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Marketing y ruido económico

La impronta de la mercadotecnia electoral es tan llamativa que explica por qué gente tan pensante como Beatriz Sarlo se arranque las canas queriendo buscar algún contenido en medio de tanta estrategia superflua. Pero éstos son los tiempos de la "cultura del espectáculo", como afirma en su libro Vargas Llosa. Y aquí sólo importan dos cosas. Una son las imágenes, no las ideas. La otra son las frases hechas y cortas, transmitidas a la velocidad-de-la-red. Eso ha hecho que los candidatos se transformen en marionetas de los gurúes de la mercadotecnia electoral. Pero esto no es general. Existen casos en los que se ha seguido la vieja técnica de llegar con un mensaje concentrado en un tema dominante, como la corrupción o la inseguridad. Parte del problema para encontrar un tema o eslogan dominante radica en la gran fragmentación de razones que el año pasado movilizaron a millones de argentinos a las calles. Y en que en una interna es inevitable que haya que encontrar algún nicho y diferenciar el producto. Este problema lo tiene más la oposición no peronista. La peronista va despacio confluyendo a preparar la oferta, que sea necesaria, para acomodarse al péndulo inevitable del electorado. ¿Podrá lograrlo?
Pero las cosas son también así por razones económicas y éste es el punto central de esta nota. Es que el riesgo de estanflación que se dibujaba a comienzos de año, con el ingreso a un régimen de superbrecha cambiaria, fue dejando lugar a una recuperación muy suave y lenta. Tal vez no sostenible, pero a quién le importa eso en vísperas electorales. Esto fue posible porque el "corralito" cambiario y los controles permitieron suavizar la pérdida de reservas y darles apetito a los agentes económicos para comprar autos, bolsas de cemento o bienes de capital. Esto es en algún modo votar por el Gobierno. Pero también le permite al Gobierno acomodar el escenario para hacer los anuncios impactantes que han venido como el aumento del salario mínimo y de las jubilaciones. Y otros que tal vez se van a venir, como el impuesto a las transacciones financieras y, por qué no, una generalización de reconocimientos de deudas previsionales, un "Badaro-para-Todos". Esto es así porque el Gobierno tiene todas las de ganar frente a una oposición que no puede oponerse a las transferencias a la gente, en parte porque sabe que a la gente le gusta esta parte del modelo.
Todo esto es muy entendible y en este contexto vamos camino a escuchar la voz de las urnas. Ahora, el problema es que la voz de la economía todavía no la hemos terminado de escuchar. Cuando esta se manifieste vamos a tener un panorama muy diferente. Porque el desenvolvimiento de la crisis macroeconómica que va a ocurrir, continuando por el actual sendero, va a llevar a que el 60% de apoyo, explícito o implícito, al modelo económico se empiece a derretir. Aquí las cosas van a ser muy diferentes de la sincronización que vimos entre el ciclo electoral y el ciclo económico entre 2009 y 2011 y que favoreció al oficialismo. Esta vez no va a haber un retorno a una bonanza sino al rigor del ajuste de una economía que se va a quedar sin reservas y con un desbalance externo inmanejable. Y en consecuencia tanto el gobierno como la oposición van a tener que salir a construir estrategias comunicacionales diferentes, porque tal vez vamos a estar en medio de disyuntivas cruentas que no sólo van a falsificar creencias, sino que van a hacer que los candidatos para el 2015 se aturdan y se hagan preguntas que no van a poder ser respondidas con la mercadotecnia electoral. No es difícil imaginar que va a hacer el gobierno: exculparse y buscar a los malos. La pregunta es ¿qué va a hacer la oposición? Puede que exista una sensación casi omnímoda por parte del peronismo opositor que deviene del hecho que en una crisis grave como la de 2001 pudo manejar el país y armar un cardenalicio de gobernadores. Pero esto puede ser una falsa sensación porque ahora el origen y naturaleza del problema van a ser diferentes. La historia nunca se repite.


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