Mal trance. Con poco dinero, “La presencia” logra efectos más terroríficos que algunas superproducciones.
Desde los tiempos de Peter Jackson y su opera prima, "Bad Taste", está claro que los neozelandeses saben hacer películas con poca plata. Inclusive algunas buenas, como ésta de terror, "La presencia", que se las arregla para mantener en vilo al espectador con tres actores, una única locación, efectos especiales elementales y, quizá más increíblemente, una premisa tan trillada como la de investigadores de lo paranormal chequeando una supuesta casa embrujada.
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La casa en cuestión está en medio de la nada, o mejor dicho, en medio de un paradisíaco paisaje neozelandés que se ve menos de lo que uno querría, y fue abandonada de forma abrupta, con la mesa servida para la cena y otros detalles similares, por sus moradores, de los que no se sabe nada salvo una vaga referencia de haber padecido problemas sobrenaturales. Buscando alguna evidencia de esos fenómenos llega un trío compuesto por un típico cazafantasmas hipertecnificado, un científico escéptico y una vidente. Al principio no pasa nada, pero de a poco la presencia del título se hace notar, y justamente la gran cualidad del film es la exacta dosificación de los fenómenos, y cómo influyen en el comportamiento de los protagonistas.
Con todas sus limitaciones, la película está bien pensada para introducir al espectador en un intensa pesadilla, que a veces funciona mejor que tantas historias de casa embrujada filmadas con más dinero.
"La presencia" ("The Dead Room", Nueva Zelanda, 2015). Dir.: J. Stutter. int.: J. Brophy, J. Thomas, L. Petersen.
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