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Moyano, el sacrificio que en el PJ piden a Kirchner
La rebeldía que estaba en gestación pero estalló el jueves 9 de setiembre adquirió ayer una dimensión pública impensada: dos caciques, Jesús Cariglino, de Malvinas Argentinas y Pablo Bruera, de La Plata, «ametrallan» al camionero y cuestionan su entronización en el PJ.
El operativo «acá no pasó nada», que Olivos activó luego de la angioplastía del ex presidente, habilitó a los díscolos -voceros visibles de un susurro generalizado- a explicitar una avanzada contra Moyano que implica, por derivación, un desafío a Kirchner.
Por si el patagónico no hacía la traducción correcta, Cariglino y Bruera fueron más lejos: hablaron de impulsar un candidato propio a presidente para 2011 y pronosticaron que, «sí o sí», se está en la antesala del surgimiento del post kirchnerismo.
La sugerencia de «otro candidato» es un anzuelo para Daniel Scioli. En gran medida, el éxito de la rebeldía depende de que el gobernador se anime a mirar para arriba. Uno de los que empuja es Sergio Massa: si Scioli escala, al de Tigre se le libera la butaca de gobernador.
Hostil
Ayer Ámbito Financiero reflejó el nivel de hostilidad y sublevación que palpita en el peronismo bonaerense. La embestida contra Moyano martilla sobre un flanco que en el conurbano volátil buscan potenciar las sospechas mutuas entre Kirchner y el camionero.
Moyano ha confesado más de una vez -este diario ya lo relató- su temor a ir preso no en el futuro sino durante la era Kirchner. La historia K le da motivos: si Kirchner combatió a socios como Eduardo Duhalde y Clarín... ¿por qué no convertiría en un demonio al camionero?
Eduardo Duhalde fue uno de los últimos en escuchar ese lamento. El sindicalista lo llamó una mañana, pocas semanas atrás, tras leer palabras críticas del lomense y tras pedirle explicaciones se descargó en un confesionario telefónico sobre su pánico carcelario.
Ese interrogante explica el insomnio del jefe de la CGT. «Si Kirchner mete preso a Moyano crece, en un minuto, 10 puntos en la intención de voto» jugó al futurismo de café un peronista que pasó por Olivos y tiene un enlace permanente con Scioli.
Ninguna acción es lineal: al agitar el fantasma de la traición de Kirchner al camionero y, además pedir la crucifixión de Moyano, la corporación del conurbano le marca un enemigo mayor al camionero y le ofrece, de manera indirecta, un pacto de convivencia contra Olivos.
Lógicas
La desmesura de Kirchner, con su rabieta contra Scioli en La Boca, quizá tenga más una explicación médica que política: 48 horas antes, el patagónico había leído encuestas con un funcionario en Olivos y elogiado, durante una hora, los números del gobernador.
El ex presidente sigue sin poder explicar a los suyos por qué estalló de ese modo, y en ese contexto, contra Scioli. Asume -o parece asumir- su error: aunque no saldrá en busca de una reconciliación al menos apostará a que el tiempo vaya licuando el episodio.
La espera no podrá estirarse demasiado. El 8 de octubre, Kirchner quiere a los gobernadores en un acto de apoyo al santacruceño Daniel Peralta por su desobediencia a un mandato de la Corte que disparó un pedido de «intervención» promovido por la oposición.
¿Asumirá el patagónico la necesidad de tener a Scioli en esa foto o, en busca del refugio que le niega el PJ bonaerense, hurgará en la histórica resistencia del interior a la provincia de Buenos Aires? Lo primero sería una sumisión; lo segundo un suicido.
Al margen de ese dilema la lógica, primitiva pero infalible, es simple: tratar de evitar nuevos conflictos que sumen adhesiones a los rebeldes y en paralelo tratar de recuperar la magia electoral que lo convierta en un candidato necesario para los intendentes.
Una foto del conurbano, que Olivos conoce, registra que la mayoría -sino la totalidad- de los caciques del PJ tienen mejor imagen y mejor intención de voto que cualquiera de los Kirchner. Si la elección fuese hoy, un K como presidente le restaría votos a los alcaldes.
Lo mismo ocurre con Scioli, que está muy por encima de los números del ex presidente y que pierde, incluso, potenciales votantes que lo ven con buenos ojos pero que reprueban su alineamiento con la Casa Rosada.
Con los intendentes se da otro fenómeno: aunque un grupo corre riesgos ciertos de perder la elección, otro grupo podría ganar sea cual quiere el esquema electoral, con o sin colectoras, y con o sin Kirchner. A pesar de eso -o justamente por eso- son castigados por el Gobierno.
Es probable que el origen sea más profundo. El repunte de Kirchner en la opinión pública se detecta en sectores silvestres, sin referentes intermedias e, incluso, con rechazo al peronismo instituido. «¿Cuando viste a un intendente en 678?» preguntó, mordaz, un alcalde.


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