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Nada que cambiar en el tablero de comando
José Siaba Serrate - Economista
No debe sorprender, pues, que el péndulo de las preocupaciones haya girado veloz al otro extremo. Las materias primas, fogoneadas por el QE2 (aunque Ben Bernanke deslinde su responsabilidad), inflaman de nuevo los índices de inflación. El Simún fuera de temporada que sopla en el norte de África arrastrando regímenes políticos que llevaban décadas como si fueran médanos de arena enturbia el cuadro. Coloca al petróleo bajo la espada de Damocles de una eventual perturbación de abastecimiento. Y sobre llovido, mojado. Como en la región sobran autocracias y escasean alimentos (los avatares del clima tampoco ayudan), se alentará la acumulación de mayores inventarios.
La renovada sensibilidad inflacionaria que se gestó en los mercados de materias primas halló eco fuera de ellos. Ya en la penúltima reunión del Banco de Inglaterra hubo dos voces (Sentance y Weale) que abogaron por izar las tasas de interés. Y en el Viejo Continente, Lorenzo Bini Smaghi (uno de los gobernadores del Banco Central Europeo) fue igualmente punzante. «Una suba repetida y permanente de los precios de los productos importados tenderá a impactar en la inflación de las economías avanzadas, incluyendo a la eurozona», leyó en un discurso redactado de antemano.
«Este fenómeno no puede ser ignorado por más tiempo». Sus palabras calaron hondo. Después de todo, la inflación de la eurozona desbordó en enero la meta oficial del BCE (el 2,4% versus «menos del 2%»). Que los precios de importación en Alemania saltaran el 12% anualizado en diciembre parecía revestir a sus dichos de un barniz de mensaje. Y a juzgar por la reacción del euro tras el cónclave del jueves hubo quienes apostaron fuerte a que el BCE patearía el tablero. No a través de un ajuste intempestivo de las tasas, pero sí del paso previo, un anuncio temprano de que la política monetaria se alistaba para emprender un repliegue. Nada de eso ocurrió. Y por buenas razones.
Conducir la política monetaria bajo las amenazas contrapuestas de una economía que, si se deteriora, puede hundirse en un choque deflacionario y, si se recupera deprisa, puede encender la mecha inflacionaria, es navegar entre Escilla y Caribdis. Esa es la metáfora remanida. Pero, en los hechos, no hay más remedio que arrimarse a Escilla para tomar distancia de Caribdis.
La Fed impulsó el QE2 en noviembre para reforzar a una economía que hoy luce rozagante (como un año atrás), pero que a mitad de año estuvo a un tris de empantanarse. Y otro de sus objetivos fue, precisamente, relanzar las expectativas de inflación que, a la sazón, se habían deprimido en demasía. ¿Qué harán la Fed y los demás bancos centrales del G-7, ante el cambio súbito de fortuna? No correrán presurosos a corregir el rumbo del timón. Ni siquiera, quedó comprobado, el BCE.
Lo sensato es dejar que la mejora se consolide. Los precios de las materias primas -y de las acciones- son veletas que señalan hacia dónde soplan los vientos. Pero cuando hay ráfagas cruzadas, o simples rachas, conviene cerciorarse y demorar las decisiones. No había ninguna expansión en puerta cuando el petróleo rozó los 147 dólares en 2008. Era el umbral de la peor crisis en 70 años. Y el BCE se comió el amago y subió sus tasas de interés. ¿Repetirá el error? Difícil. Porque ahora lo sepultará su propia estantería. La respuesta crucial, como siempre, es la que dé la Fed. Y Bernanke ya la adelantó. Dijo el jueves: «Hasta no ver un período sostenido de robusta creación de empleo, no podemos considerar a la recuperación como firmemente establecida». Guste o no, el criterio es clarísimo. Y el informe de empleo, que se conoció un día más tarde, no despejó la visibilidad. Y de haber sido auspicioso, lo que no puede descartarse que aflore en febrero o en marzo, no bastará un par de buenos informes para zanjar las dudas de la Fed.
Es esta circunstancia lo que favorece sobremanera a Wall Street. La economía crece, pero la brecha de producto, que es enorme, apenas se reduce. Las materias primas pueden trepar de precio, pero la inflación subyacente no se inmuta (a diferencia de lo que suele ocurrir en las economías emergentes en las que la canasta básica de alimentos y el transporte se llevan la parte del león del gasto y además existen mecanismos aceitados de indexación). Así, la Fed es un aliado de lujo. Y lo será hasta que juzgue que la recuperación «esté firmemente establecida».
Es una paradoja, que se anticipó aquí hace tiempo, que en aquellas economías donde esto no se discute, más bien se habla del peligro de un recalentamiento, allí los mercados padezcan penurias. Aunque si las materias primas suben por la robustez de las economías emergentes, y las autoridades van a moderar los excesos, el frío que hoy recorre muchas de sus Bolsas también debería llegarles, tarde o temprano, a las propias materias primas. Máxime cuando nadie quiere dar el brazo a torcer y dejar que su moneda se aprecie.


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