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Negocios atan a Lula con el mundo árabe
Su Cancillería, Itamaraty, difundió hasta ahora cuatro comunicados. En todos, el libreto de base fue el mismo: deploró la «reacción desproporcionada» de Israel y pidió el cese del fuego. (Una diferencia abismal frente al Gobierno de Cristina de Kirchner, que sólo se pronunció a través de dos comunicados de la Cancillería, uno de ellos presumiblemente corregido luego de las protestas del embajador israelí.) Pero ayer, las declaraciones al diario Valor Económico de Marco Aurelio García, asesor especial del presidente Lula, rompieron con la prolijidad del discurso oficial brasileño. «La ofensiva de Israel en la Franja de Gaza es terrorismo de Estado», dijo García, el hombre que suele cumplir con las directivas más políticamente incorrectas de Lula.
Simpatía
«Cuando hay un atentado contra Israel se lo llama acto terrorista, pero cuando la acción del Ejército israelí provoca la muerte de civiles palestinos, ¿puede llamarse reacción en defensa? Discúlpeme: eso es terrorismo de Estado», fue la explicación de García. Reconoció que el Gobierno lulista tiene simpatía por la causa palestina, «aunque Israel es intocable y tiene derecho a una existencia pacífica».
Si bien Brasil no se cansa de reiterar su neutralidad frente al conflicto, la crítica del asesor presidencial inclinó el fiel de la balanza hacia el platillo árabe. Para contrarrestar ese peso, y disipar las sospechas de que detrás de los dichos de Marco Aurelio estaban los intereses comerciales del Brasil con el mundo árabe, desde el Planalto se refrescaron ayer algunos conceptos: fue Brasil el país que impulsó el acuerdo de libre comercio Mercosur-Israel firmado en 2008 y Lula visitará el Estado judío este año.
Como broche de oro, la Cancillería brasileña difundió que el lunes la canciller israelí, Tzipi Livni, telefoneó a su colega Amorim. En la conversación, el brasileño reiteró la neutralidad de su país, criticó el «uso desproporcionado de la fuerza», pidió un alto el fuego y propuso dos soluciones al conflicto.
Propuestas
Una, realizar una conferencia multilateral de paz con la presencia de países neutrales (con Brasil incluido, obvio). Otra, hacer una nueva cumbre sobre Medio Oriente, como la de fines de 2007 en Annápolis, EE.UU., donde Brasil fue el único invitado por América del Sur. Ambas proposiciones, de más está decir, apuntan a dejar colocado a Brasil en el tablero diplomático internacional.
En cuanto al porqué de las declaraciones de Marco Aurelio García, pueden explicarse desde la posición política del Partido de los Trabajadores (al que pertenecen Lula y su asesor), clásicamente confrontada con EE.UU. e Israel. Aunque también, por los números. De enero a noviembre de 2008, comparado con el mismo período del año anterior, el comercio de Brasil con los países árabes creció 39,6%. Tan estratégico parece que es este intercambio que el primer embajador nombrado por la Liga Árabe fue el destinado a Brasilia.
No es todo: la Cámara de Comercio Árabe-Brasileña contabilizó u$s 8.900 millones en exportaciones brasileñas durante 2008, de los cuales u$s 1.600 millones se destinaron a Egipto, el país elegido por los sudamericanos como centro de redistribución hacia el mundo árabe. En tierras faraónicas, Friboi levanta un megafrigorífico para reexportación de carne, Copersucar monta una refinería de azúcar, Coteminas una hilandería de algodón y Marcopolo una fábrica de ómnibus. Tampoco hay que olvidar que en el sur de Brasil hay una importante colectividad de refugiados palestinos, con conexiones familiares en Gaza. Quizás estas cifras estén detrás de las declaraciones de García. Que, así, tal vez no fueron tan políticamente incorrectas.


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