18 de julio 2011 - 00:00

“Nuestra ‘Gaviota’ es más intensa y hasta más brutal”

Onetto: «No soy de esas actrices que para hacer de alcohólica se toman una botella de whisky. Ése no es mi camino; sí el de comprender cuál es el fenómeno de mi personaje».
Onetto: «No soy de esas actrices que para hacer de alcohólica se toman una botella de whisky. Ése no es mi camino; sí el de comprender cuál es el fenómeno de mi personaje».
A María Onetto («La mujer sin cabeza», «Un dios salvaje», «Nunca estuviste tan adorable») le divierte que los directores la convoquen a menudo para de hacer madre de «actores ya grandes», tal como ocurrió con Diego Peretti («La muerte de un viajante») tres años mayor que la actriz. Este año fue Daniel Veronese quien la eligió para el papel de Arkádina, la vanidosa y superficial actriz de «La gaviota», cuyo hijo, Tréplev, un dramaturgo inclinado a la experimentación, no puede sobreponerse al fracaso, ni al egoísmo y menosprecio con que ella lo castiga. Tréplev será interpretado por Fernán Mirás. Esta gran comedia de Chejov -de ambiciones frustradas, amores contrariados y final trágico- es también una entusiasta celebración del arte teatral.

Adaptada y dirigida por Veronese, bajo el título de «Los hijos se han dormido» subió ayer a escena en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín. Completan el elenco Claudio Da Passano, María Figueras, Berta Gagliano, Ana Garibaldi, Osmar Nuñez, Carlos Portaluppi, Roly Serrano y Marcelo Subiotto. Dialogamos con ella.

Periodista: Esta vez no se puede quejar, Mirás es tres años menor que usted...

María Onetto: ¡Si no me quejo! A mí me resulta gracioso este fenómeno. Además, mi personaje se la pasa hablando de su juventud y de lo joven que se siente.

P.: ¿Qué puede decir de esta nueva versión?

M.O.: Es una revisión de «La gaviota» con las mismas escenas, pero los personajes están más estallados y las situaciones son más intensas y brutales. Trabajamos sobre el pistón del escenario, muy cerca del público, casi metidos entre las butacas. Todo es muy despojado, sin parafernalia, muy sostenido por las actuaciones.

P.: ¿La puesta es fiel al original?

M.O.: La versión de Veronese llevó al extremo el lado romántico de la pieza: los amores desencontrados, la imposibilidad de cumplir el deseo... y están muy desarrollados los conflictos en relación al arte, la creación y lo teatral. El vínculo que ya tenía «La gaviota» con «Hamlet» también está más acentuado, sobre todo en la relación madre e hijo.

P.: ¿Qué va a pasar con el espectador que no conoce la pieza original?

M.O.: Días atrás hicimos una pasada con gente muy joven, que no conocía «La gaviota» y entendieron muy bien la historia. Todos los hechos que figuran en la obra aparecen en esta versión, a veces intervenidos con otros textos que modifican cada escena. Sé que hay elementos de una versión de «La gaviota» que hizo Tennessee Williams, titulada «Los cuadernos de Trigorin». También hay fragmentos de una autobiografía de Ingmar Bergman, reflexiones sobre el mismo Chejov y textos propios de Veronese. Es una puesta dinámica, dura apenas una hora veinte o veinticinco.

P.: El personaje de Arkádina me recuerda a ciertas actrices veteranas, negadoras de su edad, que se valen de un pasado glorioso para decir barbaridades sin ninguna clase de filtro.

M.O.: Es alguien que cree tener siempre la verdad y que se apoya mucho en su propio criterio para decir brutalidades, sobre todo a su hijo; sin tener en cuenta que ese hijo está empezando y hay que apoyarlo. Ella lo termina anulando y lo mismo sucede con Nina, la actriz joven, que termina arrasada como una muerta en vida. Por el título de la obra, «Los hijos se han dormido», uno podría pensar que se han apagado o que se han extinguido, producto de una madre que no da nada e inhibe permanentemente. Igual resulta simpática. No le teme a la banalidad, va siempre para adelante, aunque también tiene sus fisuras muy profundas malestar, como el temor a ser abandonada.

P.: ¿La actuación requiere de un gran ego como el de ella?

M.O.: Yo creo que esa adrenalina de plantarse ante el público y conseguir que la gente nos mire y se emocione, o le resulte interesante lo que hacemos también tiene que ver con el ego, con creer en uno mismo. Pero, hay otros aspectos del ego que no son muy positivos. A veces tienen que ver con el cartel, quien va primero y quien va segundo; con la cotización que uno tenga o con la idea de que tal actor merece más protección que otros colegas por poseer determinados valores...

P.: ¿Cómo vive usted este oficio?

M.O.: Por el grado de exposición y la intensidad que requiere el teatro -no hay manera de hacerlo a medias- hay que estar muy dispuesto energéticamente. Uno no se puede enfermar, tiene que cuidar mucho su voz y además está obligado a reflexionar sobre temas que a veces rozan zonas muy profundas que nos afectan mucho. Yo no soy de las actrices que para hacer de alcohólica se toman una botella de whisky. Ese no es mi camino; sí el de comprender cual es el fenómeno que lo lleva a uno a realizar una actividad que lo puede destruir y que a la vez necesita para poder salir a la calle y no sentirse desamparado.

P.: ¿La obra va a participar del próximo Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires?

M.O.: No, en esa fecha viajamos al Festival de Otoño de París y va a hacer dos semanas en el Teatro de la Bastille y después nos presentaremos en el Festival de Girona. En otro hueco, viajamos a España -estaremos en Avilés y en Girona- y también en Lille (norte de Francia).

Entrevista de Patricia Espinosa

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