28 de abril 2010 - 00:00

Mauricio Rosencof: la Pasión de Cristo en clave rioplatense

Invitado a la Feria del Libro, el escritor y actual director de Cultura de Montevideo presentó «Medio Mundo», donde ubica a los Apóstoles en un conventillo rioplatense de los años 30.
Invitado a la Feria del Libro, el escritor y actual director de Cultura de Montevideo presentó «Medio Mundo», donde ubica a los Apóstoles en un conventillo rioplatense de los años 30.
«Imaginé a los Apóstoles viviendo en un conventillo rioplatense de los años 30», explica el escritor uruguayo Mauricio Rosencof el punto de partida de «Medio Mundo», su nueva novela. Rosencof es actualmente, según dice, «el colega oriental de Hernán Lombardi», es decir director de Cultura de Montevideo. Dialogamos con en el marco de la Feria del Libro.

Periodista: ¿Qué cuenta «Medio Mundo»?

Mauricio Rosencof: El Padre Eterno se da cuenta de que le han quedado algunos hilos colgando, que la cosa nunca logra estar bien, y ahí se le ocurre: ¿y si llamo a los mismos muchachos que llamé aquella vuelta? Sobre todo aquel tan voluntarioso que era carpintero. Entonces, los que expresan a los Evangelistas en estos días reciben un toque de atención. No es una llamada sino una sensación. El primero que la siente es Nazario, que vive en el mágico pueblito de Polvo Serás, donde hay seres que no se saben ni se ven, porque según dijo el Padre Eterno al polvo volverás. Desde allí se pueden ver a veces caravanas de camellos de otros tiempos. Nazario de pronto ya no puede clavar clavos y hace artesanías, estrellas, cruces, pescaditos. Siente necesidad de ir al templo, sale a una ruta despoblada y un camión de esos de ganado lo lleva. Ahí viene una muchacha, Magdalena, que ha estado en la zafra, en los quilombitos de la frontera. Cruzan una mirada como si ya se conocieran. Nazario que viaja atrás, en la caja del camión, en ese establo móvil le parece recuperar un aroma de infancia. Cuando llegan al pueblo, Nazario se pone a vender sus artesanías en las escalinatas de la Catedral, pero el cura lo echa.

P.: Usted invierte el momento en que Cristo quiere expulsar a los mercaderes del templo.

M.R.: Eso hace que Nazario se vaya a vivir al conventillo Medio Mundo, que es como una aldea de pescadores en Cafarnaúm. Ahí encuentra a Juanchi, Santi, Pedro, unos pescadores que hacen sus contrabanditos. Hay una última cena, que hacen como pescadores con chupín de pescado, y con el aporte de Magdalena, especialista en tortas fritas. Estaban tan encapsulados en ellos mismos que no veían el mundo y Nazario les dice que el Padre Eterno nos había dado el libre albedrío a manos llenas como un agua cristalina pero las últimas gotas en las manos se habían ido secando. Fue por eso que hubo Sodoma, Hiroshima, Auschwitz, desaparecidos.

P.: Ha habido muchas versiones de la Pasión de Cristo, por caso «El Evangelio según el hijo» de Mailer o «El Evangelio según Jesucristo» de Saramago. Usted la vuelve rioplatense, tanguera, conventillera, humorística, y de una curiosa religiosidad.

M.R.: En los primeros años del nazismo, Einstein tocaba el violín en una sinagoga. Un periodista le preguntó si él era religioso. Le contestó: «Soy profundamente religioso pero no creo en ninguna religión revelada; hay demasiada armonía en el espacio para que sea obra de la casualidad, pero no tengo la menor duda de que El Tío no interviene en el destino de los hombres». Le llamaba El Tío a El Innombrable, a Dios. En tiempos de la represión, tanto en Buenos Aires como en Montevideo, aparecían afiches con el rostro de Cristo que decían; «Se Busca». A esto se suma que soy un lector infatigable de pasajes de la Biblia, y de los Evangelios Apócrifos, donde Matías cuenta que los primeros cristianos tenían todo en común, y cada cual retiraba según sus necesidades. Y que venía de un alzamiento contra los romanos y vio crucificado a Judas Galileo que comandó la rebelión. Los Apóstoles que eran de una especie de anacrónico conventillo rioplatense, de barrio de pescadores, comían salteado y andaban calzados, por eso Pedro puede cortarle con su espada la oreja al centurión en el Monte de los Olivos. Todas esas cosas que tienen fuertes resonancias.

P.: Y permite que la alegoría se condense.

M.R.: Tenemos en nosotros la tradición judeo-cristiana y no es necesario explicar quién es Nazario, de dónde viene esa chica Magdalena, que es la receptora del dolor humano.

P.: Usted mezcla de forma anacrónica el mundo rioplatense de los años 30 y 40 con la vida en Nazareth...

M.R.: Esa cohabitación de temporalidades ya está en la tapa del libro: en medio del conventillo, entre las sábanas, está colgado un manuscrito del Mar Muerto. Ahí la historia se abre a ese profeta que camina por la Rambla, ese Leviatan, ese tren monstruoso que maneja Aquel del que no se puede decir su nombre, que tiene lo vagones sellados y se escucha cada tanto la voz de una niña pidiendo agua. Y se sabe que el consuelo es una forma del agua.

P.: ¿A qué corresponden esos símbolos?

M.R.: Que cada cual los interprete, yo no le voy a sugerir respuestas al lector, que se haga cargo.

P.: ¿Su personajes hablan de modo poético y sentencioso para remitir al decir de los apóstoles?

M.R.: Pero, ¿acaso los hombres de campo no hablan así? Hay figuras que atraviesan los tiempos y las culturas, ideas que se encuentran en la Biblia, el Corán y en el «Martín Fierro». En los Evangelios Apócrifos se cuenta de un rabino, maestro como Nazario que decía: haz por los demás lo que quieras para ti mismo, esa es la ley, y lo demás comentario.

P.: ¿Está trabajando en un nuevo libro?

M.R.: Es poco el tiempo el que me deja, desde hace cinco años, estar al frente de la Dirección de Cultura de Montevideo. Con mi colega Hernán Lombardi presentamos a la UNESCO el proyecto de declarar al tango patrimonio intangible de la humanidad. Cada tiempo que tengo para entregarlo a la literatura se lo doy a El Barrio, que es mi Macondo, que es como un conventillo que esta instalado en un tiempo difuso y, a la vez, cercano.

Entrevista de Máximo Soto

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