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Marías: “Escribir sobre un muerto es prolongarle la vida”
Javier Marías con el fondo de Retiro. El prolífico autor, mencionado más de una vez por el Nobel, estuvo de paso por Buenos Aires.
J.M.: Podría decir, sintetizando mucho, que «Corazón tan blanco» trata sobre el secreto y su posible conveniencia, «Mañana en la batalla piensa en mí» sobre el engaño y el hecho de que no debería dolernos tanto porque todos lo vivimos en mayor o menor medida y a veces, cuando no son grandes, son formas de la convivencia; en «Tu rostro mañana» uno de los temas es la traición, incluida la delación, tema que había tratado ya en mi novela «El siglo», y más central aun el de esa capacidad de ver en el interior de las personas, de saber cómo será «su rostro mañana».
P.: ¿Parte de un plan al ponerse a escribir?
J.M.: Procuro no tener demasiado en claro lo que voy a poner en la novela. En el caso de «Tu rostro mañana», cuando terminé el primer volumen, en 2002, hablé de un segundo, pero no de un tercero, no preveía que lo habría. Después hay un crecimiento a partir de la propia obra. Yo escribo por oleadas, por ampliación. Más o menos calculo qué extensión puede tener un libro pero no lo sé realmente. En el caso de «Tu rostro mañana», el tercer volumen ha resultado ser el más grueso, tiene 700 páginas. Y la trilogía unas 1700 páginas. Me gusta trabajar sobre algo poco preconcebido. Si supiera la historia entera, si fuera como esos autores que tienen concebida toda la novela, lo que va a pasar, cómo va a terminar, lo que va suceder con cada personaje, me aburriría enormemente.
P.: ¿Cómo la concibe entonces?
J.M.: Me gusta averiguar la historia a medida que la escribo. La palabra inventar, etimológicamente viene del latín in-ventare, que quiere decir hallar, descubrir, averiguar. Es decir que, etimológicamente al menos, el descubrimiento y la averiguación tienen la misma raíz. Uno averigua a medida que inventa. Yo me permito trabajar mucho sobre la marcha. Cuando al avanzar en un libro voy sabiendo más de lo que voy a escribir, voy cerrando en mi cabeza las historias, y tengo la sensación de que ya sé demasiado, me alarmo. Digo: ay, esto se va a convertir en un ejercicio de redacción. Eso se vuelve un reto. Entonces me digo, voy a improvisar, voy a hacer algo sobre la marcha, procurando que lo que fue azaroso, que lo que metí en un momento dado de manera intuitiva, arbitraria, se vuelva luego necesario. Busco encontrarle un sentido a lo que inicialmente era una intuición.
P.: ¿Por qué sus novelas están escritas en primera persona?
J.M.: Es una decisión que lleva muchos años. Me costó, porque optar por la primera persona tiene algunas ventajas, pero algunas graves desventajas. Una, y la principal, es renunciar a saberlo todo, a hacer afirmaciones gratuitas que el narrador en tercera persona puede hacer. «Madame Bovary era una mujer frívola y caprichosa». ¿Cómo lo sabe? El narrador en tercera persona no tiene que justificar ningún saber. El narrador en primera persona tienen por lo menos que decir: me dio la impresión de que Madame Bovary era de tal o cual forma, tiene que matizar, siempre tiene que justificar lo que sabe, lo que conoce, y evidentemente eso es una desventaja.
P.: Pero sus personajes dan sus opiniones.
J.M.: Es lo que he llamado narración hipotética. El narrador dice: tal vez ocurrió esto, entre esta persona y esta otra, tal vez se encontraron un día y empezaron a hablar de esto, y entonces a partir de allí desarrollo una escena hipotética. Busco que quede en claro que no ha ocurrido, que es una conjetura, pero que el lector dé por ocurrida esa escena hipotética, que para él tenga el mismo valor que si hubiera afirmado esto sucedió, aunque siempre viene precedido por un tal vez, es una de las cosas que busco en esos expedientes.
P.: Lo clave en el personaje de «Tu rostro mañana» es que logra conocer los rostros futuros de los que lo rodean.
J.M.: Muchos de mis narradores son intérpretes, personas que han renunciado a su propia voz. Uno es un cantante de ópera que reproduce lo que alguien compuso. Otro, un profesor que se limita a transmitir saberes heredados. Otro, un intérprete de lenguas. Otro un escriba, un negro literario, un escritor fantasma. Está el traductor que pone su voz al servicio de lo que otros dicen. Y me faltaba el mayor intérprete, el que todos queremos ser, que es ser intérprete de vidas, que es el de «Tu rostro mañana». Creo que todos querríamos tener la capacidad de ver qué podemos esperar de las personas, sobre todo las que nos son cercanas o muy queridas, o aquellas con las que vamos a tener negocios o algún trato. Nos pasamos la vida tanteando hasta qué punto podemos saber de los otros. Todos conocemos esa sensación de no saber hasta que punto podemos fiarnos, y también la de la decepción y el desengaño, de frases como: habría puesto las manos en el fuego por esa persona, o me hubiera jugado el pellejo por ella, o es la última persona de la que podía esperarme esto. Todos conocemos esas sensaciones, en mayor o menor grado. A veces con cosas realmente graves, como es el caso del padre del narrador, que es delatado por quien había sido su mejor amigo.
P.: Esa parte de su novela tiene que ver con la historia del exilio de su padre.
J.M.: No le he ocultado. Tomé prestada de la historia de mi padre al final de la Guerra Civil. No sólo el personaje de Juan Deza sino también Sir Peter Wheeler están basados, y con permiso de ellos, en mi padre y en el viejo profesor de Oxford Sir Peter Russell. Tanto mi padre como Russell, tenían verdadera curiosidad por verse ficcionalizados en una novela. Ambos tenían unos noventa años y temía no llegar a tiempo, que pudieran morir sin que siquiera vieran el libro. Llegaron a ver el primer volumen y el segundo. El tercero no. Cuando murió mi padre, al cabo de seis meses murió Russell, tuve que interrumpir el libro, ocuparme de sus últimos meses y de su agonía. Sin embargo, escribir fue un consuelo, tuve la sensación de que todavía lo podía hacer hablar aunque el personaje no sea exactamente mi padre. Y tuve la extraña sensación, al terminar el libro, que al haber muerto en la ficción ya no estaban allí. Mientras que en los meses en que escribía sentía que aún podía dialogar con ellos y que podía prolongarles en cierto sentido la vida.
Entrevista de Máximo Soto

