La inflación en retroceso confirma cuadro de debilidad, pero banqueros centrales -dentro y fuera de EE.UU.- sostienen que es un apagón temporario.
Wall Street a sus anchas. Pobre en indicadores, cómodo con los balances, cotizaciones firmes. Es temporada de estados contables y de récords en las pizarras. La reunión de la Fed no quita el sueño. Ya pasó Janet Yellen por el Congreso y confesó que no habrá suba de tasas si antes no resurge la inflación. Y por más que se la busque, no da señales de vida. Los precios de importación cayeron 0,2% en junio después de retroceder 0,1% en mayo. Los de exportación bajaron otro tanto tras replegarse 0,5%. Que el dólar se derrita en el mundo no los despereza. Y sobre llovido, mojado. Una divisa que precipita son más ganancias fuera de agenda para las compañías del S&P500. Tarde o temprano derramarán al bolsillo de los accionistas. Muerto el superdólar, ese espejismo fugaz, viva el supereuro.
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El Trump rally -aunque por pudor ya nadie lo llama así- es una locomotora a todo vapor. El Nasdaq 100, la estrella de la última quincena, hilvanó once subas consecutivas al hilo, empujado por la vibrante resurrección de las acciones tecnológicas, e irá hoy en busca de completar la docena. Washington es una caldera, y Donald Trump se cocina allí en su propio mercado bear; en cambio, Wall Street es el mar de la tranquilidad. El VIX -la métrica de la volatilidad esperada- cerró el viernes en un mínimo histórico, indemne a los escándalos políticos y al propio vértigo del ascenso bursátil. La tregua que concede Yellen, el voto cantado detrás de los balances (ya se sabe que vendrán bien, o eso se cree con notable convicción), la ausencia de euforia que acompaña al rally y le prolonga la vida. Todo ello explica la placidez de la suba. Y sobre todo la capacidad, cuando brotan los problemas, de desviar la atención. Que Trump fracasara por tercera vez en la reforma del sistema de salud no hace mella. Que la rebaja de impuestos viaje hacia un limbo indefinido no es perturbación. Que, a su vez, se acreciente la amenaza de volver a chocar con el "techo" de la deuda pública sólo repercute en el extremo corto de la curva del Tesoro. En efecto, el tramo que va de tres meses a seis se invirtió con una nítida "joroba" que anticipa un dolor de cabeza en la segunda quincena de octubre. Aunque el presidente Trump convive con mayorías republicanas en ambas Cámaras no es garantía. El empresario exitoso de Manhattan se convirtió en un fracasador serial en el Congreso. Y para peor se entierra más y más a medida que avanza la investigación del Rusiagate.
Se diría que Wall Street no hace política. Y tampoco macroeconomía. A decir verdad, el Trump rally se disparó con la irrupción triunfante de Trump. Wall Street subió antes de la mano del presidente, y sube ahora por habérsela soltado. La idea de una economía rugiente le vino como anillo al dedo a comienzos de año, pero su mutis por el foro no es un lastre que la hunda. Los informes Philly Fed o Empire State aportaron evidencia de muy floja actividad, bueno, paciencia. La inflación en retroceso confirma el cuadro de debilidad, pero una legión de banqueros centrales -dentro y fuera de los EE.UU.- sostiene que el bache es un apagón temporario. Quien se asuste, quien no les crea, que compre bonos. Ya se quemaron con leche, cuando pulsearon con Yellen y surgió Mario Draghi con un verbo áspero. Como sea, la Bolsa se aferra a la constancia palpable de los mejores balances. Pero hay público para todo: los bonos están de vuelta a la ofensiva. La tasa de diez años en 2,24% denota un escepticismo tenaz. Y el propio Draghi, zigzagueante esta semana, les dio letra. El BCE se reunió, deliberó y finalmente decidió no hacer nada. ¿Y la intención de comenzar a retirar el estímulo? De ese asunto no discutimos, dijo el romano. ¿Entonces, en qué quedamos? Draghi lanzó la primera piedra y ahora retira la mano. Se comprenden sus motivos. ¿Resistirá la recuperación de la eurozona la nueva realidad de un euro en 1,16? No tiene sentido incentivarlo. De ahí la moderación del discurso. Jugar al póker con la banca central es un peligro. Pero si la economía robusta no aparece, los bonos la van a torear. Con una curva de rendimientos que se aplane la banca central lo pensará dos veces antes de actuar.
Hoy la Bolsa puede permanecer al margen de la disputa.
Los mejores balances la protegen. Cuando su fluir termine, en dos o tres semanas, eso sí, necesitará que los indicadores le den la razón. Aunque sólo sea un atisbo.
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