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Necesito un tenor: Wagner según BAL
Carla Filipcic-Holm y Hernán Iturralde en “Wagnerfest!”, segundo título de la temporada de Buenos Aires Lírica en el teatro Avenida.
"Wagnerfest!", el concierto que Buenos Aires Lírica incluyó en su temporada anual como segundo título, fue anunciado como "el antídoto contra la insuficiencia de Richard Wagner que Buenos Aires padece últimamente". Y ya desde ese anuncio dos cosas llamaron la atención: una, la ausencia de un tenor para abordar algunos de los numerosos y bellísimos momentos que Wagner destinó a esa cuerda y del coro (ambas carencias sólo parecen justificables por motivos presupuestarios, ya que gran parte de la esencia de la obra del compositor alemán está en los fragmentos corales y en las partes de tenor); la otra, la peculiar selección de fragmentos.
Contrariamente al festín que el título prometía (todo banquete debe comprender variedad), de la producción wagneriana sólo tres títulos estuvieron presentes: "TannhTMuser" y dos jornadas de la Tetralogía: "Die Walküre" y "GötterdTMmmerung". Pueden ser señalados como aciertos la decisión de presentar los fragmentos en bloque y agrupados por ópera (sin dar lugar a aplausos que hubieran cortado el clima) y algunos efectos de luces que acompañaron momentos puntuales.
Aceptadas ya estas peculiaridades, cabe atenerse a lo que los artistas brindaron, y lo que respecta a las voces fue de lo mejor que puede imaginarse. Desde la escena de Elisabeth ("Dich, teure Halle!") Carla Filipcic-Holm puso su instrumento tan sutil como sólido al servicio de una expresividad conmovedora y operó la magia de invocar el drama con la chispa de su mirada y sus delicados gestos, y lo mismo sucedió ya en la segunda parte, en que abordó brevemente el papel de la Brünnhilde de "Walküre" en su escena con Wotan.
También llevó a cabo una labor notable el bajo-barítono Hernán Iturralde, al que se notó evidentemente más cómodo en la tesitura de Wotan que en la de Wolfram von Eschenbach; de todas maneras su versión de la muy famosa "O du, mein holder Abendstern" fue de un refinamiento exquisito. Tanto en su caso como en el de Filipcic-Holm, la dicción del texto resultó inmejorable y brindó gran parte de su brillo al desempeño de estos enormes artistas argentinos.
Lamentablemente el que debía constituir el otro pilar del espectáculo, es decir la orquesta, no estuvo a la altura de lo esperable. A lo largo de las dos horas de música (que comprendió lógicamente varios fragmentos instrumentales de las óperas mencionadas) se sucedieron las pifias, las desafinaciones, las destemplanzas y los desajustes, algunos tan ostensibles como injustificables en músicos de tal jerarquía, de los que se espera el mismo profesionalismo a la hora de dar que a la de recibir.
En el podio el joven director chileno Pedro Pablo Prudencio pareció hacer lo humanamente posible por suplir la apatía que invadió muchos de los atriles y la carencia que se intuye de un régimen suficiente de ensayos para un desafío de este calibre. En este marco, sólo las intervenciones de dos maravillosos cantantes dueños de la mayor inteligencia, entrega y oficio evitaron (al menos por momentos) que el publicitado antídoto fuera simplemente un placebo.


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