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Mercosur: quinto miembro y muchos interrogantes
El polémico ingreso de Venezuela obligará a acomodar pactos con terceros
Con excepción de la Argentina, con la modorra de una siesta que la entumece hasta para opinar sobre trivialidades como el tiempo, las oposiciones a los Gobiernos de José Mujica y Dilma Rousseff cuestionaron la legitimidad del procedimiento de incorporación de Venezuela, en el que el Congreso paraguayo no llegó a expedirse. Argumentaron casi lo mismo que en diciembre pasado argumentó el ahora «ex» Fernando Lugo en Montevideo, cuando en la reunión de Mercosur se debatió (otra vez más) el ingreso de Venezuela. «Mi Gobierno es respetuoso de las instituciones», dijo Lugo, y «sabemos que hay procesos desiguales de resistencia al cambio», señaló en referencia a la demora en el Legislativo paraguayo.
Las mismas dudas sobre la manera en que se agregó entre gallos y medianoche a Venezuela tiene hoy el empresariado brasileño, el motor que, según se encargan de resaltar desde el Gobierno de Dilma, habría impulsado la membresía del país bolivariano. «Venezuela en el Mercosur significa un mercado muy importante: es el tercero en Latinoamérica», dijo Alessandro Teixeira, ministro brasileño de Desarrollo y Comercio Exterior. Para añadir que ese Estado caribeño «tiene dinero proveniente del petróleo y una estructura de mucha demanda, porque tiene poca industria y nos permitiría crecer hacia allí».
Para el economista Dante Sica, titular de la consultora Abeceb, la cuestión de la Venezuela mercosureña es hoy un tema de agenda en las cámaras empresariales y entre los industriales de San Pablo. «El debate y las dudas son políticas», dice Sica ante la consulta de Ámbito Financiero. «Sobre todo porque saben que fue la misma presidente Rousseff quien apuró el ingreso de Venezuela», señala. Ni hay que decirlo: hoy por hoy, los industriales lo piensan dos veces antes de poner en un tembladeral la buena relación que tienen con Dilma, una «técnica» que conoce las necesidades del sector.
Sin embargo, ni en Brasilia ni en San Pablo se vacila sobre las premisas económicas que constituyen el silogismo Mercosur con Venezuela:
1) permitiría contener al hoy bolivariano país dentro de un «club» orientado al libre comercio;
2) completaría una matriz de seguridad energética, donde el petróleo pesado del Orinoco se agregaría al pre-sal brasileño y al shale argentino;
3) triplicaría el comercio con Caracas (de los u$s 35.000 millones que importa anualmente, 5.000 millones provienen del Mercosur);
4) incorporaría una economía con un superávit comercial de u$s 58.000 millones (2011), el más elevado del bloque, debido a que el 96,5% de sus ventas externas proviene del petróleo;
5) constituiría un bloque de 270 millones de habitantes, con el 77% del PBI sudamericano, que contrarrestaría a la Alianza comercial del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México).
«Son las ventajas que recién podrán verse a mediano plazo», señala Sica, quien enumera a este diario una carrera de vallas técnicas que Venezuela, si realmente quiere asociarse a un bloque comercial, antes debe sortear: cumplir con los requisitos para un Arancel Externo Común, tales como la normativa sobre incentivos, protección al medio ambiente, y defensa de la competencia, además del programa de internacionalización de normas, a lo que Caracas se había comprometido (y está todavía lejos de haber cumplido) en 2006, cuando los Poderes Ejecutivos de los cuatro países miembros aprobaron el ingreso de Venezuela al bloque.
Aunque la prestigiosa revista The Economist lo dejó bien claro -«Mercosur se encamina hacia una unión sociopolítica» para abandonar el andamiaje comercial original-, hay varios acuerdos (comerciales) ya firmados por el bloque que exigirían una adhesión inmediata (y pronunciamiento político) por parte de Caracas. Son el tratado comercial firmado entre Mercosur e Israel (país con el que el Gobierno de Chávez rompió relaciones, hoy alineado con Irán y Siria, entre otros) y el acuerdo de libre comercio suscripto en 2004 con la CAN (Comunidad Andina: Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, a la que Venezuela renunció en 2011). Lo mismo se necesitaría si se concretase un acuerdo con la Unión Europea, en accidentadas tratativas desde 1999. (No habría problema, dadas las actuales simpatías internacionales de Chávez, con el tratado Mercosur-Autoridad Palestina de 2011 ni el próximo a firmar con Egipto.)
En cuanto a la celeridad que se le imprimió a la incorporación de Venezuela en esa cumbre de fines de junio, al pie de los Andes, testigos de las nerviosas discusiones (poco hubo allí de negociaciones cordiales) deslizan sobre la mesa algunos de los motivos, curiosamente todos brasileños. Porque fue Brasil el que, más que ninguno, alertó sobre el peligro de las «dos CH». La primera de ellas, la salud de Chávez, de diagnóstico poco claro. La segunda CH, señalada por Brasilia, es el avance de China sobre Venezuela: los chinos ya prometieron invertir u$s 32.000 millones solamente en infraestructura.
Eso puso los pelos de punta a Odebrecht, Camargo Correa, Andrade Gutiérrez y Queiroz Galvao, las gigantes constructoras de Brasil. Y puso, también, a teclear frenéticamente sobre la calculadora, al BNDES, el banco de inversión y desarrollo que financia buena parte de los emprendimientos de esas empresas en el extranjero. «Es parte de nuestra política de integración regional», comenta, con una sonrisa velada, una fuente del Gobierno brasileño. Integración, claro, con Brasilia en la locomotora y el Mercosur... en los vagones.

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