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Moyano, bajo presión K para que rompa el “cerco” sobre Pedraza
A lo largo del día, hubo contactos frenéticos. Hasta circuló la versión de que la presidente recibiría, antes de la medianoche, a Moyano en Olivos. Anteriormente suspendió un mano a mano que tenía pautado, fuera de agenda, con un puñado de jerarcas a las 14.
La dimensión del escándalo protagonizado por activistas de la Unión Ferroviaria en Barracas -donde fue asesinado el estudiante Mariano Ferreyra- que derivó ayer en una movilización de más de 30 mil personas, prendió todas las alertas del Gobierno.
El atajo, de manual, que exploró la Casa Rosada fue tratar de despegarse de José Pedraza, cacique de la UF, y delegar en Moyano la presión para que el ferroviario colabore con la identificación de los ejecutores del crimen del militante del Partido Obrero.
Moyano quedó, entonces, bajo dos fuegos. De un lado, el Gobierno reclamando que haga funcionar la lógica interna sindical; del otro, la residencia de Pedraza y una defensa corporativa de sectores de la CGT para no «pagar» todo el costo del escándalo.
De hecho, el camionero evaluó la tarde del miércoles, mientras la TV ardía con una cobertura full time del crimen de Ferreyra, convocar a un paro simbólico, gestual, con pausas de 15 o 20 minutos, por turno, para explicitar el repudio de la central obrera.
No logró quórum. Fue una combinación de dos fenómenos: el odio visceral a los «troskos», según el dialecto sindical, y la proliferación de teorías conspirativas sobre supuestos pases de factura por la irrupción política de la corporación gremial, de la que no desvinculan al PJ.
Intentó, entonces, minimizar la influencia de Pedraza en la CGT. «Casi no viene» dijo por TV. Una verdad a medias: el dirigente de la UF es, dentro del grupo de los «gordos», quien mejor relación mantiene con el universo moyanista. Opera, de hecho, como negociador entre ambas tribus.
Algo más. Pedraza es el número dos de la CATT, confederación que nuclea a todos los gremios del sector del transporte. Esa junta la encabeza Omar Viviani, mano derecha de Moyano. Se trata, en su inmensa mayoría, de actividades beneficiadas con subsidios estatales.
Julio De Vido, ministro de Planificación Federal, pilotea ese proceso a través de Juan Pablo Schiavi. El secretario de Transporte tiene debajo suyo a cuatro subsecretarios, todos de pertenencia sindical, referenciados con gremios alineados al moyanismo.
Moyano, al igual que el Gobierno, se esforzó al extremo por no ser alcanzado por las esquirlas de la muerte de Ferreyra. «El reclamo es legítimo», se puso del lado de los manifestantes. Y apuntó, en un análisis excesivamente primario, que «el problema son las tercerizadas».
Manoteó, para defender esa línea, lo ocurrido con Siderar donde su gremio, Camioneros, paralizó el transporte de esa firma de la empresa Techint para reclamar que trabajadores de empresas satélites reciban el mismo tratamiento que los obreros de la compañía matriz.
Sin embargo, el Gobierno -a quien algunas voces sindicales miran de reojo, con sospecha, por la deficiente actuación policial- se abraza al protocolo y transfiere al camionero la responsabilidad para que, desde la misma CGT, se perfore la cobertura sobre Pedraza.
Traducción: para la Casa Rosada, si Moyano es el líder sindical, debe reinar como tal y no sólo respecto de los beneficios que le arranca al Gobierno sino también cuando se producen hechos dramáticos como el protagonizado por grupos de la Unión Ferroviaria.
Abrumado, el camionero resucitó su histórico desprecio a Pedraza a quien señaló, ante los suyos, como un resabio de los peores tiempos. «Por eso, pierden gente: no hace lo que tiene que hacer un dirigente gremial y por eso aparece la izquierda» argumenta.
A su lado, invocan tres casos: Kraft, donde perdió terreno Alimentación de Rodolfo Daer; subtes donde fue diezmado la UTA de Roberto Fernández, y trenes en la que, sobre todo en la línea Sarmiento, grupos sindicales de izquierda desplazaron a la Unión Ferroviaria.


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