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¿Nos seguirán financiando? ¿Invertirán los argentinos?
Las miradas están puestas en la balanza de pagos y el gasto público. Una mejora en los precios de las materias primas en el exterior sería positivo, pero antes quedan por ajustar diversas variables internas.
Exportaciones. El comercio granario juega un rol fundamental en la economía argentina.
El blanqueo es caro al 10%, la AFIP no está convencida del blanqueo, los bancos ayudan poco, y cuando hay dudas el inversor se retira del mercado.
El segundo gran tema, que espanta a los inversores, es el gran déficit fiscal que proyecta el Gobierno. Si bien bajo la ley de presupuesto 2017 se espera un déficit fiscal de u$s27.000 millones, desde nuestra perspectiva, rondaría los u$s30.000 millones.
Al Gobierno no le tiembla el puso para incrementar el gasto público y financiarlo con deuda. Esto nos lleva a un escenario de apreciación de tipo de cambio, que no aleja de los mercados mundiales para exportar y acerca los productos del exterior a nuestra economía, obligando al Gobierno a tener una economía cerrada.
La política inflacionaria se nutre de una emisión monetaria menor, tasas de interés altas en términos reales y un tipo de cambio planchado. Hasta no llegar a una inflación de un digito, el dólar no le ganaría a la inflación y la tasa de interés. La inflación de los próximos dos años será elevada en pesos, pero mucho más alta en dólares. Llegó el tiempo de los activos reales, los activos financieros que devenguen una tasa de interés perderán atractivo y las acciones tendrán un alto recorrido por delante.
Conclusiones
En la medida que el Gobierno siga con una política de déficit fiscal elevado y una suba del gasto público a un ritmo igual o superior al PBI nos encontraremos en un escenario en donde el ahorro interno no existe.
Este déficit es financiado por deuda pública externa, que viene a mantener caliente el mercado de consumo, vía planes sociales, pagos previsionales y el elevado gasto social. Un gasto que no luce productivo, ni mejora la perspectiva económica futura. Sólo mantiene calentito el mercado de hoy, sin pensar en el mañana.
En él mientras tanto, los argentinos siguen atesorando dólares, a un ritmo de u$s1.000 millones por mes, y viajan al exterior gastando u$s700 millones al mes. En total, los argentinos, que somos financiados por inversores externos, nos llevamos al bolsillo y al exterior, cerca de u$s20.400 millones al año.
Si los argentinos no generamos ahorro, y nos llevamos dólares a nuestro bolsillo, y sólo los inversores externos financian la brecha de ingresos y gastos, esto algún día debería revertirse, con consecuencias positivas o negativas.
Podría pasar que los argentinos dejen de atesorar dólares y los inviertan en el país, lo que generaría un crecimiento económico, que haría caer el déficit fiscal como porcentaje del PBI.
Debería ocurrir un cambio estructural en el Estado, que nos permita ver ingresos creciendo por encima del nivel de gasto público. Esto nos iría corriendo a un escenario de ahorro interno.
La balanza comercial debería ser superavitaria. Para ello necesitaríamos una ayuda externa, como podrían ser mejores precios de las materias primas en el exterior. Esto no generaría un incremento nominal de las exportaciones y nos ayudaría a reconvertir nuestro sector externo, que hoy es deficitario.
En resumen, las miradas están puestas en la balanza de pagos. Si sigue siendo deficitaria y sólo financiada por los inversores del exterior, estamos ante dos limites bien marcados. Los problemas pueden comenzar cuando se corte el crédito externo, ya sea por un evento internacional no deseado, como podría ser una profundización de la crisis financiera no resuelta a nivel internacional desde 2008 a la fecha. O bien que cambie la calificación crediticia de nuestro país y los organismos internacionales de crédito bajen el rating crediticio.
Argentina está en una coyuntura internacional muy positiva. Lejos de aprovechar el momento para reacomodar las variables internas, está expandiendo el gasto público, incrementando el déficit y no logra mejorar su competitividad.
Es cierto que la herencia es muy compleja, pero se necesita ir acomodando las variables internas. De no realizarlo con tiempo, los ajustes pueden ser más crudos a futuro. El horizonte luce despejado hasta 2018, pero nadie nos firmará un cheque en blanco.


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