESP (Federación de Industrias del Estado de San Pablo), pero el Gobierno de Lula prefirió bajarlo del estrado y circunscribir el encuentro a industriales iraníes y brasileños. Según el diario Valor Econômico, el Palacio del Planalto tuvo que ceder a la presión del empresariado judío paulista. No importaba, como consignaron la prensa local y la iraní, que la comitiva procedente de Teherán viniera con u$s 200 millones «cash» para invertir en tierras para la producción de maíz y soja. Ni las promesas de apertura de una filial del banco estatal iraní o de una inversión total para el próximo quinquenio de u$s 2.000 millones. Para Brasil, Irán es hoy el primer comprador de maíz, el segundo de azúcar refinada, el tercero de aceite de soja y el cuarto de carnes.
También Itamaraty y su jefe, el canciller Celso Amorim, sufrieron embates por la llegada de Ahmadineyad. El cuestionamiento más fuerte, obviamente, vino de parte de Israel, que convocó la semana pasada al embajador brasileño para manifestarle su disconformidad con la gira del iraní. Luego de las declaraciones de Ahmadineyad en Ginebra en contra de los judíos, Itamaraty difundió un comunicado de condena. El documento no impidió, sin embargo, que el presidente del Parlamento israelí enviara sendas cartas a los líderes del Senado y Diputados en Brasilia para que disuadieran a su cancillería de recibir al iraní.
Itamaraty, atrapado en un «ménage-à-trois» entre Israel e Irán, respondió oblicuamente desde un editorial del diario Correio Braziliense, en el que se quejó de la intromisión del Estado judío en la política exterior de Brasil. Amorim, por su parte, dijo que «Brasil no está preocupado por la insatisfacción de Israel».
El presidente Lula prometió -según O Globo- que en el encuentro con Ahmadineyad recalcaría el desacuerdo de su Gobierno con la postura antijudía del persa.
Estados Unidos tampoco se quedó callado frente a la gira. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, alertó el viernes sobre la presencia china e iraní en América Latina, aunque sin señalar directamente a Brasil. Quien sí lo hizo fue el congresista demócrata Eliot Engel, quien no sólo dijo que el Gobierno de Lula se equivocaba, sino que la visita de Ahmadineyad era «vergonzosa» y enviaba «un mensaje confuso a la región». Mientras tanto, «la región», incluida la Argentina, no se pronunció al respecto. Tampoco Hugo Chávez, el aliado dilecto de Teherán en el subcontinente, cuya chapa -de haberse concretado el viaje del iraní- se habría trasladado hacia Brasilia.
En cuanto a los motivos para la suspensión de la gira de Ahmadineyad, se especula que son puramente político-electorales. El 10 de mayo es la fecha tope para el cierre de listas para las elecciones del 12 de junio. El presidente iraní se presentaría (aún no lo confirmó) para la reelección. Y ya empezó a reordenarse el tablero político: el domingo, el general (r) Mohsen Rezaie, referente del conservadurismo que domina Teherán y ex guardia revolucionario (la tropa de élite del régimen), dijo que «Ahmadineyad lleva al Estado persa hacia el precipicio».
Ayer, el líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, desautorizó que Ahmadineyad hubiese removido al titular de la Haj (la organización de peregrinación a La Meca) y ordenó su restitución. Un panorama político complicado. Como el que le quedó a Lula, dentro y fuera de Brasil, por una visita que, encima, no se concretó.
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