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Nueva Figuración: un estallido que perdura
Obras de Ernesto Deira, Rómulo Macció, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, los padres de la Nueva Figuración y objeto de la muestra «El estallido de la pintura» en el Museo de Bellas Artes.
Pasadas ya varias décadas, en el contexto tan diverso de la Argentina, pero también a partir de la destrucción de las formas artísticas tradicionales, el grupo Nueva Figuración, integrado por Ernesto Deira, Rómulo Macció, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, recuperaba la figura del hombre. La abstracción estaba en su apogeo mientras los ecos de la violenta Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de la post guerra repercutían por todo el mundo. Fue entonces, cuando con un ejercicio de libertad extrema, nuestros artistas sacudieron los rigores academicistas, e inquietaron el ambiente de la plástica nacional con sus reflexiones sobre la condición humana.
Macció y Noé se conocieron en 1959, cuando el primero arrastraba los rasgos de su formación como diseñador gráfico y el otro una materia densa que lo emparentaba con el informalismo. Luego llegó Deira, con una pintura oscura de reminiscencias goyescas, y Jorge de la Vega, que manifestó su hartazgo: dijo que cansado de la geometría había iniciado una serie de manchas a partir de las cuales surgirían sus personajes.
Noé observó hace ya tiempo que los movimientos que hacen hincapié en algún elemento del quehacer de la plástica, ya sea la idea en el caso del conceptualismo, la expresión o la materia en otros, no hacen más que recortar y fragmentar partes de la totalidad. Con este criterio aclaró: «Nos unía más el saber lo que no queríamos de la pintura que lo que queríamos. Esto lo fuimos descubriendo en la marcha. Como decía Machado, se hace camino al andar».
En 1961 los cuatro realizaron su primera exposición conjunta en la Galería Peuser bajo el título propuesto por Macció de Otra Figuración, e invitaron a participar a otros artistas. Varios no aceptaron o terminaron por alejarse. «La limitación del número del grupo no estuvo dada por nuestra voluntad sino por la de los demás», destacaron. Al terminar la muestra los cuatro viajaron a Europa durante un año. Noé demoró su regreso y al llegar a Buenos Aires descubrió a sus tres compañeros en el puerto gritándole a viva voz; «¡Tenemos un taller!». «La vieja fábrica de sombreros perteneciente a mi familia fue el espacio donde se gestó la consolidación del grupo, pero se había vendido, y ellos habían conseguido un nuevo taller en la calle Carlos Pellegrini», recordaba Noé hace unos años.
Allí atravesaron la etapa que los artistas denominaron «laboratorio», porque durante esos breves pero intensísimos años, se produjo un proceso de ósmosis. La identidad del grupo se tornó muy cerrada, sus únicos interlocutores eran ellos mismos. Cada cuadro, cada pincelada, requería de una entrega total y, aunque sus ideas diferían -y mucho-, ellos coincidían en su actitud existencialista frente al arte y frente a la vida.
El galerista Alfredo Bonino les ofreció entonces su galería para presentar una exposición que desató un auténtico escándalo. Macció lo justifica: «Nosotros estábamos decididamente en contra de todo esteticismo, tal vez hasta hubo violencia en nuestra actitud». Según sostiene Noé, sólo dos críticos apoyaron la muestra: Hugo Parpagnoli y Aldo Pellegrini. Pero Bonino, al cierre de la exhibición, les ofreció inaugurar una nueva muestra a continuación de la anterior, gesto que pone en evidencia la euforia y la urgencia que signaron esos años. Luego, Romero Brest, que ocupaba la dirección del Museo de Bellas Artes, les brindó su apoyo y programó una exposición para el año siguiente.
El retorno a la figuración les había permitido abordar temas sociales y políticos. No obstante, el grupo se separaría mientras se encontraba en plena actividad. Motivos personales y también estéticos gravitan en este divorcio, incluso, también, las secuelas del éxito.
La fuerza de la pintura de Noé había desbordado los límites del cuadro y por nueve años se alejaría de ella para dedicarse a escribir; hoy, es uno de los más lúcidos teóricos del arte. De la Vega se dedicaría a cantar y murió en 1971. El artista había descubierto -y se percibe a través de toda la exposición- un mundo de las duplicidades que reflejan sus anamorfosis, seductoras y a la vez insoportables. Deira continuó pintando y en 1974 se instaló en París; en sus telas se acentuaría la representación de lo orgánico, el correr de la sangre iría a la par de la historia. Por su parte, el exaltado dramatismo de Macció se desdibujaría con la distancia, la sonrisa macabra de su «Cabezón» abriría paso a la estatización.
La curaduría de Mercedes Casanegra no sólo presenta una excelente selección de pinturas y un buen montaje, sino que además contribuye a subrayar las afinidades y diferencias que coexisten en las obras del grupo que se apresta a conmemorar media centuria. El Museo anuncia la muestra desde el lobby, con una fotografía tomada por Sameer Makarius hace 50 años. Los cuatro artistas, parados en una calle porteña, observan al espectador con su mirada sensible.


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