12 de noviembre 2012 - 00:00

No al abismo fiscal; sí a la montaña rusa (igual habrá temor)

El abismo fiscal es una montaña rusa de parque de diversiones. Todo el mundo se asusta en las alturas, aunque nadie piensa que, al final del viraje, el vagón descarrilará sin control. Aun así, el temor y el vértigo pueden ser profundos. No se trata de un precipicio cavado por la naturaleza de los mercados. Es un artificio, fruto de la ingeniería política. El Congreso urdió esta trampa. Entre los presupuestos que aprueba año tras año y el límite de deuda pública que está dispuesto a autorizar balconea este acantilado. Lo que pactaron los partidos políticos el año pasado fue encarar una negociación fiscal, después de las elecciones, que habilitará el descenso suave por un camino de faldeo o, de no prosperar, un salto abrupto al vacío el primer día hábil de 2013 por la garganta misma del barranco.

¿Qué espera en el fondo del abismo? Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, una recesión del 0,5% el año próximo (que cortaría de cuajo la marcha de una recuperación económica al 2% y le daría cuerpo al fatídico «double dip») y un aumento del desempleo al 9,1% (1,2 punto porcentual por encima del registro de octubre). Pero las proyecciones se quedan cortas. El brusco cabeceo de las acciones puso de manifiesto que la amenaza del precipicio fiscal empujaría a las Bolsas a cavar su propia fosa. Y, en un mundo fragilizado por la corrosión tenaz de la crisis, la retroalimentación sería nefasta. Ya Europa tendría que haber enseñado la lección: tras un choque deflacionario nada menos aconsejable que perseguir un ajuste fiscal que conduzca a la retracción. Ni siquiera podrá cumplir sus propias metas.

La política creó el problema. La política debe apartarlo. La preocupación es inocultable. Y quedó demostrado que no era culpa de la incertidumbre electoral. Ganó Obama (como se esperaba) y Wall Street se desmoronó más del 2%. ¿Con Romney hubiera sido distinto? Sí. Mucho peor: el exgobernador planeaba añadir otros dos acantilados, el de la política monetaria (para despeñar a Bernanke) y el de la relación con China. A decir verdad, con la zozobra fiscal alcanza.

Los empresarios apretaron el botón de pausa. En el tercer trimestre frenaron de manera drástica la inversión a su cargo. Hasta en Disneylandia, los profesionales del vértigo están ansiosos por clausurar esta diversión. El CEO de Disney, Robert Iger, no se anduvo con vueltas: «Mi exhortación al Gobierno es que no se arrime al abismo. Que se ocupe inmediatamente. Que no permita que amenace al país y a nuestra economía». Iger, como todos los demás, piensa que los políticos labrarán un acuerdo. Se define optimista. Pero, por lo visto, teme, y mucho, un error de cálculo.

La buena noticia es que la política recogió el mensaje. Con tanta premura como con la que fue enviado. Obama ganó el martes. El Dow Jones derrapó el miércoles. Y el jueves, el líder republicano de la Cámara de Diputados, John Boehner, interpretó el resultado electoral como un mandato para trabajar juntos. «Señor presidente: éste es su momento. Queremos que nos lidere». Léase: queremos que conceda y que, a cambio, se saque el problema de encima y se lleve los laureles. A nivel de las segundas líneas, las negociaciones ya comenzaron. Brett Loper, mano derecha de Boehner, se reunió informalmente con los funcionarios de la Administración. El Congreso participa del cruce de borradores. Bob Corker, senador republicano de Tennesee, escribió uno de ellos y, según confesó, ya lo comentó con «25 senadores de ambos partidos». «He estado al telefóno sin interrupción desde la elección», dijo.

El presidente Obama talló el viernes. Con el tipo de pragmatismo que permitirá disolver la cuestión. Ni demócratas ni republicanos quieren elevar la alícuota de los impuestos a las ganancias que paga la clase media (aquellas parejas que ganan menos de 250 mil dólares al año). Como el Senado ya aprobó la medida, Obama pidió el rápido visto bueno de la Cámara de Diputados para lograr su pasaje fulminante. «Con este simple paso, le daremos a millones de familias de América, al 98% de los hogares y al 97% de las pequeñas compañías, la certeza que precisan para encarar el año próximo». Es lógica pura: si el riesgo es caer de la azotea, bajemos hasta los pisos intermedios y negociemos las discrepancias, a más baja altura, donde están alojadas.

A diferencia de 2011, prevalecen los incentivos para un acuerdo sin drama. La intransigencia republicana ya fue derrotada en las urnas. Boehner, un moderado, tendrá más margen de maniobra. Obama, también. Ya consiguió lo que buscaba: su segundo (y último) mandato. La experiencia del año pasado de dilatar todo hasta el último minuto dejó huella. Los mercados no tolerarán la displicencia. De ahí las promesas de forjar un compromiso. Zanjar todas las cuestiones llevará tiempo, pero mochar los picos del acantilado y convertirlo en una hondonada podría ser un trámite veloz. Obama sólo necesita una foto subiendo algún impuesto a los ricos. Sólo los pobres de espíritu podrían negarle tan módica petición.

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