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Manyiamiento y Calafate hasta que pase la tormenta
Una oportunidad para el trotskismo: Jorge Altamira estrella en el escenario un jueves en Plaza de Mayo, el día de Bonafini, y la exhibición de pancartas anarquistas contra la Policía y el Estado.
El peronista tiene tecnología para estas faenas; la usó Alfredo Atanasof en 2002 para reconocer en imágenes que le acercó el diario Clarín que entre los responsables de las muertes de Kosteky y Santillán había un comisario con una escopeta arrastrando de los pelos a uno de ellos, ya herido de muerte, por el hall de la estación Avellaneda, sede maldita para los gobiernos peronistas. Como el fotógrafo de Blow Up, aquella maravilla de Antonioni, que buscaba con lupa en fotos ampliadas hasta encontrar a un muerto y su asesina, los pesquisas montaron grandes pantallas con ingenios informáticos y cruzar la imagen de los rostros de la barra de ferroviarios con prontuarios policiales, archivos laborales y otras imágenes adquiridas de manera más discreta.
Este capítulo de la investigación aporta rarezas al tratamiento del caso. Primero, porque el manyiamiento está hoy prohibido por la ley, aunque puede encubrirse en un ejercicio tecnológico. Segundo, porque la fiscal del caso, Cristina Caamaño Iglesias Paiz, apartó a la Policía de la investigación admitiendo algo no probado, que hubo «zona liberada» por las fuerzas de seguridad para que actuaran las barras de ferroviarios. Avanzó ella misma con gente de esa fiscalía porteña citando a testigos y pidiendo a la Federal, Bonaerense y Gendarmería pericias puntuales, alguna de las cuales pueden ser respondidas por las fuerzas con el resultado del manyiamiento, si llegan a algo en las próximas horas.
Una de las dificultades con las que se encontró la fiscal Caamaño es que los testigos del Partido Obrero que actuaron en los incidentes como víctimas de las balas ferroviarias se negaron a concurrir a declarar, restando testimonios que entiende son claves para reconstruir qué pasó. Prefirieron esos activistas abrir lazos de comunicación con la empresa ferroviaria para insistir -quizás a cambio de ir a declarar- que satisfagan el reclamo de titularizar a los tercerizados. La fiscal ni piensa convocarlos por la fuerza pública a esos testigos, para quienes la bandera de lograr les admitan el reclamo vale más que cualquier otra reivindicación.
No ayuda mucho a la pesquisa que desde el kirchnerismo oficialoide, como el de Luis DElía siguieran hasta anoche lanzando presunciones que el Gobierno debió frenar, como que Eduardo Duhalde estaba detrás de todo o que, subsidiariamente actuarían junto a los ferroviarios algunas barras bravas del fútbol. Según esta línea, fueron desprendimientos disidentes de las barras de Independiente, Banfield -de nuevo Duhalde-, Defensa y Justicia y hasta el Racing Club, algo que indignó a hinchas de ese equipo como Kirchner o Julio Alak.
Ya escuchó el Gobierno, además, los descargos de parte de José Pedraza sobre su ausencia del país durante cuarenta días en Israel hasta esta semana y de que su segundo está internado, delicado, sin capacidad para atender nada del gremio.
La reaparición hoy de Cristina de Kirchner, arrastrada por estos desvelos, junto a Daniel Scioli en un acto en Chivilcoy retrasa el primer impulso del matrimonio, habitual ante las crisis de orden público: refugiarse en El Calafate durante el fin de semana a la espera de que el tiempo y nuevas noticias les quiten de encima esta última tormenta del caso Ferreyra. No porque crean que algo tuviera que ver el Gobierno en esa tragedia -no consta ningún testimonio-, más allá de las acusaciones de promover un clima de desorden confrontativo que heredó del hombre que dijo «Si no fue presidente sería piquetero» (Eduardo Duhalde). Desgracias de un país en el cual los temas que el Estado, deslegitimado para imponer orden público desde antes de este Gobierno, no puede resolver, se los confía al mercado. Al mismo mercado al que le disputa asuntos para imponer el dirigismo. En material de seguridad, el mercado impone siempre al más fuerte, al que tiene la pistola, y pierde el más débil. Un argentinismo fatal del cual al país le cuesta cada vez más salir.
La desgracia para el Gobierno no es tampoco el número -moderado- de asistentes ayer a las marchas y a la Plaza de Mayo. Tampoco por ese retablo de la manifestación de ayer, que mezcló a sus socios Hugo Yasky, DElía, el filósofo peripatético Ricardo Forster y Martín Sabbatella con Pino Solanas, la Juventud Radical, Jorge Altamira y un seleccionado de piqueteros con Fernando Esteche a la cabeza, y que sepulta años dedicados a la construcción de una transversalidad que se le va por el desagüe. Esos amigos de tanta nota pasaron a alimentar a la vanguardia de activistas del PO que intentaron, a la cabeza de la concentración en la Plaza, saltar sobre las vallas en inocente intento de ocupar la Casa Rosada. Pero aun, escucharon al ocurrente Jorge Altamira gritar desde el micrófono a la gran masa del pueblo: «¡Queremos que nos reciba la Presidente y sentarnos en una mesa para preguntarles qué van a hacer!». Para Kirchner, que presume de ser el gran conductor, que este extravagante dirigente, cuya fuerza ni tiene representación legislativa ni nacional ni en su distrito, le haga tamaño reto es un bajón.
¿Traición de los transversales? Seguramente no; esos dirigentes cercanos al Gobierno trataron de hacerle el favor mezclándose con los quejosos del PO y de Quebracho pero también lanzaron el mensaje de que para ellos billetera no mata a galán; pertenecen, en el fondo, al cogollo ideológico que expresaba de manera rudimentaria el joven Ferreyra, y no se iban a perder esa simulación de asalto al palacio de Invierno que fue el acto de ayer. No estar allí, entendieron, los dejaba del lado de la derecha y eso no van a permitirlo aunque se enoje Kirchner.
Lo más grave para el Gobierno es que, como ocurrió con otra crisis de la era Kirchner (Blumberg, Botnia, Cromañón), la burguesía de las grandes ciudades, que es donde se deciden las elecciones, eligieron este desgraciado episodio para manifestar broncas contenidas que tienen, al final, una terminal en el poder vigente. Eso explica la atención que le prestó el público a las manifestaciones de ayer a través de los medios pese a que marcharon fuerzas minoritarias sin peso electoral alguno en actos a los que, además, la gente del común que mira el retablo de la política como una película de ciencia ficción que explica su malandanza mejor que las crónicas periodísticas, no participó.
Este regalo de la mala fortuna sobreviene además cuando el Gobierno hace recuento de los daños que le provocó en ese electorado la algarada moyanista del viernes y cuando pierde la iniciativa en la disputa por la candidatura presidencial frente a Scioli. Por si faltasen testimonios, ya abrieron el paraguas ante el chubasco del domingo que vendrá bajo la forma de una encuesta que publicara -se ha enterado por sus vivarachos vigilantes en las redacciones- un diario nacional que no es Tiempo Argentino y que ha preparado una empresa ligada al macrismo bautizada con grecismo ateniense (que no se refiere a los ATN, claro). Esa encuesta dirá que Scioli es el mejor rankeado del peronismo para ser candidato a presidente, una perogrullada porque el gobernador encabeza cualquier encuesta que se haga sobre él. Lo malo es que ahora pregunten las encuestas por la candidatura presidencial.


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