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Naufraga en el Colón el León alado de Venecia
Carmen Giannatasio y José Cura en “Otello”: salvo el protagonista, las voces solistas fueron muy satisfactorias.
Una gran expectativa había despertado desde su anuncio el regreso José Cura al Teatro Colón (de cuyas temporadas había estado ausente desde el 2007) con "Otello", la anteúltima ópera de Giuseppe Verdi, con la que el tenor argentino había debutado allí en 1999. La muy publicitada "rentrée" de Cura en la sala fue esta vez en triple función: protagonista, director de escena y escenógrafo.
El clima reinante en el estreno era al menos enrarecido. Al bajar las luces la voz del mismo Cura anunció que la función estaría dedicada a la memoria de Roberto Oswald, fallecido pocos días atrás, y que para recordarlo el telón se alzaría en silencio y se escucharían ocho campanadas, una por cada decanato de vida del maestro argentino de la puesta en escena. Y así se hizo. Si bien el homenaje no fue carente de emoción, el público (se intuye) se quedó con las ganas de brindar a Oswald el mejor tributo posible: el de una prolongada y merecidísima ovación.
Cura eligió preceder el drama verdiano, basado en la obra de Shakespeare inspirada a su vez en un relato italiano del Renacimiento, de un texto leído por el barítono español Carlos Álvarez (intérprete de Iago) alusivo a Miguel de Cervantes y la Batalla de Lepanto, sin que luego hubiese ninguna continuidad en esta idea.
Armada completamente sobre el disco giratorio, nunca tan giratorio como en esta oportunidad, la escenografía inspirada, según Cura, en el teatro épico brechtiano- es de una pobreza visual y una vetustez dignas de una película del peor cine de Hollywood o un primitivo juego electrónico. La marcación actoral de los solistas y el coro exhibe una puerilidad similar, y en líneas generales la falta de ideas y la chatura estética sobrevuelan la producción.
Más destacable es el aspecto musical, especialmente por un elenco en el que Cura queda en calidad muy por debajo de algunos de sus colegas. Con un color vocal más claro que en otras oportunidades, el tenor luce (aunque no sea una novedad) una afinación casi constantemente calante y por momentos torturante; su línea de canto es también errática y poco convincente.
Excelente en cambio es el desempeño de la joven soprano Carmen Giannatasio (Desdemona), con una voz generosa en caudal, armónicos, flexibilidad y matices y conmovedora en su gran escena del cuarto acto. Carlos Álvarez compone un Iago de primera línea, con la carga de autoridad y el carácter siniestro que su personaje demanda. La joven mezzo argentina Guadalupe Barrientos se luce en una Emilia de lujo. Enrique Folger (Cassio), Carlos Esquivel (Lodovico), Fernando Chalabe (Roderigo), Mario De Salvo (Montano) y Fernando Grassi (Heraldo) cumplen con creces sus partes respectivas.
Los coros De Niños y Estable tuvieron actuaciones muy correctas, salvo por algunos desfases que pueden atribuirse a la precipitación de ciertos "tempi" abordados por Massimo Zanetti, el director musical, en cuyas manos la Orquesta Estable sonó apática salvo en las instancias más grandilocuentes. El público respondió al final con ovaciones tibias a un espectáculo anunciado con bombos y platillos que dejó un insalvable gusto a poco.


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